Antonio Ponce Aguilar

De Cueva Pintada a la Modernidad
Capítulo XIII: 
Los franciscanos y el inicio de su obra

…¿Cómo detendremos la amenaza de los rusos, que avanzan hacia el sur desde Alaska? Comenzaremos a colonizar la Nueva California, y que los franciscanos se encarguen de la difícil tarea …

La expedición a California

En 1741, el explorador ruso danés Vitus Jonassen Bering, después de haber reconocido la costa sur de Alaska, regresaba a Petropavlovsk cuando su barco, el “San Pedro”, encalló en la isla que hoy lleva su nombre, cerca de la península de Kamchatka, en donde murió de hambre y de frío el 8 ó 19 de diciembre de ese año.

Los sobrevivientes que tuvieron que permanecer en la isla por algún tiempo, para no morir, se alimentaron con la carne de las nutrias de mar que abundaban en esas aguas, se cubrieron con sus pieles para soportar las bajísimas temperaturas, y después de armar un bote con los restos del “San Pedro”, pudieron hacerse a la mar y llegar a Petropavlovsk. Al ver las pieles que llevaban aquellos hombres, los rusos y chinos de la región mostraron gran interés por su comercialización, y al poco tiempo se disparó una oleada de expediciones en busca de las codiciadas nutrias, primero a las islas Aleutianas1, después a las costas de Alaska, en donde empezó a ondear la bandera rusa, y poco a poco los desembarcos se fueron haciendo más y más hacia el sur, hasta que a mediados del siglo XVIII llegaron a realizarse apenas un poco al norte de la Alta California.

En el escudo de los franciscanos, el brazo desnudo es de Jesucristo, y el otro de San Francisco, con las manos perforadas. Entre los dos está una cruz sobre el Monte Calvario

España advirtió la amenaza del avance ruso, además de la inseguridad en la navegación por falta de puertos establecidos en Alta California, y fue entonces que se ordenó al virrey de la Nueva España disponer lo que fuera necesario para afianzar la soberanía del imperio en esta parte de la colonia. El marqués de Croix transcribió la comunicación al visitador general José de Gálvez, que iba en camino a San Blas. Cabe aclarar que un correo alcanzó a Gálvez en el camino y le entregó el mensaje del virrey, en el que se comunicaba la orden del marqués de Grimaldi, Primer Secretario de Estado, por el cual el rey le ordenaba dar los pasos necesarios con el fin de proteger la lejana provincia contra el avance de los rusos. Se ha dicho también que desde 1767, Gálvez había pedido autorización a Madrid para ocupar Monterrey, y que el viaje iniciado un año después obedecía a ese propósito; al llegar al puerto de San Blas, el representante real se reunió con oficiales de la armada y del ejército para planear una expedición a la Alta California, específicamente a San Diego y Monterrey; comunicó el proyecto al virrey y al monarca español, y éstos dieron su anuencia de inmediato.

Fray Junípero Serra, quien inició la conquista espiritual de la Alta California en 1769

Desde el 24 de mayo de 1768 Gálvez se había embarcado para Loreto, pero un tiempo borrascoso retrasó su arribo a la península, y fue hasta el 5 de julio cuando desembarcó en la ensenada de Cerralvo, de donde se fue al real de Santa Ana2, por encontrarse el poblado de La Paz prácticamente deshabitado. En un principio, el cometido del visitador sólo era conocer los asuntos de California y supervisar la entrada de los franciscanos a las misiones, pero ahora debería, además, organizar la salida de una gran expedición hacia la Alta California, por lo cual pensó que era necesario incorporar al proyecto no sólo algunos de los misioneros que acababan de llegar, sino a todas las misiones que pudieran hacer alguna aportación en animales, víveres y personal para realizar el trabajo que se requería en estas expediciones, desde cuidar los rebaños de ganado, hasta tumbar monte para abrir caminos cuando era necesario. Fue por esto que Gálvez mandó llamar a fray Junípero Serra, como presidente de los franciscanos, al gobernador Gaspar de Portolá y al capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada. Del acuerdo logrado por Gálvez con ellos surgió, ya definido, el plan general que el visitador traía bosquejado para la expedición desde San Blas a San Diego y luego a Monterrey. Las acciones a seguir eran esencialmente las siguientes:

1º. Enviar una expedición terrestre dividida en dos partes, la vanguardia para explorar el terreno y abrir camino, al mando del capitán Rivera y Moncada, encargada también de llevar ganado y alimentos; y la segunda parte, al mando del gobernador Portolá, que llevaría más víveres y equipo.

2º. Saldrían tres barcos en diferentes fechas: como nave capitana el “San Carlos” o “Toisón de Oro”, de 220 toneladas al mando de Vicente Vila; el “San Antonio”, alias “El Príncipe”, cuyo capitán era Juan Pérez Mallorquín, con experiencia en el galeón de Filipinas; y el “San José”, que sería el último en salir por tener que ir a las costas de Sonora para recoger más provisiones. El primer barco que llegara a San Diego esperaría 20 días la llegada del otro o a la expedición terrestre; de no arribar en ese plazo, debería zarpar a Monterrey.

3º.Los misioneros franciscanos fundarían primero 3 misiones, una en San Diego, otra en Monterrey dedicada a San Carlos, y otra más entre las anteriores nombrada San Buenaventura.

Pintura del San Carlos, nave capitana de la expedición marítima a San Diego en 1769. Dibujo de W. Francis

Muy diferente a los nobles y funcionarios de aquella época, el visitador general no rehuía ni subestimaba el trabajo físico, trataba siempre de poner el ejemplo con sus propias acciones, aunque fueran quehaceres rústicos, y esto le granjeó una reputación de extravagante entre algunos, pero también el respeto de quienes trabajaban con él. Para comprender la personalidad y acciones de don José de Gálvez en esta época histórica, debe tomarse en cuenta que era un ejemplo de los hombres de la Ilustración, en donde la filosofía racionalista, rompiendo siempre con cualquier especie de tutela dogmática y con el lastre de prejuicios tradicionales3, permitía, supuestamente, el advenimiento de un mundo en el que los pueblos serían capaces de labrarse un futuro feliz4. Pero hay que admitir que Gálvez también era un déspota representativo y ejecutor de la política centralista y radicalmente transformadora que la corona española intentaba aplicar en todo el imperio, y el propio visitador se encargó de que así se percibiera su persona en todos los sectores del gobierno de la colonia, incluyendo el clero. Como ejemplo de lo dicho, cabe citar lo ocurrido con motivo de las rebeliones que se dieron en Guanajuato, San Luis Potosí y Michoacán, en protesta por la expulsión de los jesuitas de la Nueva España, cuando personalmente llevó a cabo la represión implacable de aquellos movimientos y llegó a ejecutar a numerosos sediciosos, en ocasiones con su intervención personal, y a ejercer crueles acciones punitivas contra sus familiares, habiendo dicho que él había sido seleccionado por el Cielo para hacer aquella y otras tareas que a muchos se les hacían imposibles5. La modestia no era un atributo en la personalidad del visitador real, o sería que ya se notaban conductas extrañas que sólo eran antecedentes de la enfermedad que al poco tiempo le aquejaría.

Cuando a fines de 1768 empezaron a llegar a la península los barcos que irían en la expedición, Gálvez ordenó que se carenaran debidamente, al tocar el turno al “San Carlos” no había material para calafatear su casco, pero gracias a la iniciativa del visitador, y para sorpresa de todos, obtuvo el material necesario de los pitahayos abundantes en la región6, en lo cual trabajó personalmente. Poco después, cuando se tuvieron que encajonar los artículos para el culto religioso destinados a las nuevas misiones, Gálvez ayudó al padre Serra en la tarea, y en carta dirigida al padre fray Francisco Palou, encargado de las misiones en Loreto, le platicaba en tono jocoso, que era mejor sacristán que fray Junípero*,* ya que arreglaba más bien los utensilios religiosos para su misión de San Buenaventura que los manejados por el padre Serra, quien organizaba los destinados a la de San Carlos. En lo que se refiere a capacidad de trabajo, Gálvez era, pues, “un garbanzo de a libra” entre la mayoría de los nobles españoles, sobre todo los de la Nueva España, acostumbrados casi siempre al ocio y al refinamiento.

Después de que las embarcaciones fueron carenadas, el visitador dispuso que fueran cargadas con los víveres y equipo que se tenían almacenados en La Paz y San José del Cabo, y así, después de las ceremonias religiosas que se acostumbraba realizar cuando salía alguna expedición, Gálvez arengó a la tripulación del “San Carlos” exhortando a todos a cumplir con su deber, y el 9 de enero de 1769 zarpó la nave capitana al mando de Vicente Vila rumbo a San Diego, haciendo lo propio el “San Antonio” el 15 de febrero del mismo año.

El visitador Gálvez llegó a considerar aquella empresa como algo personal, el proyecto más importante de su vida, y el día que el “San Carlos” zarpó de La Paz, a pesar de las múltiples ocupaciones que debía atender, se embarcó en el “Concepción”, acompañó en el viaje a la nave capitana hasta Cabo San Lucas, y allí desembarcó para finalmente despedirse y verla dirigirse rumbo al norte.

El “San José”, que había llegado a Cabo San Lucas procedente de La Paz, después de ser carenado regresó a este puerto a esperar al visitador. De regreso en La Paz, Gálvez salió a mediados de abril hacia Loreto en convoy con el “San José”, y el 1º. de mayo de 1769 zarparon el barco citado y el visitador en otra balandra hacia la Ensenada de Santa Bárbara del Río Mayo en la costa de Sonora, con el propósito de recabar más provisiones para los expedicionarios. El “San José” volvió a Loreto para acabar de llenar sus bodegas, y el 16 de junio de 1769 zarpó hacia San Diego pero jamás llegó a su destino. Después de aquel intenso trabajo para despachar las expediciones por mar y tierra a la Nueva California, en 1769 y 1770 el visitador general recorrió algunas provincias de Sonora, no sólo para atender asuntos administrativos sino también para dirigir las acciones tendientes a aplacar movimientos de descontento en algunos poblados indígenas, sobre todo cercanos al río Fuerte, y fue en esta época cuando perdió la razón por cierto tiempo7; luego volvió a la normalidad y regresó a Madrid en 1772, en donde Carlos III lo nombró Ministro Universal de las Indias en 1775 y marqués de Sonora en 1785, dos años antes de su muerte.

Fernando Javier de Rivera y Moncada nació en 1725 en Compostela, Nayarit, ingresó al ejército desde los 17 años y se ganó los ascensos hasta el grado de capitán por su disciplina y valentía, razones por las cuales, a la muerte del capitán gobernador de California Bernardo Rodríguez de Larrea en 1750, fue propuesto por los jesuitas para que ocupara su lugar, lo cual aceptó el virrey conde de Revillagigedo, confirmándolo en cédula real de 1752. Rivera y Moncada creó en Loreto una compañía de soldados de cuera, nombre que se les daba porque se cubrían el tórax con varias pieles de venado o de res superpuestas para protegerse contra las flechas de los indígenas, y aunque estos hombres no eran tropas regulares españolas, pronto se distinguieron por su arrojo, habilidad ecuestre y la fidelidad que tenían a su comandante. En 1751 y 53, el capitán había demostrado su capacidad como explorador en las expediciones del padre Consag; y en 1765 y 66 en las de Linck, aunque en la última de este misionero dirigida hacia la desembocadura del río Colorado, no estuvo personalmente, pero aportó soldados y cabalgaduras para los exploradores. Consag, en su diario del viaje realizado en 1753, se expresó elogiosamente del capitán por su capacidad de trabajo y eficiencia en el puesto.

El cargo de capitán Gobernador lo tuvo Rivera y Moncada hasta que fue substituido por Gaspar de Portolá en 1767, a quien se le considera como el primer gobernador de California propiamente dicho. A la sagacidad del visitador general no debe haber escapado el hecho de que en la península no había un hombre que superara las cualidades del capitán, sobre todo por su experiencia y conocimiento de la península, por lo que no dudó en tomarlo en cuenta para que fuera al frente del contingente que iría por tierra primero a Santa María de los Ángeles, y de allí a San Diego; Rivera sería segundo en el mando de la expedición sólo después del gobernador y comandante general Gaspar de Portolá. De inmediato, el capitán comenzó a cumplir con las órdenes que le dio Gálvez; se encaminó a las misiones que podían ayudar con provisiones, equipo y animales, y logró reunir buen número de bestias de carga, caballos de silla, monturas, unas 200 cabezas de ganado mayor8 y tal vez otro tanto de borregos y cabras, carne seca, pinole, granos, harina, manteca y otros productos.

En septiembre de 1768 Rivera salió del Real de Santa Ana, y el 30 de ese mes de Loreto, al frente de la avanzada que abriría camino a San Diego; el contingente estaba formado por 25 soldados de cuera, 3 arrieros y 42 indios, el ganado vacuno y numerosas bestias de carga; la meta en la primera etapa del viaje era la misión de Santa María de los Ángeles, a más de 500 Km. al norte de Loreto, próxima al Golfo de Cortés. El capitán fue llegando a las misiones que estaban por el camino para recabar más ayuda, sobre todo en alimentos; los problemas que tuvo que vencer fueron muchos, pero la hazaña no fue únicamente llevar a cabo tan prolongada jornada, sino la conducción de las más de 200 reses por aquellos terrenos escasos de pasto y agua, improvisando corrales, buscando aguajes, localizando a los animales desviados o perdidos, cuidándolos en las noches contra el ataque de coyotes y pumas, y pasando tantas otras vicisitudes con sus soldados de cuera y los neófitos convertidos en improvisados vaqueros. Cuando llegaron a la misión de Santa María de los Ángeles, encontraron allí más víveres que se habían llevado por mar hasta la bahía de San Luis Gonzaga, un poco al sureste de la misión, pero no pudieron asentarse en el lugar por sus reducidos pastaderos para mantener los animales; sin embargo, algunos exploradores localizaron pasto y agua suficiente a unos 70 Km. al noroeste, en el valle de Vellicatá o Velicatá, acamparon allí algunos días mientras descansaban y se reorganizaba el viaje, y desde este lugar envió el capitán correos al sur para comunicar a Gálvez, Portolá y Serra que reanudaría la marcha en marzo de 1769. Aquí se construyeron algunas casitas para los soldados y una pequeña capilla en donde dijo misa el padre Fermín Francisco de Lazuen, en lo que sería poco tiempo después la misión de San Fernando Vellicatá.

El padre Juan Crespí estaba encargado de la misión de La Purísima Concepción cuando recibió la orden del padre presidente Fr. Junípero Serra para que se incorporara a la expedición, por lo que salió el 26 de febrero de 1769 hacia Vellicatá, a donde llegó el 22 de marzo, Miércoles Santo, uniéndose a la avanzada terrestre de Rivera que estaba por salir a San Diego. A continuación, se narran los hechos más destacados acaecidos en este viaje, habiéndose tomado como fuentes principales de información los diarios escritos, uno por fray Juan Crespí, y el otro por el piloto José de Cañizares.

Para el día 24 de marzo de 1769, Viernes Santo, después de las obligadas ceremonias religiosas atendidas por el misionero de San Borja, salió el contingente esta vez sin llevar todas las bestias de carga ni el ganado, al principio por la ruta que había seguido el padre Wenceslao Link en 1766, en dirección a la Sierra de San Pedro Mártir, hasta La Cieneguilla, lugar que hoy se conoce como Valle de la Rinconada9, pasando antes por el arroyo de San Juan de Dios el 25 de marzo, por el arroyo de Los Mártires10 el 26 y arribando el 1º de abril al referido paraje de La Cieneguilla. Aquí encontraron algunos aguajes que no bastaron para que bebiera la caballada, por lo que tuvieron que excavar zanjas en donde se juntó el agua suficiente para ese propósito.

Atuendo usado por los soldados de cuera, por José Cardero, Museo Naval de Madrid según los Reglamentos Reales de 1773

Mapa con la ruta seguida en la expedición encabezada por el Capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada y Fray Juan Crespí, en 1769, de San Fernando Vellicatá a San Diego

Adaptación en mapa de Google Earth por Antonio Ponce Aguilar, con datos tomados de los diarios de Crespí y Cañizares.

  1. San Fernando Vellicatá, 22 III 1769.
  2. San Juan de Dios.
  3. Arroyo Los Mártires.
  4. La Cieneguilla, hoy La Rinconada, 1-IV1769.
  5. San Isidoro.
  6. Valladares, 10-IV1769.
  7. San Telmo , 15IV1769.
  8. San Rafael, 16IV1769.
  9. San Francisco Solano, hoy Santo Tomás, 22-IV.
  10. San Jorge, hoy La Grulla en Ejido Uruapan, 23-IV-1769.
  11. Ojito de Agua del Arroyo de San Pedro Mártir, hoy La Hierba Buena, en rancho Los Gavilanes. 29-IV-1769.
  12. Bahía de Todos Santos, hoy Ensenada de T. Santos.2-V-1769.
  13. San Juan Bautista, hoy La Misión. 9-V-1769.
  14. Actual Ejido Primo Tapia. 11-V-1769.
  15. Lugar de la costa frente a Islas Coronado.
  16. Sancti Spiritus, Act. Tijuana y río del mismo nombre, cerca de la línea fronteriza
  17. San Diego, 14 V 1769

Algunos de los soldados que habían viajado con Linck en 1766 iban esta vez en la expedición encabezada por el capitán Rivera, lo que explica la relativa seguridad en los rumbos que tomaban al principio del viaje, pero a partir de La Cieneguilla Rivera y Moncada no siguió al este hacia la sierra, como lo había hecho Linck, sino que volteó al norte noroeste, por el occidente de la serranía, por tierra desconocida para todos, pasando el 4 de abril por San Isidoro11 según lo registrado por Fray Juan Crespí en su diario12, San Antonio de los Murillo13 y Valladares. En esta parte del viaje, después de haber pasado por territorio muy escabroso, llegaron el día 10 de abril a un arroyo con buen caudal, con pasto abundante en sus alrededores, así como algunos cipreses, encinos, álamos, pinos y rosas de Castilla. Poco después de su llegada a este sitio, los neófitos llevaron al campamento o Real de los españoles a un hombre joven, tres muchachas y un bebé; el muchacho iba como todos los gentiles californios, desnudo, las muchachas se cubrían posteriormente con pieles de coyote o venado, por enfrente con fibras vegetales formando una trama bien tupida, y todos llevaban adornado el cabello con pequeñas conchas y caracoles; el capitán les obsequió cuentas y listones, se les dio de comer, pasaron allí toda la tarde, y luego se marcharon contentos por las atenciones recibidas.

Crespí nombró al arroyo San León, y cuando pasó por el paraje el padre Serra le nombró Arroyo de San Andrés Hispelo o El Agua de Nuestra Seráfica Religión, aunque ninguno de esos nombres perduró por lo que se verá enseguida. Algunos de los indios californios que formaban parte de la expedición se empezaron a enfermar o a desertarse, y aunque esto nunca fue un problema serio, sí se tuvieron algunos trastornos al faltar hombres para el arreglo del camino, tumbar monte, para el cuidado de las bestias o para excavar pozos en busca de agua. Uno de los neófitos que permaneció fiel a los españoles hasta el final fue el intérprete que servía a fray Juan Crespí, llamado Manuel Valladares, de la misión de San Ignacio, quien al igual que otros de sus compañeros se enfermó, recibió los auxilios espirituales acostumbrados del misionero y murió en aquel paraje. Crespí lamentó el fallecimiento del indio, como lo registró el día 10 de abril en su diario14, lo enterraron en aquel lugar y sobre su tumba se plantó una cruz con su nombre. Al paso de los años, los viajeros y rancheros que pasaban por el paraje o se establecían algún tiempo en él lo llamaban Valladares, nombre con que se conoce en la actualidad.

En esta primera parte del trayecto el paisaje es desértico, y aunque en algunas ocasiones los viajeros llegaron a padecer un poco por la falta de agua, nunca se vieron en verdadero riesgo de morir de sed. Esto se debió, por una parte, a que varios soldados ya habían pasado por aquellos parajes acompañando a Linck, de lo que ya se habló, pero además, la estrategia general que sistemáticamente usaban para seleccionar el mejor camino era la siguiente: cuando no había indios locales que sirvieran de guías hasta el próximo aguaje, mientras el grueso de la expedición acampaba en determinado lugar, salía de aquí un número reducido de exploradores en varias direcciones con el fin de encontrar el mejor sendero así como agua y pasto para las bestias; logrado esto, volvían al real e informaban al capitán, a Crespí y a Cañizares los resultados de su salida, y se seleccionaba la mejor opción para salir al siguiente día con ese rumbo, de esta forma reducían los riesgos al mínimo.

De Valladares descendieron los expedicionarios a San Telmo y al Valle de San Rafael, nombres que les dio fray Juan Crespí, luego a San Vicente y después al actual Santo Tomás, lugar que el misionero bautizó como San Francisco Solano, a donde arribaron el 22 de abril de 1769. En esta fecha el franciscano escribió en su diario:

…Día 22 de abril; a las 8 de la mañana salimos de este arroyo de San Telmo rumbo al noroeste. Al salir, a poco torcimos al norte, y por este rumbo, por cañadas y laderas de pura tierra, muy transitable, llegamos a transitar un grande y hermoso valle. Para bajar al paraje, se ofrece una muy alta y empinada cuesta, bajámosla y se atascaban las bestias en la pura tierra estando seca…Este paraje… por el extremo del llano por el Oes Norueste, como para la playa, tiene muchos centenares de encinos, y de unos y otros hay de extraordinaria grandeza … se ve una acequia muy grande y llena de agua… que representa ser más de buey de agua. nuestros neófitos, desde el paraje antecedente , al salir les dio la gana de ir a la playa, que no está muy lejos, y de vuelta….dieron razón que llano abajo corría mucho agua. y que ésta desaguaba en el mar…y por lo que vimos después no dudo sea la Ensenada de Todos Santos Fuera de todo lo dicho, paramos el Real como en la medianía del largor del paraje, a la orilla de un ojo que sale de lo alto, como de una cueva, con ímpetu, y presuntuosamente mana a lo menos una naranja de agua El paraje es de lo más excelente que hasta aquí se ha encontrado para una muy grande y abundante misión, por lo que le puse el Valle de San Francisco Solano. Llegado el padre presidente a este paraje, habiendo salido a registrar el aguaje grande dicho, del Oes Norueste, con el sargento Ortega15, estando ya en el tular y juncial que tiene, en donde encontraron unas mujeres gentiles. Se cruzaron sin decirles nada, y estando ya muy cerca de donde tenía su origen este aguaje, se les asomaron, de lo alto del cerro, porción de gentiles muy armados… y por el accionar les pareció les decían se volvieran atrás. Les llamaron que se fueran a ellos, sin miedo, y nada atendieron, el sargento les obligó a ponerse la cuera, y tomando a partido el volverse atrás, sin acabar de ver lo que deseaban. Nosotros no vimos gentiles porque se nos escondían. Pero sí mucho trilladero de ellos. Los de caballada dieron razón que por este rumbo hay muchos rosales de castilla y otros mil primores. Hallaron montones de semillas muy sabrosas, que comen los gentiles, una muy grande batea de barro cocida muy fuerte, y otros tepalcates muy fuertes y lisos, y que vieron la mar como a cuatro leguas. El padre presidente llamó a este paraje San Antonio de Padua. A los que lo manejen queda la elección de lo que gustaren. 16. Años después el dominico Luis de Sales exploró este lugar, y su compañero José Loriente fundó allí la Misión de Santo Tomás en 1791, nombre que ha perdurado hasta la actualidad para el poblado establecido.

El domingo 23 de abril salieron de Santo Tomás, y al poco tiempo arribaron a otro valle con mucho pasto verde, encinos, alisos y varios aguajes, uno de los cuales era de agua muy caliente. Estaban en el actual Valle de la Grulla, asiento del Ejido Uruapan, y aunque Crespí llamó al lugar Valle y Ciénega de San Jorge, y después Serra lo bautizó como San Atenógenes, perduraron los nombres primero mencionados.

Los viajeros continuaron su marcha sin problemas serios, pues encontraron casi siempre nativos amistosos así como terrenos transitables, aunque con frecuencia, grupos de indios armados les gritaban desde lo alto de alguna loma y con señas les indicaban que se fueran de sus tierras; cierto que un día amaneció una mula con un flechazo17, pero nunca tuvieron un verdadero enfrentamiento armado con los naturales de la región. Se habían desviado un poco al norte noreste alejándose un tanto de la costa, tal vez porque consideraron una barrera difícil de franquear para llegar a la playa la serranía que se extiende hasta Punta Banda, así como el Cerro de Las Ánimas que se eleva a más de 1000 m. sobre el nivel del mar. En su búsqueda por una mejor ruta, llegaron a un arroyo cerca del cual había encinos y alisos, al que Crespí llamó Los Santos Mártires Cleto y Marcelino, acamparon bajo los árboles y llenaron sus botas y un barril con agua. El 27 de abril llegaron aparentemente al Cañón de San Francisquito, posiblemente muy cerca al actual rancho El Retiro, tal vez donde comienza el cañón El Romerillo, y aquí acamparon, sin agua, con serranías elevadas al norte y noroeste que les impidieron el paso.

El día 28 salieron dos grupos de exploradores, uno de ellos incluía al piloto Cañizares y su objetivo era aproximarse a la costa en busca del mejor camino para llegar a la bahía de Todos Santos, en el otro iba el cabo y su propósito consistía en localizar agua. Los primeros llegaron a contemplar desde lo alto la bahía de Todos Santos18, mientras que los otros encontraron un aguaje a media legua del campamento, todo lo cual informaron al capitán Rivera y a Crespí a su regreso al anochecer. Al siguiente día, 29 de abril de 1769, la expedición reanudó la marcha hacia el aguaje que se encontraba al suroeste; llegaron en poco tiempo y por estar en lugar de difícil acceso por lo hondo, tuvieron que excavar en sitio más abierto un pozo del que todos pudieron beber y aprovisionarse de agua, que mucha falta les hacía a bestias y humanos. Crespí bautizó el aguaje como “Ojito de agua del arroyo de San Pedro Mártir”, poco después Serra, al tocar ese paraje lo llamó “Santa Miguelina” o Micaelina, y actualmente correspondería, según el historiador Carlos Lascano Sahagún al aguaje de La Hierba Buena, en el rancho Los Gavilanes19. Aquí acamparon y descansaron, el día 30 el padre Crespí celebró misa por ser el quinto domingo después de Pascua, el capitán regresó después de haber ido personalmente a reconocer la mejor ruta hacia la playa, y el 1º. de mayo salieron hacia el suroeste, por la cañada La Rinconada hasta el Cañón de San Francisquito, por el cual siguieron entre encinos y alisos, con buen pasto para las bestias, desviándose ocasionalmente a los cerros cercanos para reorientar su marcha, hasta que descendieron hacia un lugar muy cercano a la playa, tal vez un poco al sur del actual Valle de Maneadero, en donde acamparon, atrincherándose con los aparejos, pues habían visto gentiles que desde las lomas cercanas les gritaban y con señas les pedían que se fueran.

El 2 de mayo salieron temprano hacia el norte, habiendo llegado por fin a la bahía de Todos Santos, en donde acamparon, a unos doscientos metros de la playa, en la primera curva de la bahía, lugar que gustó mucho a Crespí, pues aunque el arroyo no llevaba agua había buenos aguajes, algunos encinos, mucho pasto verde y lomas bajas20. Crespí llamó al sitio La Santísima Cruz de las Pozas de la Bahía de Todos Santos, y poco después fray Junípero Serra le dio el nombre de Visitación de Nuestra Señora María Santísima21. Estando en este lugar, los españoles fueron vistos por los indígenas de una ranchería cercana a uno de los aguajes, y aunque el capitán trató de que se acercaran haciéndoles señales de paz y amistad, los gentiles huyeron con sus armas hacia lo alto de una colina desde donde gritaron e hicieron señas a los viajeros dándoles a entender que se regresaran, no querían intrusos en su territorio. El 3 de mayo celebraron con una misa el día de La Santa Cruz, hombres y bestias se repusieron del cansancio, y el día 4 levantaron el campamento a las 9 de la mañana para dirigirse al norte-noroeste.

La expedición siguió su marcha por una ruta cercana a la costa, y encontraron rancherías de indios amistosos, salvo algunos casos en que varios grupos de ellos repitieron la reiterada escena de las señas desde lejos para que se fueran de sus tierras, aunque días antes habían aceptado los obsequios que les daba el capitán, a lo cual correspondían con sus propios regalos consistentes en redes, flechas y pescado. El 4 de mayo aparentemente llegaron a lo que hoy es San Miguel, y que Crespí bautizó como Las Pozas de Santa Mónica. Tal vez estaban casi al pie de lo que hoy se llama Cuesta del Tigre sobre la carretera libre de Ensenada a Tijuana, y el misionero describe el paisaje como una cañada muy verde con buenas pozas de agua fresca, en donde acamparon. Los exploradores habían encontrado cerca del lugar una ranchería, pero cuando llegó el grueso de la expedición estaba abandonada. Poco después el padre Serra pasó por ese sitio y entonces sí encontró a los gentiles de la ranchería, a quienes describió como de muy buena apariencia, amistosos y amables, pues regalaron a los viajeros pescado y almejas, y danzaron para ellos en su forma tradicional. Según Serra, los hombres iban desnudos, como acostumbraban todos los antiguos californios, pero llevaban carcajes pendientes de los hombros y adornaban su cabeza con una especie de corona hecha de pieles de castor u otros animales22; llevaban el pelo cortado como peluca, teñido de verde y blanco, y las mujeres modestamente cubiertas, con fibras vegetales bien tejidas por el frente, y pieles de animales atrás.

El 7 de mayo, con los informes proporcionados por los exploradores, salieron de San Miguel hacia el norte noroeste, teniendo como único problema la escasez de alimentos, al grado de que se tuvieron que racionar las tortillas a dos diarias por persona, excepto el padre Crespí23. Subieron parte del arroyo pedregoso, como lo describe el misionero, y luego una pendiente muy pronunciada, continuaron hacia el norte noroeste y después de viajar unas cuatro leguas equivalentes a unos 16 kilómetros, llegaron a un valle grande y empastado, con un arroyo que corría entre encinos y tules. Ese lugar aparentemente cercano a lo que hoy es Santa Rosa, se debe haber encontrado aproximadamente a los 32º 02´ N., no lejos de la playa, y allí acamparon al pie de un gran encino.

Al continuar su marcha, grupos de indios gentiles mostraron actitudes de rechazo y hasta amenazantes, pero los disparos al aire de los soldados los ahuyentaron. El 8 de mayo a las 4 de la tarde, llegaron a un sitio desde el que vieron un arroyo que desembocaba en el mar y numerosas pozas, y al no poder bajar por lo pronunciado del terreno, retrocedieron un poco para acampar cerca de allí, en una mesa con mucho pasto y mezcales; se encontraban ante lo que hoy se nombra arroyo de La Misión o de Guadalupe.

El día 9 desde temprana hora iniciaron el descenso hacia el valle, por una bajada con tierra suelta abundante por la que se deslizaban hombres y bestias por igual; cerca del arroyo había una ranchería de la cual salieron corriendo sus moradores hacia una loma en el lado contrario del valle. Los viajeros acamparon cerca de la ranchería, y poco después el capitán, haciendo señas de amistad y mostrando pequeños obsequios que deseaba entregarles, logró que algunos nativos descendieran a recoger lo que el capitán les había dejado en el suelo, y ellos a su vez, dejaron en el mismo sitio varias flechas y una red de pescar para corresponder a los regalos de los españoles. Lo anterior acabó con la desconfianza que pudieran tener los indios, quienes regresaron a sus casitas y otros llegaron hasta el campamento en donde fueron recibidos con más regalos y muestras de amistad. Los indígenas, hombres, mujeres y niños, correspondieron ahora con sardinas asadas para los extraños visitantes, a quienes informaron con señas que hacía poco tiempo habían pasado dos embarcaciones hacia el norte, las cuales no se encontraban muy lejos. Crespí refiere que aunque hicieron amistad con los nativos, no pudieron contar con ellos como guías porque los indios que seguían a la expedición, enemigos de los habitantes de la ranchería local, amenazaron a éstos con descender al valle por lo cual huyeron. Los indios hostiles se retiraron después de algunas horas, sin haber llegado a la ranchería o al campamento. Crespí bautizó el lugar como San Juan Bautista, Serra le llamó San Juan Capistrano y el padre dominico fray Luis de Sales estableció allí la misión de San Miguel Arcángel en 1788, cerca del arroyo de San Juan Bautista que hoy se conoce como La Misión, en el ejido de ese nombre24.

El día 10 de mayo reanudaron la marcha hacia el noroeste, fueron alcanzados por seis indios de la ranchería que acababan de dejar y les sirvieron de guías hasta llegar al paraje que hoy se conoce como El Descanso, lugar al que posiblemente en el invierno de 1809-1810, el dominico fray Tomás Ahumada cambió la misión de San Miguel Arcángel25, aunque las dos llegaron a funcionar casi simultáneamente. En su registro de este día, el piloto Cañizares dice: …los gentiles, dándonos gritos y señalándonos por dónde habíamos de ir, hasta que a las dos de la tarde llegamos a una cañada muy próxima a la marina, en la que, señalándonos el agua los que nos acompañaban, se despidieron y se fueron, quedando uno que fue a dar noticia a otra ranchería, los que vinieron al encuentro y nos hicieron un largo razonamiento (de lo que me quedé en ayunas por no entender nada), y contamos en todos sesenta y dos gentiles a quienes se les dio sus abalorios y se fueron a sus rancherías 26. Lo anotado por Cañizares denota un cierto grado de organización y compromiso entre las rancherías vecinas de los gentiles kumiay, pues a esta etnia pertenecían los naturales con los que hicieron contacto los expedicionarios, ya que uno de los guías no se devolvió, con el fin de avisar a sus vecinos del norte sobre la visita de aquellos extraños forasteros.

El 11 de mayo los viajeros, acompañados por muchos indios de las rancherías cercanas que habían venido a su encuentro y que les servían de guías, pasaron por las dunas formadas con arena de la playa, en lo que hoy es el ejido Primo Tapia, continuaron su viaje y a las cinco de la tarde acamparon en una cañada que llegaba al mar, con sauces y un buen aguaje, se trataba de lo que hoy es el arroyo Rosarito, lugar que Crespí bautizó como Vallecito de San Pío, y después el padre Serra como San Benvenuto27.

El día 12 llegaron a lo que hoy es San Antonio, entre Rosarito y Tijuana, contemplaron las Islas Coronado y bebieron agua de una pequeña laguna que llamaron de Los Santos Mártires. Más adelante los viajeros encontraron nativos los cuales, aunque se mostraron pacíficos, resultaron muy buenos para el trueque pero también para el hurto, pues robaban lo que podían sin que los españoles se dieran cuenta. Un soldado fue despojado de su manga y espuelas por uno de estos nativos, y tiempo después, al pasar por el mismo lugar el padre Junípero Serra perdió sus lentes y la campanilla del altar, lo cual fue escondido por el ladrón bajo tierra. Cerca de aquí encontraron una ranchería habitada por indios de buena apariencia, los hombres no andaban armados según su costumbre, no traían el cuerpo pintado y también actuaron amistosamente.

El día 13 salieron temprano hacia el norte, los acantilados les impidieron seguir por la playa y subieron por las lomas hacia el sureste de lo que hoy es Tijuana, desde donde alcanzaron a distinguir los barcos anclados en la bahía de San Diego, lo cual los llenó de entusiasmo; después de tres horas de subir y bajar muchas lomas, llegaron a una ranchería a la cual Crespí llamó “Sancti Spiritus”28, por ser la víspera de la fiesta del Espíritu Santo. Por aquí pasaba un buen arroyo de agua, aparentemente el actual Río Tijuana, y cuyo valle Serra llamó después San Pablo; allí acamparon y fueron visitados por gentiles de las rancherías cercanas, muy amigables, los hombres armados con sus arcos y flechas, y con plumajes de adorno en la cabeza, todos muy buenos para el trueque que llegaron a realizar con los viajeros. Aquí pasaron la noche, y el domingo en la mañana, salieron muy animados hacia la cercana bahía, pero sin acercarse mucho a la playa por temor a tropezar con pantanos29, finalmente, tras seis horas de marcha los fatigados expedicionarios, después de 52 días de viaje, arribaron el 14 de mayo de 1769 al campamento que habían levantado los marineros del “San Carlos” y el “San Antonio”, los soldados que llegaban dispararon sus armas a manera de saludo y los de San Diego contestaron con artillería y demás armas, luego todos se abrazaron y felicitaron por estar ya en el anhelado puerto.

Mientras tanto, Gaspar de Portolá, gobernador y comandante en jefe de la expedición, había salido de Loreto el 9 de marzo de 1769 hacia San Diego al frente de diez soldados de cuera bajo las órdenes del Sargento José Francisco de Ortega, cuatro arrieros, dos sirvientes, 44 indios y centenares de cabezas de ganado. El padre fray Junípero Serra le había pedido que partiera sin él, ya que deseaba visitar varias misiones con objeto de recabar algunas cosas que se ocuparían en San Diego y Monterrey. A su paso por La Purísima, el gobernador le hizo saber a fray Francisco Palou que el padre Serra se encontraba muy enfermo de pie y pierna derechos, expresándose con estas palabras, según lo dicho por Palou: …Y no obstante de haberle hecho presente el atraso que podía seguirse a la expedición, si en el camino se imposibilitaba, no he podido conseguir el que se quede y que vuestra paternidad vaya 30. El padre Serra había adquirido una infección en su extremidad derecha en el penoso viaje que hizo a pie de Veracruz a México, recién llegado a la Nueva España, y la achacaba a piquetes de zancudos que le habían provocado una hinchazón y llaga que le afectarían por toda su vida. Fue por eso que Palou y Portolá trataron de hacerle entender las razones para que no emprendiera la difícil jornada a San Diego; pero nada convenció al misionero para que se quedara. Cuando Palou le escribió a Gálvez informándole sobre el padecimiento de fray Junípero, saliéndose de la norma como era su costumbre, el visitador contestó ... Me alegro mucho que vaya caminando con la expedición el reverendo padre Junípero, y alabo su fe y gran confianza que tiene en que ha de mejorar y que le ha de conceder Dios el llegar a San Diego; esta misma confianza tengo yo 31 . En la misión de San Ignacio se agregó al contingente fray Miguel de la Campa y Coz, y siguiendo la ruta abierta por Rivera, el grupo de Portolá llegó a Santa María a principios de mayo de 1769.

Fray Junípero Serra había salido de Loreto desde el 28 de marzo acompañado por 2 soldados y un mozo, y con grandes penalidades causadas por su pierna enferma pudo llegar a la misión de La Purísima en donde permaneció 3 días; continuó su camino ayudado por los dos hombres que lo subían y lo bajaban en peso de la mula que cabalgaba, hasta que el 5 de mayo alcanzó a Portolá, en Santa María como se había acordado. El once de mayo salieron todos hacia Vellicatá a donde arribaron el 13 al anochecer, y tomando en cuenta lo estratégico del lugar como base intermedia para llegar a San Diego en las futuras expediciones, así como la posibilidad de trasladar a este sitio la misión de Santa María, el 14 de mayo de 1769 fray Junípero Serra procedió a la fundación de la misión de San Fernando, Rey de España, la cual quedó a cargo del padre Miguel de la Campa y Coz32 hasta 1773, cuando ocupó el lugar de Palou como presidente de las misiones en Loreto sólo para supervisar su transferencia a los dominicos.

La misión se plantó en un vallecito por el que corría un pequeño arroyo, cuyas aguas se almacenaron en una presa de piedra y tierra, lo que permitió el riego de las tierras más bajas; el pie de ganado que había quedado de las reses traídas de San Borja para llevarlas a San Diego creció en dos años a 49 cabezas, además de 40 ovejas, 44 cabras, 9 yeguas y un potro entero; según Palou, desde su fundación hasta septiembre de 1771 se habían bautizado 306 adultos y 74 “inocentes”; sólo 12 familias podían vivir en la misión porque no se producían los alimentos suficientes, y el resto se había regresado a sus rancherías, aunque el padre Miguel de la Campa los visitaba con frecuencia para que no olvidaran la enseñanza religiosa.

Muy cerca de San Fernando se fundó ese mismo año la visita de San Juan de Dios, tomando en cuenta el gran número de nativos que había en la región. Antes de salir de la nueva misión, llegaron al lugar 12 gentiles varones; al respecto Serra hizo la siguiente relación:

Ví lo que apenas acababa de creer cuando lo leía o me lo contaban, pues es el andar enteramente desnudos como Adán en el Paraíso, antes del pecado. Así iban y así se nos presentaron; y los tratamos largo rato, sin que en todo él con vernos a todos vestidos se les conociese la más mínima señal de rubor a estar de aquella manera desnudos. A todos, uno por uno, puse ambas manos sobre sus cabezas en señal de cariño, les llené ambas manos de higos pasados que luego comenzaron a comer, y recibimos, con muestras de apreciarles mucho el regalo que nos presentaron, que fue una red de mezcales tatemados y 4 pescados más que medianos y hermosos; aunque como los pobres no tuvieron la advertencia de destriparlos, y mucho menos de salarlos, dijo el cocinero que ya no servían. El padre Campa también les regaló sus pasas; el señor gobernador les dio tabaco en hoja; todos los soldados los agasajaron y les dieron de comer, y yo con el intérprete les hice saber que ya en aquel propio lugar se quedaba padre de pie, al que allí veían y se llamaba padre Miguel; que viniesen ellos y demás gentes de sus conocidos a visitarlo y que echasen la voz de que no había que tener miedo ni recelo 33

Muro en ruinas de la misión de San Fernando Vellicatá

Al ver que llegaban más gentiles, el gobernador dio cumplimiento a la orden del visitador de dejar víveres y la quinta parte del ganado, que fue debidamente señalado para no confundirlo con las reses que estaban destinadas a las futuras misiones del norte, y el día 15 de mayo de 1769 salió el contingente hacia su destino, siguiendo la huella de Rivera y Moncada; iban el sargento José Francisco Ortega, diez soldados de cuera, 44 indios cristianos, cuatro arrieros, dos sirvientes y gran cantidad de ganado y mulas cargadas. Como a los 30 Km. de Vellicatá, los dolores que padecía fray Junípero se intensificaron, al grado que al acampar ni sentado ni recostado podía descansar; viéndolo Portolá en esas condiciones le ofreció que podían llevarlo de regreso a la primera misión, a lo que fray Junípero se negó, diciéndole mas que me muera en el camino no vuelvo atrás, a bien que me enterrarán y quedaré gustoso entre los gentiles. 34

El gobernador le expresó que entonces lo llevarían de allí en adelante en una parihuela, cargado por indios neófitos; esto mortificó a Serra, quien, ya desesperado, pidió al arriero Antonio Coronel que le pusiera algún remedio. Al principio, el arriero se negó alegando que él sólo tenía experiencia en tratar las mataduras de las bestias, pero ante la insistencia del religioso, machacó cebo con algunas hierbas, las frió, y le aplicó aquello a manera de emplasto en las lesiones. Sorprendentemente Serra durmió bien esa noche, y al siguiente día se sintió mucho mejor, lo que le permitió continuar el viaje sin mayores dificultades, aunque nunca se recuperó por completo de su pierna enferma.

El 27 de mayo de 1769 arribaron al paraje que el padre Link había bautizado como La Cieneguilla cuando se dirigía al Río Colorado, a unos 100 Km. al norte de Vellicatá, se desviaron al noroeste, rumbo al Océano Pacífico, siguiendo siempre la ruta abierta por el capitán Rivera y Moncada; el día 28 sostuvieron una breve escaramuza con algunos nativos, pero sin consecuencias serias, pasaron por Santo Tomás, el 21 de junio llegaron a Ensenada de Todos Santos, y 46 días después de salir de San Fernando Vellicatá arribaron a San Diego el 1º. de julio de 1769. Desde que contemplaron la bahía aun a cierta distancia, los soldados hicieron disparos al aire que fueron contestados por la tropa que estaba en el puerto, al igual que con cañonazos de los barcos, se encontraron los dos grupos expedicionarios y todos se abrazaron por el gran júbilo de encontrarse con vida; aunque pronto se darían cuenta que de un total de aproximadamente 300 hombres que habían salido de la Vieja California, cerca de la mitad habían muerto o desertado. Los religiosos que había en el puerto eran los padres Crespí, Vizcaíno, Parrón, Gómez, y fray Junípero que acababa de llegar; de los barcos que habían salido sólo pudieron llegar el San Antonio y el San Carlos, éste con sólo dos sobrevivientes. La tragedia de la nave capitana y la odisea del San Antonio se narran a continuación.

Como se ha mencionado, a principios de diciembre de 1768, el “San Carlos” llegó a La Paz procedente de San Blas, y después de las obligadas reparaciones para un viaje como el planeado, el 9 de enero de 1769 se embarcaron 62 hombres, entre los que se encontraban su capitán don Vicente Vila; el teniente Pedro Fages, al mando de 25 soldados de la Compañía de Voluntarios de Cataluña, que habían llegado como refuerzos procedentes de Sonora; el ingeniero Miguel Constanzó, el cirujano francés Pedro Prat, el padre fray Fernando Parrón, dos herreros, un panadero, y los marineros y oficiales de la tripulación.

El 11 de enero de 1769 zarpó la nave capitana de Cabo San Lucas hacia el norte, para esperar en San Diego el arribo del “San Antonio”, que zarparía hasta el 15 de febrero, pero para su desgracia, el defectuoso barrilaje causó la pérdida de casi toda el agua, por lo cual el capitán Vila se vio obligado a hacer aguada en Isla de Cedros. Aparentemente resuelto el problema, siguieron la navegación consumiendo toda el agua obtenida en la isla sin saber que era de mala calidad, lo que fue motivo para que casi todos se enfermaran gravemente. Para colmar sus males, basándose en datos equivocados, el capitán ubicó a San Diego a los 33 ó 34 grados, por lo que condujo la nave mar adentro, ascendiendo más al norte de lo debido, ya que la latitud de la bahía era de algo más de 32 grados. Al no localizar el puerto a esa altura, Vila ordenó el regreso de la embarcación al sur, costeando, pero ya se habían perdido muchos días del viaje, 24 hombres murieron de escorbuto o por la intoxicación con el agua y fueron sepultados en el mar, hasta que finalmente, el 1º. de mayo llegó a la bahía de San Diego.

Hay diferencias respecto a la fecha de arribo del “San Carlos”, algunos autores señalan el 30 de abril, y en relación hecha por fray Junípero Serra, se menciona como fecha de llegada el 1º. de mayo; en el diario del capitán del barco, se dice lo siguiente: …Sábado 29 a domingo 30 de abril (de 1769)…eran las cinco de la tarde cuando yo pasé ceñiendo el viento que me llamó a la bocana…a este tiempo descubrí al paquebot el San Antonio, fondeado en la punta de Guijarros….y tiró un cañonazo para llamar su lancha que se hallaba en tierra. A las ocho de la noche (del sábado) vino la lancha del San Antonio con el segundo capitán y piloto don Miguel del Pino, que nos dio noticia de su viaje que fue en once de abril, con la mitad de su tripulación infestada del escorbuto, de la cual se le habían muerto dos hombres y no tenían para el trabajo más gente que los siete hombres que venían en la lancha, el capitán don Juan Pérez se hallaba también con poca salud…y solo los dos misioneros se hallaban buenos. 35 Sigue narrando Vila que el lunes primero de mayo, como a las cinco de la mañana ancló cerca del “San Antonio” al abrigo de Punta de Guijarros, a la entrada de la bahía. Entonces puede sintetizarse lo expuesto diciendo que aunque el “San Carlos” llegó desde el sábado 29 de abril de 1769 muy cerca de la entrada de la bahía de San Diego, fue hasta el lunes 1º de mayo. y después de varias maniobras, cuando ancló cerca del San Antonio al abrigo de Punta de Guijarros.

También hay discrepancias respecto al número de muertos en el “San Carlos”, pues mientras Serra afirma que únicamente sobrevivieron 3 personas, otras fuentes dan la cifra de 24, lo que resulta más creíble. El “San Antonio”, después de 55 días de navegación, había anclado en la bahía desde el 11 de abril, y para su fortuna los tripulantes hallaron rancherías de indios amistosos, sin embargo, el no llevar soldados obligó al capitán a no penetrar hacia el interior y sólo desembarcaron los hombres necesarios para hacer aguada. El plazo acordado para esperar a la nave capitana vencía en dos días, y el “San Antonio” estaba a punto de zarpar a Monterrey cuando entró el “San Carlos” en la bahía; el capitán Pérez percibió que no se notaba el movimiento acostumbrado de su tripulación y ordenó que algunos hombres lo abordaran, se hizo así y lo que encontraron fue el panorama desolador que presentaban unos cuantos sobrevivientes enfermos de escorbuto y otros padecimientos, sin fuerza para tirar el ancla. Los hombres del “San Antonio” también padecían la enfermedad, pero aun así, los más fuertes ayudaron al desembarco de los enfermos e improvisaron un hospital haciendo tiendas con las velas de las naves para su atención; algunos fueron contagiados por los recién llegados, lo que hace pensar que además del escorbuto, padecían alguna enfermedad infecciosa gastrointestinal adquirida por el agua contaminada, lo que redujo aún más el número de marineros hábiles para reiniciar las exploraciones.

El mismo 1º de mayo desembarcaron Pedro Fages, Miguel Constanzó, y el segundo capitán del “San Carlos” Jorge Estorace, con los soldados y marineros que pudieran soportar una larga caminata, y exploraron la costa del puerto, pronto encontraron una partida de indios armados con arcos y flechas quienes al principio se retiraron sin permitir que los exploradores españoles los alcanzaran, de vez en cuando se detenían, encajaban el extremo de su arco en el suelo, y sosteniendo la otra punta danzaban y giraban en su derredor con gran rapidez. Finalmente, comunicándose con señas y actitudes amistosas, los expedicionarios lograron que los nativos los condujeran a un arroyo del que pudieron abastecer sus barriles.

Considerando lo crítico de la situación, Portolá y Rivera se reunieron para decidir la acciones a seguir con objeto de cumplir hasta donde fuera posible con las órdenes que tenían; los acuerdos tomados fueron los siguientes: 1. El “San Antonio” zarparía rumbo a San Blas para traer marineros y dar noticia de lo sucedido. El doctor Pedro Prat y algunos hombres, incluyendo 8 soldados de cuera quedarían en San Diego. 2. El “San Carlos” esperaría en la bahía el arribo del “San José”, cuyo hundimiento aún se desconocía, y los marineros de éste pasarían a la nave capitana, la cual debería zarpar hacia Monterrey, en donde se encontraría con la expedición terrestre que saldría lo más pronto posible, como en efecto se hizo, lo cual se narrará más adelante. 3. De acuerdo con fray Junípero Serra, se decidió que permanecieran en San Diego fray Juan Vizcaíno, fray Fernando Parrón y el propio Serra.

Hechos todos los preparativos, el “San Antonio” se hizo a la vela el 9 de julio de 1769 rumbo a San Blas, a donde arribó con 9 hombres menos que murieron en el viaje. Enterados de los acontecimientos, el virrey y Gálvez dispusieron que se cargara el barco con los víveres necesarios y se incorporaran a su mermada tripulación los marineros que faltaban, tanto para el “San Antonio” como para el “San Carlos”, pero viajaría directo a Monterrey, sin tocar el puerto de San Diego. Salió el “San Antonio” bajo el mando del capitán Juan Pérez Mallorquín, pero al llegar al canal de Santa Bárbara fue necesario tocar tierra para hacer aguada. Aquí, los indios se acercaron en sus canoas al barco, se condujeron amistosamente y ayudaron a los marineros a llevar los barriles con agua. Asimismo, comunicaron a los españoles por señas, que la expedición terrestre que había salido hacia el norte se había devuelto, y aunque el capitán no creyó en estos informes y pensó continuar su viaje, al perder accidentalmente el ancla del barco, decidió llegar a recoger la del “San Carlos” a San Diego, a donde arribó el 23 de marzo de 1770. Grande fue la sorpresa del capitán al encontrar en el puerto a los expedicionarios que se suponía habían salido a Monterrey, pero mayor fue la alegría de quienes estaban allí, pues efectivamente habían salido desde el 14 de julio de 1769, sin localizar el referido puerto, y después de grandes penalidades habían regresado a San Diego el 24 de enero de 1770, padeciendo hambre y enfermedades que

los hacían pensar en el abandono de la empresa, incluyendo la misión ya fundada, si no recibían pronta ayuda. Fue la pérdida accidental del ancla del “San Antonio” lo que salvó la vida de muchos hombres, al verse obligado el capitán Pérez a tocar el puerto con su barco cargado de víveres que mucho necesitaban quienes estaban en tierra.

Se narra enseguida lo sucedido a los expedicionarios en su primer viaje por tierra en busca de Monterrey. Cuando Portolá y Serra llegaron a San Diego procedentes de Vellicatá, todo parecía sonreír a los exploradores. Fray Junípero le había escrito al padre Palou el 3 de julio de 1769 una carta en que le decía, entre otras cosas; …No he padecido hambre ni necesidad, ni la han padecido los indios neófitos que venían con nosotros, y han llegado todos sanos y gordos. , y al comparar la tierra y el paisaje de estas latitudes con los de la Antigua California, expresaba:

…Es buena y muy distinta tierra de la de esa Antigua California. desde la Ensenada de Todos Santos viven muy regalados (los gentiles) con varias semillas y con las pescas que hacen en sus balsas de tule, en forma de canoas, con lo que entran muy adentro del mar, y son afabilísimos, y todos los hombres chicos y grandes, todos desnudos, mujeres y niñas honestamente cubiertas. y queriéndoles dar cosa de comida, solían decir que aquello no, que lo que querían era ropa, y solo con cosa de este género eran los cambalaches que hacían de su pescado con soldados y arrieros. Por todo el camino se ven liebres, conejos, tal cual venado y muchísimos berrendos. 36. Pero el paradisíaco panorama se iría descomponiendo, sobre todo después de la llegada del “San Carlos”.

Como resultado de los acuerdos tomados por Portolá, Rivera y Serra, el 14 de julio de 1769 habían salido de San Diego a Monterrey 65 hombres al mando del gobernador Portolá y el capitán Rivera. Antes de entrar en los detalles de la expedición, hay que mencionar que desde su llegada, y con objeto de cumplir con una de sus más importantes objetivos, fray Junípero Serra fundó el 16 de julio de 1769 la misión de San Diego de Alcalá, en las faldas de una colina que los nativos llamaban Cosoy, aunque después se cambió de lugar, y en la cima se empezó a construir el presidio. Los indios eran amigables, pero las expectativas que se forjaban los españoles, sobre todo los religiosos, respecto a la rápida conversión de los gentiles y su aceptación de una nueva forma de vivir, se apoyaban, como en parte había sucedido con los jesuitas, solo en apariencias. Cuando los indios llegaban a la misión y los misioneros querían obsequiarles comida, no la aceptaban, y hasta los niños rechazaban cualquier alimento, aunque fuera dulce, pero como ya se ha mencionado, sí recibían ropa o cualquier tela como algo muy preciado, y era tal su codicia que se atrevieron a llegar hasta los barcos en sus canoas de tule para llevarse parte de las velas, por lo que fue necesario poner guardias y amenazarlos para que no continuara el hurto.

Fue formándose así un ambiente de confrontación entre nativos y españoles; los días 12 y 13 de agosto de 1769 los californios iniciaron un asalto contra la misión pero fueron rechazados; el día 15 insistieron; armados con sus macanas, mazos de madera, arcos y flechas se lanzaron contra la pequeña colonia tratando de llevarse lo que podían, hasta las sábanas de los enfermos, pero los soldados de cuera contraatacaron con sus armas de fuego, hasta que los gentiles huyeron llevándose a sus muertos y heridos. Por el bando español, José Ma. Vergerano, el muchacho que servía al padre Serra, murió de un flechazo en el cuello, el padre Vizcaíno fue herido de flecha en una mano al levantar la cortina de ixtle que servía de puerta en su habitación, y el herrero apellidado Chacón y un soldado de cuera también resultaron lesionados. Poco después del combate los indios se animaron a aproximarse al campamento español, y algunos de los que habían resultado heridos fueron curados por el doctor Prat; los soldados españoles levantaron una empalizada alrededor de la misión, paulatinamente el recelo de los nativos fue desapareciendo y esto permitió que la actividad evangelizadora de los religiosos y la vida cotidiana en la misión se restablecieran, pero la resistencia de los indios a la conversión religiosa nunca desapareció totalmente.

Siguiendo con el relato de la primera expedición terrestre a Monterrey, el contingente que salió estaba formado por el gobernador don Gaspar de Portolá como primer comandante y un criado; los padres fray Juan Vizcaíno y Fernando Parrón con dos criados; el capitán Rivera y Moncada como segundo comandante; un sargento y 26 soldados de cuera; el teniente Pedro Fages, de la compañía franca de Cataluña y 7 soldados; el ingeniero Miguel Constanzó, 7 arrieros y 15 indios neófitos como peones, lo que hacía un total de 65 hombres. A las 4 de la tarde iniciaron la marcha hacia el norte, y el paisaje agradable que encontraron, con árboles, arroyos, abundantes encinales y hasta rosales en flor fortaleció su optimismo y la esperanza de encontrar pronto el puerto de Monterrey. También fue estimulante para los viajeros pasar por muchos poblados o rancherías, en los cuales no sólo fueron recibidos en paz, sino que les obsequiaban pescado y hasta los festejaban con danzas; el número de casas de estas comunidades fluctuaba entre 20 ó 30 en las pequeñas hasta 80 en las más grandes, de acuerdo con lo que informaron después los viajeros; sus canoas medían más de 6.5 m. de largo, equivalente a las 8 varas que señala Portolá, y cerca de un metro de ancho, hechas de maderos atados con cordeles y bien calafateadas. De esta primera parte del viaje escribió Portolá en su diario: …El 21 de agosto anduvimos 3 horas siempre por el mar, y paramos frente a dos pueblos, como de 60 casas cada uno, habitado como de 800 gentiles, acudieron al real con sus capitanes, nos regalaron mucho pescado, hay mucho pasto y agua con muchísima arboleda, y tienen estos lugares muchísimas canoas …Viven estos gentiles más racionalmente que otros, pues muchos duermen en camas altas, en todos estos pueblos tienen sus cementerios, con la distinción que a los principales les ponen un palo más alto, y si es mujer en dicho palo les ponen coras o bateas, y si es hombre cabellera; todos estos pueblos son mandados por tres o cuatro capitanes, y uno manda a todos; todos estos mandones tienen dos mujeres y los demás una37

Para el mes de septiembre de 1769 la expedición rebasó lo que hoy se conoce como Punta Concepción, al noroeste de la actual Santa Bárbara, y todos comenzaron a resentir la fatiga, muchos estaban enfermos de escorbuto, por las noches la temperatura descendía cada vez más, y para colmo, los nativos, con menor abundancia y bienestar que los conocidos anteriormente, se mostraban menos hospitalarios y amistosos. El 26 de septiembre llegaron al Río Salinas, que desemboca a la mitad de la Bahía de Monterrey, y por la distancia recorrida desde San Diego, Portolá debió pensar que muy cerca estaba el puerto buscado, como así era en realidad. El capitán Rivera y Moncada, acatando la orden del gobernador, salió a reconocer la costa un poco al norte de Punta de Pinos, soplaba un viento fuerte y el oleaje era alto, por lo que nada de lo que encontró le pareció semejante a lo descrito años antes por Sebastián Vizcaíno, quien lo había considerado el mejor puerto natural que podía encontrarse en aquellas costas. Aquella bahía tan abierta, para el entender de Rivera y Moncada, no podía ser el puerto de Monterrey, y así se lo informó a Portolá al regresar al campamento. El gobernador convocó a una reunión con todos los oficiales de la expedición para decidir lo que se creyera más conveniente, tomando en cuenta la fatiga y el gran número de enfermos, pero aún así decidieron continuar la búsqueda de Monterrey, siendo que lo habían tenido ante sus ojos; el 6 de octubre prosiguieron hacia el norte, en ocasiones viajaban pegados a la costa y a veces marchaban tierra adentro; un día encontraron muchos pinos que los españoles llamaban palo colorado, y al admirar uno de gran altura, Portolá llamó al lugar Palo Alto, nombre que aún conserva la población que allí se ubica. El 31 de ese mes, desde lo alto de un cerro, tuvieron a la vista el puerto de San Francisco y las Islas Farallón, exploraron sus costas, y aunque reconocieron las bondades geográficas de la bahía, tampoco aquí encontraron las características del Monterrey descrito por Vizcaíno38.

Antes de iniciar el regreso, en una salida para reconocer los alrededores que se hizo el 1º de noviembre de 1769, un grupo de hombres bajo el mando del sargento Ortega llegó a la Bahía de San Francisco, y después de algunas exploraciones por su costa regresó al campamento el día 3; sobre la bahía encontrada Crespí refirió después que tenía la capacidad para abrigar a todos los barcos de Europa, pero aparentemente Portolá no comprendió la importancia de aquel puerto, que con mucha ventaja hubiera substituido al de Monterrey. Por fin, el sábado 11 de noviembre de 1769, después de haber realizado algunas exploraciones por los alrededores, obligados por el cansancio y las enfermedades tuvieron que iniciar el retorno San Diego sin más provisiones que 14 sacos de harina. Debe señalarse que además del escorbuto, a los expedicionarios les afectaba la falta de comida, lo que los llevó a comer bellotas de los encinos que abundaban en la región, sin saber que aunque los indios las comían, antes las sometían a una cocción especial de lo cual se habla en esta obra en el capítulo titulado “La cultura de los californios”. Se transcriben a continuación los registros de los días 10 y 11 de noviembre del diario de Miguel Constanzó:

Viernes 10 de Noviembre. Llegaron en la noche los exploradores muy tristes, disuadidos ya de que el Puerto de Monterrey pudiese estar adelante, y desengañados de las noticias de los gentiles, y de sus señas, que por ultimo confesaban ser poco inteligibles. Dijeron que todo el terreno que recorrieron para el nordeste y norte era intransitable por la falta de pastos que habían quemado los gentiles, y más que todo por la fiereza , y mala voluntad, de estos, que los recibieron muy mal, y quisieron estorbarles el pasar adelante: que no vieron señales ningunas, que les pudiesen indicar la proximidad del puerto, y que se ofrecía otro estero inmenso hacia el nordeste, que se internaba también mucho en la tierra, y tenía comunicación con el del sureste haciéndose igualmente preciso el buscar por donde descabezarlo…

Sábado 11 de Noviembre. Oídas las noticias de los exploradores resolvió el comandante convocar a sus oficiales para resolver unánimemente sobre el partido que convendría tomar en las presentes circunstancias; teniendo presente el servicio de Dios, del Rey, y su propio honor. Juntos los oficiales, dieron sus votos por escrito, y acordaron retroceder en busca del Puerto de Monterrey, que conocían había de quedar atrás avista de las señas que en la costa se habían notado: concurrieron también en la junta los reverendos padres misioneros a quienes por vía de súplica se les pidió el dictamen y se atuvieron al propio, conociendo ser indispensable la vuelta en busca del Puerto de Monterrey que también conocían haber de quedar atrás, como se resolvió, así se puso por obra: en la tarde se movió el real a dos leguas del paraje del estero… desandando lo andado39.

En el trayecto se les acabó la comida y para no morir de hambre, Portolá dispuso que al término de cada jornada se sacrificara una de las mulas más viejas y débiles para comerse la carne tatemada, sin sal ni condimento alguno, hasta que finalmente, el 24 de enero de 1770, después de haber soportado grandes penalidades llegaron a San Diego tras 6 meses y 10 días de haber salido, convencidos muchos que el ansiado puerto había sido cegado por la formación de médanos.

Como explicación parcial de los errores de graves consecuencias que se cometieron al ubicar equivocadamente el puerto de San Diego y la dificultad para situar geográficamente a Monterrey, debe recordarse que en aquel tiempo, los navegantes y exploradores dependían, en el mejor de los casos, de aparatos que hoy se consideran rudimentarios, con los cuales se medían los ángulos de elevación sobre el horizonte del sol y la estrella polar para calcular la posición geográfica en que se encontraban, sobre todo la latitud, y se ha dicho en el mejor de los casos porque con frecuencia, sobre todo en los viajes terrestres, el jefe de la expedición se basaba sólo en la distancia aproximada que se recorría desde un punto conocido y en la descripción física del terreno. Por mar, una referencia importante para calcular la distancia navegada era la equivalencia en leguas para cada grado avanzado, que correspondía a 17.5 leguas, aunque frecuentemente cada navegante cambiaba un poco esa distancia para sus propios viajes.

Los frustrados expedicionarios se repusieron en San Diego de fatigas y enfermedades, lo que no aligeró las preocupaciones de Portolá. En primer lugar, como se lo expresó Serra a fray Francisco Palou en una carta fechada el 10 de febrero de 1770, los colonos temían por sus vidas; la misiva decía en parte:…..En 3 ocasiones me he considerado y hallado en peligro de muerte de mano de estos pobres gentiles …El día de la seráfica madre Santa Clara, el_ día de San Hipólito y el día de la Asunción de Nuestra Señora, en que me mataron a mi José María que traje desde Loreto…..40, pero además, la falta de comunicación, el no saber si se continuarían o no con la conquista de aquella frontera, y la escasez de comida agobiaban a los viajeros.

Primera misa celebrada en Monterrey por fray Junípero Serra el 3 de junio de 1770. Cort. Calif. Histor. Society. Óleo Leon Troussed

Rivera y Moncada había salido a Vellicatá en busca de ayuda, de donde partió de regreso a San Diego el 23 de mayo de 1770, con 19 soldados de cuera y 200 cabezas de ganado, así como víveres de boca, lo que vendría poco después a resolver por un buen tiempo las carencias que se padecían en aquella misión y después en Monterrey. Pero Portolá ya había tomado la decisión de que si para el 20 de marzo no llegaba ningún barco, se abandonaría la empresa y regresarían todos a la Antigua California. En ese tiempo, los rumores y habladurías fueron frecuentes entre los colonos que se preparaban para un inminente regreso a Vellicatá, y se discutía sobre la prudencia de tal medida; en este ambiente, los padres Serra y Crespí se entrevistaron con el capitán del “San Carlos”, don Vicente Vila, y llegaron a un acuerdo secreto que contemplaba las siguientes acciones: 1º, cuando todos salieran a Vellicatá encabezados por el gobernador Portolá, los padres Serra y Crespí se quedarían para no desamparar la misión y todo lo logrado hasta entonces, y 2º, esperarían la llegada de algún barco y entonces tratarían de localizar el escurridizo puerto de Monterrey.

Por fortuna para los expedicionarios, nada de lo planeado con Vila fue necesario, pues a las tres de la tarde del 19 de marzo de 1770, después de las actividades religiosas que habían llevado a cabo antes de la salida planeada para el día siguiente, divisaron un barco en el horizonte que se aproximaba ocultándose por momentos entre las olas, y el 23, con gran alegría para todos, entró a la Bahía de San Diego el “San Antonio”, con los apoyos que tanto necesitaban los colonos, aunque inicialmente la intención de su capitán era solamente recoger el ancla que le faltaba, como ya se ha mencionado antes. Desde entonces, el padre Serra acostumbró celebrar una misa el 19 de cada mes en recuerdo del salvamento de San Diego.

Renacido el optimismo, se decidió viajar al norte nuevamente en busca de Monterrey. Tomadas las providencias para que esta vez los expedicionarios no padecieran tanto, se decidió que permanecieran en San Diego los padres Parrón y Gómez, el “San Carlos” anclado en la bahía, con el capitán Vila y 5 marineros, el sargento Ortega con 8 soldados de cuera, y 10 indios amigos.

Misión de San Carlos Borromeo de Carmelo, en Monterrey. Pintura por George Vancouver.

El “San Antonio” salió primero el 16 de abril de 1770, aunque la gente había abordado el barco desde un día antes, y el 17 vía terrestre Portolá y Crespí, acompañados por 16 soldados de cuera.

Los de tierra llegaron a la bahía el 24 de mayo de 1770, reconociéndola esta vez sin problemas, y hasta el 31 el “San Antonio”, debido a que por vientos contrarios tuvo que descender hasta los 30 grados, lo que causó su retraso.

Finalmente, el 3 de junio de 1770, reunidos los oficiales de mar y tierra y toda su gente bajo el encino en el que Vizcaíno había dado gracias a Dios en 1602, se tomó posesión de aquel territorio con las ceremonias religiosas y cañonazos acostumbrados, se inició la construcción del presidio de Monterrey y la misión llamada de San Carlos Borromeo, aunque después se cambiaría de lugar, y culminó así la primera etapa de la colonización de la Nueva California, después de tan grandes sacrificios.

El 9 de julio de 1770, Portolá y el ingeniero Constanzó se embarcaron en el “San Antonio” rumbo a San Blas, a donde llegaron el 1º. de agosto, y aunque desde el 14 de junio de 1770 el gobernador había mandado a Loreto un correo por tierra con las noticias sobre la toma de posesión de Monterrey, éstas se conocieron primero en la ciudad de México por las cartas y relaciones que desde San Blas envió el comandante de la expedición. La gran alegría que tuvieron el virrey y Gálvez al conocer la noticia, los motivó a organizar solemnes ceremonias religiosas para celebrar estos acontecimientos, de los cuales se hizo una relación impresa que se distribuyó no sólo en la capital, sino también en las principales ciudades de la Nueva España.

En el nuevo territorio se plantaron 21 misiones, incluyendo la de San Diego de Alcalá fundada por Serra en 1769, quien intervino directamente en la fundación de las seis primeras.

El 29 de mayo de 1770 llegaron al Colegio de San Fernando de la Ciudad de México, 49 religiosos de la orden franciscana, en atención a la solicitud que el padre Serra había hecho al visitador Gálvez y al virrey, el marqués de Croix, para incrementar los recursos y el número de misioneros destinados a la Nueva California.

De inmediato, Gálvez pidió 30 misioneros para que 10 de ellos se dirigieran a las 3 misiones ya existentes en la Nueva California, pues además de San Diego, Serra había establecido las de San Carlos Borromeo y San Antonio de Padua, y a las que pronto se fundarían. Los 20 restantes reforzarían a los misioneros que estuvieran solos en las misiones antiguas, y otras 5 que se plantarían en la California peninsular entre San Fernando Vellicatá y San Diego, las cuales recibirían los nombres de San Joaquín, Santa Ana, San Juan Capistrano, San Pascual Baylón y San Felipe de Cantalicio. El padre guardián concedió los religiosos solicitados, quienes se embarcaron a sus respectivos destinos por los meses de enero y febrero de 1771.

Los de la Nueva California arribaron a San Diego el 12 de marzo, de donde continuaron a Monterrey para atender lo que dispusiera el padre Serra; en tanto, los que irían a Loreto abordaron el “San Carlos” en San Blas, pero vientos contrarios desviaron la embarcación de su ruta, que fue a encallar en un paraje desierto de Colima cuando se aproximaba a la costa para hacer aguada; dos de los misioneros permanecieron con el capitán hasta que se reparó la embarcación y pudo reiniciar su viaje a Loreto a donde arribó el 30 de agosto de 1771; los otros 18 partieron por tierra hacia el Real de Los Álamos, en Sonora, pero sólo llegaron 17 por haber muerto uno en el trayecto. Al saber lo acontecido, el gobernador despachó el “Concepción” a la costa sonorense para que trajera a los 17 misioneros, quienes finalmente desembarcaron en Loreto el 24 de noviembre de 1771.

Misiones Franciscanas en Alta California

Elaboración sobre mapa de Google Earth por A. Ponce Aguilar

  1. San Diego de Alcalá, 16 -VII -1769.
  2. San Luis Rey, 13-VI-1798.
  3. San Juan Capistrano, 1-XI-1776.
  4. San Gabriel Arcángel, 8-IX-1771.
  5. San Fernando Rey de España, 8-IX-1797.
  6. San Buenaventura, 31-III -1782.
  7. Santa Bárbara, 4- XII -1786.
  8. Santa Inés, 17-IX-1804.
  9. La Purísima Concepción, 8-XII -1787.
  10. San Luis Obispo,1-IX-1772.
  11. San Miguel Arcángel 25-VII -1797.
  12. San Antonio de Padua, 14-VII -1771.
  13. Nuestra Señora de la Soledad, 9-X-1791.
  14. San Carlos Borromeo, 3-VI-1770.
  15. San Juan Bautista, 24-VI-1797.
  16. Santa Cruz, 28-VIII -1791.
  17. Santa Clara, 12-I-1777.
  18. San José, 11-VII -1797.
  19. San Francisco de Asís (o Dolores), 26-VI-1776.
  20. San Rafael, 14-XII -1817.
  21. San Francisco Solano, 4-VII-1823.

En 1771 el marqués de Croix, virrey de la Nueva España y decidido promotor de las acciones misionera y colonizadora en las Californias, entregó el mandato a don Antonio María de Bucareli y Ursúa, quien después fue considerado como uno de los mejores gobernantes de la colonia; por esos años ocupó el arzobispado de México don Antonio Lorenzana y Butrón, quien siempre mostró preocupación por el bienestar de los indios, mientras que Gálvez, terminada su misión en la Nueva España regresó a Madrid, en donde recibió distinciones de las cuales ya se ha hablado.

Pero en este contexto político y social aparentemente propicio para la inmediata fundación de las cinco misiones que deberían establecerse entre Vellicatá y San Diego, se truncó el proyecto quizá porque la nueva administración no creyó conveniente darle continuidad, o tal vez no hubo un gestor que insistiera para que se diera cumplimiento a la orden que habían dado el marqués de Croix y don José de Gálvez. Como pretexto, Fray Francisco Palou expresó después que no pudo dar cumplimiento a la orden por carecer de soldados que pudieran acompañar a los religiosos en la jornada a la Antigua California, por lo que los distribuyó provisionalmente en las misiones ya establecidas; lo cierto es que ya desde entonces, la prioridad para el gobierno colonial sería la Alta California, y el ancestral abandono de las misiones y poblados peninsulares continuaría. El hecho es que se fueron hilvanando situaciones que a la postre impidieron definitivamente la aplicación rápida y justa de los recursos que inicialmente se habían destinado para el establecimiento de las 5 citadas misiones en la Antigua California.

En los primeros años de su labor en la Nueva California, los franciscanos no estuvieron exentos de peligros, sobre todo en el sur, por el carácter belicoso de las etnias que habitaban toda la región, desde la costa hasta el Río Colorado, ejemplo de lo cual es el ataque que se dio en 1775 a la misión de San Diego. Ésta, originalmente establecida cerca del presidio en el paraje llamado Cosoy, al norte de la bahía, fue trasladada por los padres Luis Jayme y Vicente Fuster unos 9 Km. río arriba debido, sobre todo, a la escasez del agua para siembra durante el verano, pero además, los misioneros querían alejarse de los soldados por sus abusos en agravio de la población india, sobre todo de las mujeres41, lo cual provocaba frecuentes problemas.

Desde 1774 el capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada asumió el puesto de Comandante Militar y prácticamente gobernador de la Alta California, cuando a petición del padre Serra, el teniente Pedro Fages o Fajes fue removido de ese cargo por orden del virrey, todo debido a las fricciones que había tenido con el misionero franciscano.

A diferencia de otros nativos de California, los kumiay nunca aceptaron pasivamente la imposición cultural y religiosa que les hacían los franciscanos, y reiteradamente fueron descritos por los españoles como rebeldes, orgullosos, rencorosos y devotos de las costumbres de sus padres, aunque hoy se podría decir que, sencillamente, estos nativos resistieron con toda su fuerza la amenaza que la presencia europea significaba para sus costumbres; Palou y los demás religiosos reiteraron muchas veces que la resistencia indígena tenía como motivo la intervención directa de Satán, sin pensar que había causas más terrenales que provocaban el fuerte resentimiento de los aborígenes42, como el uso cotidiano del cepo y los azotes para castigar los delitos que cometían, castigos que en su primitiva cultura no se conocían.

En octubre de 1775, dos neófitos se escaparon y se dedicaron a instigar a los indígenas de las rancherías cercanas y al sur de San Diego proponiéndoles la destrucción del presidio y la misión, dada la inconformidad que se ha mencionado; además, la reubicación de la misión en 1774 unos nueve kilómetros al este del presidio y ya más cerca de algunas de las rancherías importantes hacia la sierra, acrecentó el temor de los indios de que aquellos advenedizos blancos ejercieran un dominio más férreo sobre ellos.

Los yumas del Río Colorado no se unieron a los rebeldes quizá por la relación amistosa que tenían con Juan Bautista de Anza y el padre Francisco Garcés, quienes habían convivido con ellos en diversas épocas, como se verá más adelante.

Aun así, y con la abstención de varias rancherías que no quisieron participar en la conjura, la noche del 4 de noviembre de 1775, según Palou43, entre 600 y 1000 gentiles y neófitos originarios de cuando menos 15 rancherías, cuatro de las cuales eran Melijó44, Otay45, La Punta46 y Cuyamaca47, divididos en dos grupos, se dirigieron unos a la misión y los otros al presidio, ambos situados a pocos kilómetros de distancia, pero los que iban al presidio, al ver a lo lejos que la misión estaba en llamas, optaron por sumarse a quienes atacarían al centro religioso, encabezados por sus líderes Oroche, de Macate, Francisco, de Cuyamaca, Rafael de Janat, e Ysquitil de Abusquel; entraron en las cabañas en que dormían los neófitos, los obligaron a permanecer en silencio, y aprovechando los tizones que quedaban en una fogata cercana al cuartel, saquearon y prendieron fuego a la misión y a una casita en que dormían los cuatro soldados48 y dos muchachos49, al mismo tiempo que lanzando alaridos disparaban sus flechas y lanzaban piedras contra los aposentos de los españoles. El padre Luis Jayme salió de su cuarto al encuentro de los asaltantes tratando de calmarlos, pero fue asesinado a flechazos y macanazos, en tanto que fray Vicente Fuster, al despertar por la gritería de los indígenas, salió de su aposento y se fue a reunir con los soldados, en donde se defendieron por algún tiempo disparando contra los indios a quienes les causaron algunas muertes.

Fotografía Antigua de la Misión de San Diegode Alcalá, restaurada

Dibujo tomado de “San Diego Mission”, de Zephyrin Engelhardt, 1920, que muestra al capitán Rivera sacando al indio Carlos de su escondite, el 26 de marzo de 1776

El asedio se hizo más intenso y el fuego se propagó por todas partes, lo que obligó a los sitiados a refugiarse en la pequeña cocina de adobe, casi sin techo, en donde resistieron el ataque a pesar de que dos soldados estaba heridos, y en donde Fuster, para proteger la talega de pólvora que allí se encontraba la cubrió con su hábito. Así estuvieron, los enfermos cargando las armas y los dos soldados sanos disparando contra los rebeldes, hasta el amanecer, cuando los indígenas atacantes se retiraron después de recoger a sus muertos y heridos que, según los testimonios que se dieron, fueron numerosos, mientras que por los españoles sólo dos perdieron la vida esa noche: el padre Luis Jaime, y el herrero José Arroyo; el carpintero del presidio llamado Urselino que se encontraba enfermo y encamado, falleció cinco días después a causa de heridas de flecha.

El 5 de noviembre, temprano, salieron de sus casas los neófitos que habían permanecido encerrados durante el asalto, ayudaron a apagar el fuego que aun ardía en la troje, y entre todos llevaron al presidio los cuerpos del padre Luis Jaime y del herrero, así como a los heridos para que se les atendiera de sus lesiones. El capitán Rivera y Moncada, al enterarse de lo sucedido se trasladó de Monterrey a San Diego tratando de prevenir algún nuevo alzamiento50; por ese tiempo llegó un barco con ayuda a la bahía, y por tierra arribaron 25 soldados de refuerzo, todo lo cual afianzó la posición de la colonia que no volvió a ser atacada en mucho tiempo por los indios, aunque el espíritu de aquel levantamiento nunca se extinguió totalmente.

Poco tiempo después, el indio Carlos, cabecilla de los rebeldes que atacaron San Diego, regresó al poblado y el padre Vicente Fuster lo perdonó y le dio refugio en el almacén de la misión, pero cuando el Capitán Rivera y Moncada se enteró de aquello, y al rehusarse Fuster a entregar al indio rebelde, entró al almacén espada en mano y lo sacó de su refugio por la fuerza para castigarlo, lo cual causó un gran enojo en el religioso, que excomulgó al capitán, hecho que afectó a éste por el resto de su vida. En realidad Rivera no había violado el Derecho de Asilo que se aceptaba como ley, pues el fugitivo se escondía en el almacén de la misión, y no en la iglesia, pero aún así el misionero excomulgó al capitán, y a partir de entonces se dieron frecuentes fricciones y desacuerdos, a veces ásperos, entre los religiosos y quienes tenían a su cargo el poder civil y militar en la Alta California51.

Los franciscanos levantaron 21 misiones en Alta California, y apenas 13 años después de la llegada de Portolá ya se habían construido los presidios de San Diego, Monterrey, San Francisco y Santa Bárbara. Lo que seguía era la verdadera colonización de la provincia.

La ruta de Sonora a la Alta California

El acceso a la Alta California se tenía por la ruta marítima, peligrosa y prolongada, y la terrestre procedente de Vellicatá, que estaba muy distante de las misiones del sur, casi siempre sumidas en la pobreza y algunas en franca decadencia.

En 1774 habían llegado a Monterrey en un barco procedente de San Blas un doctor y 3 herreros con sus respectivas familias, dispuestos a establecerse en el lugar; otros colonos, soldados con sus esposas e hijos, llegaron por entonces procedentes de Vellicatá, pero no era así como se poblaría aquella frontera.

Cuando Portolá se fue de la Nueva California en 1770, quedó como gobernador militar de la provincia don Pedro Fages, quien junto con el padre Serra informó al virrey Bucareli sobre la conveniencia de fundar una misión y un presidio en la bahía de San Francisco.

Se sabía por ese tiempo que podía llevarse a cabo la colonización de aquella frontera con familias procedentes de Sonora, en donde supuestamente había mucha gente dispuesta a emigrar a la Alta California, por lo que el virrey autorizó al capitán Juan Bautista Anza, comandante del fuerte de Tubac, en la Pimería Alta de Sonora, para que hiciera un primer viaje exploratorio, cuyo objetivo inicial sería llegar a la misión de San Gabriel Arcángel, que Serra había fundada el 8 de septiembre de 1771.

El sábado 8 de enero de 1774, a la una de la tarde, Anza salió de Tubac, de la provincia de Sonora52, con 20 soldados, los padres franciscanos Juan Díaz y Francisco Garcés, 10 indios, 140 caballos, 35 mulas y 65 cabezas de ganado. El 7 de febrero llegaron a la confluencia del Gila con el Colorado y el 9 fueron ayudados por los indios yumas y su jefe Salvador Palma a vadear el río53; los indígenas se mostraron amistosos porque un año antes los había visitado el padre Francisco Garcés, quien no sólo instruyó a algunos en el cristianismo, sino que mostró un genuino interés por convivir con ellos en un ambiente de respeto; además, en esta ocasión Anza le regaló al jefe Palma una chaqueta decorada, unos pantalones azules, una cachucha con borde dorado y otras prendas. Los expedicionarios continuaron su viaje, y después de vencer serios obstáculos por la escasez de pasto y agua para los animales, de lo cual se habla páginas adelante, escalaron la sierra y para el martes 22 de marzo llegaron a la misión de San Gabriel Arcángel.

Anza, con 6 de sus soldados se fue a Monterrey a entrevistarse con el gobernador, luego volvió al Colorado por algunos soldados y animales que habían quedado allá, y después se fue a México a informar al virrey sobre la nueva ruta.

El lunes 23 de octubre de 1775 a las once horas Anza inició su segundo viaje54, ahora con un grupo más numeroso reclutado en diversos poblados de Sonora, formado por 10 soldados que se regresarían a Tubac, 3 padres, 20 arrieros y 10 indios; también iban un teniente y 30 soldados con sus esposas e hijos, lo que hacía un total de 240 personas, además de mucha caballada y 302 cabezas de ganado. El 4 de enero de 1776 llegaron a San Gabriel, y aunque muchos animales murieron o se perdieron en el camino, las 240 personas que habían salido de Sonora y varios niños que nacieron durante el viaje llegaron a salvo a la misión en la fecha indicada, y el 10 de marzo a Monterrey.

El capitán Rivera y Moncada siempre se opuso a la fundación de la misión de San Francisco, argumentando que faltaban tropas para destinarlas al cuidado de cualquier nuevo establecimiento religioso, lo que provocó el disgusto del virrey, de los misioneros y de Anza, pero el padre Francisco Palou, sin esperar la orden del capitán que había demorado demasiado su decisión, fundó la misión el 9 de octubre de 177655 ; poco después, la desafiante y un tanto inexplicable actitud del militar le costó el puesto de gobernador de la Alta California, y fue enviado a Loreto, como se verá más adelante.

Joaquín Moraga, el primer oficial de Anza, se encargó de conducir a los colonos y a los padres Francisco Palou y Pedro Benito Cambón hasta la bahía de San Francisco, en donde se empezaron a construir los primeros asentamientos de lo que sería una de las más importantes ciudades de Norteamérica; Anza regresó a Tubac, satisfecho porque la ruta ya estaba abierta, aunque no duraría mucho tiempo, como se verá en seguida. En 1777, el nuevo gobernador de la Alta California Teniente Coronel Felipe de Neve, atendiendo disposiciones del virrey, había iniciado la fundación de poblados con vida civil fuera de las misiones, y aún con la oposición de fray Junípero Serra, en noviembre de 1777 se repartieron solares para el primer pueblo que se llamó San José, un poco al sur de la misión de Santa Clara; fue Neve también quien aplicó un reglamento que limitaba el poder de los religiosos, y es una lástima que la visión modernista con que contemplaba el progreso de California no se tuviera para la península.

Antes de continuar este relato, para tener una percepción más clara de los acontecimientos, es necesario insertar en el contexto histórico de la época la relación cronológica de los gobernadores españoles que estuvieron en las Californias, tomando en cuenta los siguientes datos: cuando Portolá y los franciscanos presididos por fray Junípero Serra viajaron desde el sur de Baja California hasta Monterrey y lo que después fue San Francisco, la provincia era nombrada Las Californias; pronto fue necesario diferenciar con un límite la jurisdicción de los misioneros franciscanos de la de los dominicos, inicialmente en el arroyo de San Miguel, hoy conocido como La Misión, de lo que se habla en otro capítulo, y entonces los españoles se referían a las dos provincias como la Nueva y la Vieja California. Estas denominaciones pronto se cambiaron a Alta California y Baja California, respectivamente; aquella abarcando lo que hoy es el estado norteamericano de California, y la segunda lo que hoy son los estados mexicanos de Baja California y Baja California Sur.

Primeros gobernadores de las Californias

Los primeros gobernadores ejercieron el mando sobre las dos Californias con la sede del gobierno en Loreto; poco después, con algunas excepciones, la Alta California mantuvo como capital a Monterrey, y la Baja California a Loreto. En la Alta California, durante muchos años fue gobernador de facto el comandante militar de los presidios que se habían construido, mientras que el gobernador nominal de las dos provincias residía en Loreto. Al ir adquiriendo importancia la Alta California, la sede de los dos gobiernos se trasladó a Monterrey, y en Loreto quedó un vicegobernador relativamente independiente.

Enseguida se muestra un cuadro con una relación cronológica de los gobernadores españoles de las dos Californias, en el que se agregan algunos datos de importancia en cada caso.

NombrePeríodo56SedeObservaciones
Gaspar de Portolá1768-1769Loreto primero, Monterrey despuésEntre 1769 y 1770, Juan Gutiérrez de la Cueva y Antonio López de Toledo fungieron como Gob. Interinos en Baja California. Armona fue gobernador de las Californias.
Matías de Armona12-VI-1769 a 9-XI-1770Loreto, Santa Ana
Felipe de Barri22-III- 1771 a 1774LoretoPedro Fages Beleta fue Comandante Militar en la Nueva California de 1769 a 1774 con sede en Monterrey.
Fernando J. Rivera y Moncada (Com. Mil. en lugar de Fagés)1774 a 3-II-1777Comandante militar en MonterreyComo comandante militar, Rivera sólo estaba obligado a informar lo necesario al gobernador de Las Californias que residía en Loreto, era el gobernador de facto en la Nueva Cal., llegó a Monterrey el 23-III-1774 y reemplazó a Fagés.
Felipe de Neve, sucesor de Barri.28-XII-1774 a 2-IX-1782Loreto 1775-1776. Monterrey 1777-1782Al llegar Neve a Monterrey, Rivera fue transferido a Loreto como vicegobernador de la Antigua o Baja California. Neve gobernaba Las Californias. Rivera, por orden de Neve, pasó a Sonora y Sinaloa a reclutar soldados y colonos para la Alta California.
Pedro Fages Beleta7-IX-1782 a 1790MonterreyGob. de Las Californias. Gobernaron interinamente Baja California José María Estrada de 1781-1783, y José Joaquín de Arrillaga de 1783 a 1791.
José Antonio Romeu17-IV-1791 a 9-IV-1792MonterreyGobernador de Las Californias. Arrillaga era vicegobernador de Baja California en Loreto.
José Joaquín de Arrillaga, 1a vez.9-IV-1792 a 1794MonterreyGob. interino de Las Californias a la muerte de Romeu.
Diego Borica14-V-1794 a 16-I-1800Loreto, MonterreyBorica fue nombrado gobernador con sede en Loreto, y a los dos meses se fue a la Alta California como gobernador de las Cal. Definió límites entre Alta y Baja California. En 1795 Arrillaga era capitán del presidio de Loreto. Renunció al cargo y se fue a España.
Pedro de Alberni16-I-1800 a 11-III-1802MonterreyEl teniente coronel Pedro de Aberni fue nombrado en 1800 gobernador interino de California y comandante de los cuatro presidios de la provincia (San Diego, San Francisco, Santa Bárbara y Monterrey).
José Joaquín de Arrillaga1802-1814Loreto, MonterreyArrillaga fue gobernador de Las Californias de 1800 a 1804, y de Alta California de 1804 a 1814, año en que murió.
Felipe de Goicochea1806-1814LoretoFue nombrado gobernador de Baja California en 1805, aunque tomó posesión del cargo hasta 1806. Fue comandante del presidio de Santa Bárbara de 1784 a 1802. Murió en Loreto en 1814.
Fernando de la Toba1814-1815, 1821, 1822, 1825-1826LoretoDe la Toba siguió como Gob. interino a Goicochea de X-1814 a X-1815; al enfermarse el Gob. Argüello de junio a octubre de 1821, se repitió en 1822 también de junio a octubre; y de octubre de 1825 a junio de 1826 al renunciar José Manuel Ruiz.
José Darío Argüello1814-1815Santa Bárbara, San FranciscoA la muerte de Arrillaga, Argüello fue nombrado gobernador interino de Alta California. (Antes de su muerte, el enfermo gobernador designó a Argüello como su sucesor)
José Darío Argüello1815-1822Loreto MonterreyGobernó Baja California. Llegó a Loreto en octubre de 1815. Dejó el gobierno en 1821 por enfermedad
Pablo Vicente Solá4-IV-1815 a 1822Fue el último gobernador español de la Alta California, siguió hasta el 9 de Nov. de 1822, después de la Independencia.

La masacre de los yumas

En agosto de 1769, el visitador Gálvez y el virrey Carlos Francisco de Croix, con el fin de ejercer un mejor control sobre las vastas regiones del norte de la Nueva España, propusieron al rey que se estableciera un poder separado que tuviera a su cargo las provincias septentrionales de la colonia, la propuesta fue aceptada y el 22 de agosto de 1776 se creó con el fin mencionado lo que se llamó Comandancia General de las Provincias Internas de la Nueva España57, que abarcaba Sonora, las Californias, Nueva Vizcaya, Tejas, Coahuila y Nuevo México58; la residencia de la nueva jefatura fue en Arizpe, Sonora, y el nombramiento del primer comandante recayó en don Teodoro de Croix, quien llegó al poblado sonorense en 1779, aunque desde dos años antes había estado atendiendo los asuntos de su nuevo cargo en la ciudad de México.

Estando el capitán Rivera y Moncada como subgobernador en Loreto, el comandante Croix, en atención a las recomendaciones del virrey y a los deseos del padre Serra, ordenó al gobernador Felipe de Neve que mandara al capitán a reclutar colonos para que se fundaran un presidio y tres misiones en el canal de Santa Bárbara, así como un poblado que se llamaría Nuestra Señora de los Ángeles Porciúncula, a orillas del río con ese nombre. Enterado de la orden, Rivera y Moncada, se embarcó en Loreto rumbo a Sonora, recibió en Arizpe todas las instrucciones necesarias para dar cumplimiento a su comisión, y se dedicó a ejecutarla de inmediato. Sin embargo, no fue tan fácil juntar el contingente solicitado por el temor que inspiraba a todos una jornada tan larga y peligrosa, pero al fin, habiendo traído gente desde lugares tan lejanos como Jalisco, partió de Álamos hacia el Colorado en abril de 1781, al frente de un buen número de colonos y soldados 30 de los cuales llevaban a sus familias, y un gran número de caballos y mulas.

El comandante de las Provincias Internas Teodoro de Croix, había dispuesto que se levantaran dos misiones en la región del Colorado para la evangelización de los numerosos gentiles yumas, y como apoyo para los viajeros que se trasladaran por tierra de Sonora a la Alta California. Fue por esto que se fundaron las misiones de La Purísima Concepción de María Santísima y la de San Pedro y San Pablo Bicuñer, a unos 14 Km. una de la otra, al oeste del Río Colorado, con los padres franciscanos del Colegio de la Santa Cruz de Querétaro Juan Díaz y Matías Moreno para la primera, y Francisco Hermenegildo Garcés y Juan Barreneche para la segunda; la de La Purísima Concepción tal parece que estaba muy cerca de lo que hoy es Los Algodones, en el extremo noreste de Baja California, y la de San Pedro y San Pablo Bicuñer al norte de la anterior y muy próxima a lo que hoy es Yuma59.

La nueva organización que tuvieron los misioneros acatando las órdenes del comandante general, dificultó las relaciones con los gentiles y aumentó el grado de peligro para los colonos. De acuerdo con las nuevas disposiciones, no habría un presidio que protegiera la colonia, obviamente para ahorrar gastos; en cada misión residirían 8 soldados y 8 colonos con sus familias; y los indígenas vivirían en sus rancherías, de donde acudirían a la misión sólo para su atención espiritual. En todas las demás misiones, los gentiles eran atraídos por los religiosos por medio de dádivas, alimentos y un trato amable; pero aquí, los yumas no veían razón para acercarse a los misioneros y más bien acudían a los poblados a intercambiar con los colonos maíz, calabazas o sandías por algo de ropa o alguna otra cosa que necesitaran. Atendiendo las órdenes del comandante general, para arraigar a los colonos en aquella región, se les entregaron las mejores tierras, y los yumas, sus legítimos dueños, fueron desplazados a los lugares menos productivos. Rivera y Moncada había mandado a la gente reclutada en Sinaloa a Loreto, o según versiones más verosímiles, a San Luis Gonzaga60, bajo las órdenes del teniente José Zúñiga, para que desde allí viajaran por tierra hasta la misión de San Gabriel; los colonos reunidos en Sonora los conduciría el propio capitán hasta el paso del Colorado, y de allí hasta su último objetivo.

Dibujo antiguo del padre Francisco Garcés cerca del Río del Tizón, nombrado después Río Colorado

Los colonos conducidos por el teniente Zúñiga por la ruta peninsular pudieron arribar en agosto de 1781 sanos y salvos a la misión de San Gabriel, mientras que el grupo de Rivera y Moncada llegó desde junio al Río Colorado, en donde se encontró con el sargento Juan José Robles y 5 soldados procedentes de aquella misión que venían a acompañarlo, pero dadas las condiciones de los animales, el capitán decidió esperarse un tiempo junto con unos diez soldados y algunos colonos mientras se recuperaban las bestias y el ganado; después de breve descanso, mandó que se adelantaran rumbo a San Gabriel 40 familias con el sargento Robles, el alférez Limón y el del mismo cargo José Darío Argüello61. El capitán dispuso también que regresara a Sonora la escolta de 65 hombres al mando del teniente Andrés Arias Caballero, lo que fue un fatal error, como se verá después.

Mientras tanto, los yumas ya estaban cansados de los abusos que se cometían en su contra; por ejemplo, el alférez Santiago Yslas, al mando de la guarnición antes de la llegada del capitán Rivera, además de desplazar a los nativos de las mejores tierras, arrestó al hermano del jefe Palma por supuestas irreverencias hechas al padre Garcés, hizo azotar a varios indios públicamente, y finalmente la gota de agua que derramó el vaso fue que las bestias de los soldados pisotearon sembradíos y dañaron parte de los mezquitales de los yumas, éstos se conjuraron contra los españoles y mestizos de las dos misiones, la noche62 del 17 de julio de 1781 atacaron los dos poblados y al siguiente día el campamento militar, incendiaron todo lo construido, mataron a los religiosos Francisco Tomás Hermenegildo Garcés, Juan Díaz, Matías Moreno y Juan Barreneche, a todos los soldados y al capitán Rivera y Moncada, que murió peleando al frente de los 10 ó 12 hombres con que se había quedado.

El padre Garcés, tenía fama entre sus hermanos religiosos no sólo por haber sido un infatigable explorador y propagador de la fe cristiana, sino por las buenas relaciones que siempre había tenido con las diversas tribus de la región, con cuyos miembros convivía frecuentemente, pero esta vez los yumas olvidaron sus bondades y fue asesinado con sus compañeros; se supo después que una anciana indígena que estimaba a los religiosos, cavó un hoyo y sepultó los cadáveres de Garcés y Barreneche63.

Neve tuvo noticias de lo sucedido por medio del alférez Cayetano Limón, quien había llegado procedente de Sonora acompañando a los colonos enviados por Rivera. Cuando Limón regresaba a su provincia junto con su hijo y dos soldados, ya cerca del río unos indios les informaron sobre la rebelión de los yumas, pero aún así Cayetano y su hijo decidieron seguir hacia el paso del Colorado, quedando los dos soldados al cuidado de algunas bestias y provisiones. Cuando llegaron a los poblados encontraron los cadáveres insepultos de sus pobladores y todo destruido e incendiado; luego fueron atacados por los indios rebeldes y durante dos días se defendieron como pudieron, fueron perseguidos y heridos, pero aún así lograron escapar hasta donde supuestamente los esperaban los dos hombres que se habían quedado al cuidado de los caballos, pero ambos habían sido asesinados por los yumas. Finalmente, malheridos como estaban padre e hijo pudieron llegar hasta California e informar a Neve de todo lo sucedido.

El comandante general de las Provincias Internas don Teodoro de Croix, tuvo información de los trágicos acontecimientos gracias a que el único soldado sobreviviente de la masacre por haberse ocultado, después de algún tiempo pudo escapar hasta el presidio más cercano en Sonora, de donde se le informó sobre el ataque64.

El 16 de septiembre de 1781 Croix despachó al teniente coronel Pedro Fages y al capitán Pedro Tueros, comandante del Real Presidio de Altar, en Sonora, con suficiente tropa rumbo al Colorado para castigar a los yumas rebeldes, aprehender a sus cabecillas y rescatar a las mujeres y niños que mantenían prisioneros. Salieron en la fecha ya indicada del Presidio de Pitic rumbo al norte noroeste, y Fages escribió un diario de la campaña del cual se han tomado los datos esenciales que enseguida se mencionan.

El viernes 21 de septiembre de 1781, a unos 120 Km. al N. del actual Hermosillo, dos mujeres y una niña a quienes los yumas las tenían de esclavas…65 fueron liberadas, participaron 22 soldados españoles y dos sargentos en el encuentro armado con los nativos, quienes se refugiaron en un mezquital cercano al río aprovechando la obscuridad de la noche. Cinco soldados resultaron heridos, y un número indeterminado de yumas muertos. Aunque Fages no es muy claro en su redacción, tal parece que estas mujeres eran nativas indígenas posiblemente de etnias enemigas que las tenían como esclavas. El domingo 23 de septiembre llegaron a Querobabi, donde estaba el real español, los soldados con las mujeres liberadas montadas en las grupas de sus caballos, y la cabellera y orejas de un nativo que se resistió a su captura.

El 18 de octubre llegó la expedición al río Colorado, pero poco antes un prisionero de los yumas llamado Miguel Romero llevó a Fages un mensaje del jefe Salvador Palma solicitando al comandante español dialogar sobre las condiciones del rescate que habría de pagarse para obtener la liberación de los rehenes. Se transcribe a continuación parte de lo registrado por Fages en su diario ese día:… en lo alto de un despeñadero había como 500 indios de arco, flecha, y lanza, y algunos de fusil, y muchos que iban, y venían de las rancherías inmediatas : Tratamos el rescate de los cautivos con dicho Palma; a trueque de bayeta, frezadas, abalorios, y cigarros, y se consiguió el de 48 entre hombres, mujeres, grandes, y chicos : Se les regaló 2 indios que pasaron á nuestra banda, algunas cajillas de cigarros, con quienes le enviamos al Capitán Palma, un sombrero mío apuntado y guarnecido de plata con su escarapela, con una camisa, y algunas cajillas de cigarros para tenerlos gratos; y él correspondió con algunos melones, sandías, calabazas, como 3 abundes de maíz, y otros 3 de yurímury: Se reconoció el sitio donde mataron al Capitán Rivera con algunos que le acompañaban, cuyos cuerpos ya se habían consumido ; pero no se dejó de conocer el del difunto Moncada por la quebradura que tenía en la espinilla de una pierna…66

El viernes 19 de octubre continuaron las negociaciones y se logró el rescate de 14 rehenes más, y se sepultaron los restos del capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada. Al siguiente día, indios aliados de los españoles, ayudados por éstos, atacaron a los yumas a quienes mataron 25 guerreros incluido un hijo de Palma llamado José67, sin que se registraran bajas en la tropa de Fages, y sólo un soldado de cuera fuera jareado.

El domingo 21 de octubre opinaron todos que convenía iniciar el regreso a la ranchería de pápagos de Sonoytac, y así se hizo. El viernes 26 de octubre Fages y algunos soldados subieron a la Tinaja Alta para calmar la sed, aunque las bestias no pudieron subir la estructura rocosa granítica en la que se almacena el agua de lluvia68; para el día 27 arribaron a Sonoytac y el jueves 1º de noviembre los rehenes liberados fueron enviados al presidio de Altar.

Descansadas las bestias y recabadas provisiones para el regreso al Colorado, Fages y su tropa, junto con el capitán Tueros, iniciaron el viaje de retorno el 23 de noviembre de 1781. El jueves 29 de noviembre cruzaron el vado de Bicuñer, y para el día 30, después de pasar por rancherías abandonadas en las que se proveyeron de algunos alimentos, estaban en Concepción. Poco antes, el capitán Tueros tuvo un encuentro con indios yumas a quienes mató cinco.

Por aquellos días, la tropa española tuvo esporádicos encuentros, frecuentemente nocturnos, con partidas de indios yumas a quienes causaron algunas muertes, sin sufrir ellos baja alguna, pero casi siempre hallaban las rancherías abandonadas y sin comida.

El viernes 7 de diciembre encontraron los restos de los padres Juan Díaz y José Matías Moreno en el poblado de San Pedro y San Pablo Bicuñer, los cuales fueron colocados provisionalmente en costales; los restos de los demás españoles que perecieron en el ataque fueron quemados, y sus cenizas guardadas en otros costales. En este día se dio otro encuentro armado con los yumas, pues encontrándose Fages y Tueros en las actividades mencionadas, llegó un jinete a matacaballo procedente del campamento español a informarles que el real se encontraba sitiado por los indios, acudieron a auxiliar a sus compañeros pero para entonces, media hora antes de su llegada ya los yumas habían huido, aunque al recibir el fuego graneado de los españoles del real dejaron algunos muertos en el campo

El lunes 10 de diciembre el capitán Tueros encontró en Concepción los restos de los padres Francisco Hermenegildo Garcés y Juan Barreneche, en el sitio en que fueron sepultados por una anciana yuma que estimaba a los misioneros, según una tradición. Fages dispuso que se colocara en un cajón de cigarros lo que quedaba de los cuerpos que habían encontrado en Bicuñer, y después se hizo lo mismo con los de los otros misioneros.

Después de haber recogido algunas reliquias de la iglesia, los oficiales de la expedición acordaron regresar a Sonora; el 26 de diciembre, desde San Juan de Mata, Fages despachó a la tropa presidial al Real Presidio de Altar al cargo del capitán Tueros, llevando los restos de los padres y cenizas de los vecinos muertos en el Colorado, y el 30 de diciembre de 1781 arribaron a la misión de Pitic, Caborca. En su diario, el comandante español afirma que al término de las negociaciones con los rebeldes yumas, no quedaron rehenes cautivas al haber sido todas liberadas69, aunque en un informe se menciona que quedaron 6 prisioneros.

Lugares relacionados con la campaña de Fages contra los yumas de 1781-1782

  1. Pitic.
  2. Querobabi.
  3. Altar.
  4. Caborca.
  5. Quitobac.
  6. Sonoytac.
  7. Tinajas Altas.
  8. Río Gila.
  9. Río Colorado.
  10. San Pedro y San Pablo Bicuñer.
  11. La Purísima Concepción. (Aparentemente esta misión estaba muy *cerca de lo que hoy es Los Algodones, en el extremo noreste del Valle de Mexicali, aunque no se ha *determinado con precisión el sitio en que se ubicaba)
  12. Mexicali.
  13. Ciénega de San Sebastián.
  14. Rumbo a San Gabriel.
  15. Rumbo a San Diego.
  16. San Diego.
  17. Laguna de Santa Olaya.
  18. Laguna Salada. El trayecto entre Sonoytac y Tinajas Altas forma parte del llamado “Camino del Diablo”, en donde se han encontrado numerosas tumbas de viajeros que murieron de sed.

En Pitic de Caborca tropa y bestias descansaron lo suficiente, Fages obtuvo la autorización del Comandante General Teodoro de Croix para viajar a San Gabriel, se recabaron las provisiones necesarias y en la tarde del 27 de febrero de 1782 salió hacia la referida misión al frente de 39 soldados. Los días 7 y 8 de marzo de 1782 estuvieron en el paraje Las Pozas de San Miguel, cerca de donde deberían establecer su real los capitanes Pedro Tueros y José Romeu cuando viajaran al Colorado para continuar la campaña contra los yumas. Allí, en un sitio convenido previamente, Fages dejó un recado a los oficiales españoles para que recogieran 5 bestias que estaban al caer y tuvo que dejarlas para que se repusieran probablemente en alguna ranchería cercana.

El 10 de marzo la pequeña tropa cruzó el vado de Bicuñer y para el día 26 del mismo mes, al frente de una avanzada de 8 hombres Fages se adelantó y llegó a la misión de San Gabriel. Ese mismo día el gobernador Felipe de Neve había salido rumbo a los establecimientos del Canal de Santa Bárbara, por lo que don Pedro le envió un correo que le informó de su llegada, el gobernador regresó sus pasos y se encontró con el teniente coronel, quien le entregó los pliegos que le enviaba el Comandante General. Después de platicar cuál sería el mejor proceder, ambos oficiales acordaron dejar la siguiente etapa de la campaña contra los yumas para el otoño, pues entonces los vados del Colorado estaban más bajos, además de otras consideraciones. En vista de lo anterior, el incansable Fages debió volver al gran río para comunicar la nueva disposición a los capitanes Tueros y Romeu, que allá se encontraban acampados muy cerca de Concepción, inició el viaje el 2 de abril de 1782 y llegó a su destino el 13 de ese mes. Enterados los capitanes españoles de que la campaña se posponía hasta septiembre, se dispusieron al regreso a Sonora, después de pasar varias horas disfrutando de la charla e intercambio de experiencias con sus amigos.

El 14 de abril Fages salió de regreso a San Gabriel, el viaje se inició sin encontrar gurreros yumas, pues sus rancherías habían sido abandonadas o incendiadas por ellos mismos, y el territorio se hallaba casi desierto. El 17 de abril, en la ranchería de San Sebastián se incorporó al contingente el jefe Pachula, quien acompañó a los españoles hasta San Gabriel. Cabe aclarar que al haber sabido Fages que corrían rumores de posibles actos de rebeldía por parte de los indios de rancherías cercanas a la misión de San Diego, decidió cruzar la sierra directamente a la referida misión, en lugar de seguir por la ruta establecida por Anza, hacia el norte, por el paso de San Carlos, y así poder intervenir con sus soldados en caso necesario El 20 de abril llegaron a San Diego sin encontrar novedad alguna, y de allí continuaron hacia el norte, arribando a la misión de San Gabriel el 25 de abril de 1782.

Pedro Fages

Conforme a lo acordado, a finales de agosto de 1782 salieron Neve y Fages rumbo al río Colorado al frente de un buen número de soldados, pero a los pocos días de marcha fueron alcanzados por un correo que les traía disposiciones superiores para su inmediata ejecución: Neve era ascendido a Inspector General de las Provincias Internas, y Fages era designado gobernador de la Alta California. Ambos coroneles se aprestaron a cumplir con lo ordenado y se despidieron para nunca volverse a ver; Fages se regresó para hacerse cargo del gobierno de la lejana provincia, y Neve continuó su camino hacia el cruce del Colorado. Cuando al frente de sus sesenta lanceros llegó a su primer destino, reunida su gente con 108 dragones y cerca de mil indios aliados bajo el mando del capitán José Romeu, Neve seguramente pensó que sería fácil arrasar a los yumas en una sola batalla, pero las realidades del desierto, inmenso y hostil, y la astucia de los nativos que nunca le presentaron una batalla frontal definitiva, obligó al coronel español a abandonar la campaña después de algunas escaramuzas en que únicamente se logró matar a algunos yumas e incendiar varias de sus rancherías. Neve siguió su camino a Sonora para cumplir con su nuevo cargo, y la ruta terrestre de la Nueva España a la Alta California quedó cerrada indefinidamente.

Un grave error cometido por los españoles fue creer en la fidelidad del jefe yuma Salvador Palma. Anza, además de los obsequios de que se ha hablado, lo había llevado a la ciudad de México porque así lo solicitó el capitán gentil70, allá lo presentó al virrey, acto en el cual Palma protestó vasallaje al monarca71, el 13 de febrero había sido bautizado, y poco después, él y otro indígena habían recibido la confirmación por Felipe de Barri; pero cuando se vino el levantamiento de su pueblo olvidó sus promesas de fidelidad, dio la espalda a los españoles y se unió a su gente, aunque se llegó a decir que cerca del final, cuando la oleada violenta de los yumas era imparable, trató en vano de salvar la vida de los misioneros.

La expedición que venía por Baja California al mando del teniente Zúñiga llegó a salvo a San Gabriel, e igual sucedió con las familias que traía desde el Colorado el sargento Robles. Los colonos fueron solemnemente recibidos por el gobernador, y poco después, el 4 de septiembre de 1781 se fundó el pueblo de Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula, que posteriormente se conocería simplemente como Los Ángeles, en cuya población inicial sólo había dos españoles y los demás eran mestizos, indios, mulatos y un chino.

Capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada

Como ya se ha mencionado, el capitán Rivera y Moncada nació en 1725 en Compostela, Nayarit, y tendría unos nueve años cuando murió su padre, don Cristóbal de Rivera y Mendoza; tal vez por esta razón, al tener que ayudar al mantenimiento de sus diez hermanos, se dio de alta en el ejército cuando tenía diecisiete años, habiendo servido en Loreto y Todos Santos. En 1750, a la muerte del capitán gobernador de Loreto don Bernardo Rodríguez de Larrea, por recomendación de los misioneros jesuitas, Rivera fue nombrado capitán gobernador de California por el conde de Revillagigedo, quien expresó en el nombramiento: …El padre visitador, los rectores y todos los misioneros, están de acuerdo en proponerme que don Fernando de Rivera y Moncada sea nombrado para la vacante. Él está calificado en todas las formas deseadas, principalmente por su conducta cristiana, su conocimiento de la tierra y los hábitos de los indios… Como sus reverencias lo desean, y en consideración a sus méritos estoy de acuerdo en nombrarlo Capitán, pensando que esto será para beneficio de sus majestades y en el avance de la cristiandad en estas islas de California…72.

Prestigiados historiadores de California se han referido de manera enfática al carácter intratable y propio de un demente del capitán Rivera y Moncada, a las fricciones constantes que tuvo con los misioneros franciscanos, y a un franco sentimiento de rencor o envidia que manifestó en sus relaciones con don Juan Bautista de Anza y Pedro Fages. Sin embargo, para que el lector pueda vitalizar un poco más los fríos datos biográficos del gran soldado y explorador, se relatan a continuación algunos hechos de su vida a los que poco se hace referencia.

Las acciones heroicas del capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada fueron muchas, pero el sólo hecho de haber conducido por primera vez, en 1768, un contingente de caballería, víveres y doscientas cabezas de ganado desde el Real de Santa Ana en el sur de la península hasta Vellicatá, y después a lo que hoy es San Diego, atravesando más de 1 200 Km. de un territorio en su mayor parte desconocido, por serranías y desiertos que aún hoy pueden ser trampas mortales para quienes se adentran en su terreno, lo hacen merecedor de la inmortalidad que a algunos confiere la historia.

Acumulando los viajes que realizó desde que acompañó a Consag y Link en sus exploraciones, junto con las jornadas entre San Diego y Vellicatá, Rivera cabalgó más de 5 000 km., sin considerar sus salidas al puerto de Monterrey, y los reclutamientos que llevó a cabo en Sonora y Sinaloa para llevar colonos de aquellas provincias a la Nueva California. El padre Juan Crespí, historiador de la expedición, dijo que los soldados de cuera73 de Rivera eran los mejores jinetes del mundo, y estaban entre quienes más justamente se ganaban el pan del augusto monarca a quien servían.

A principios de 1770, las confusas órdenes que José de Gálvez envió a Rivera y a Pedro Fages, se interpretaron de manera que éste quedó como comandante militar de Monterrey, y poco después como gobernador, mientras que el capitán, el único oficial nativo de la Nueva España en la expedición a la Nueva California, fue enviado a Loreto con su rango de Capitán, en tanto que Fages, de teniente pronto ascendió a capitán y años después fue promovido a teniente coronel. Quizá molesto por esta situación, ese mismo año de 1770 Rivera pidió su baja del ejército, y aunque el gobernador Barri no se la concedió, apeló al virrey quien se la otorgó en 1771.

Es posible que en ese momento, el capitán haya vislumbrado un cambio en su vida, buscando la tranquilidad en compañía de su familia, por lo que compró un rancho cerca de Guadalajara a donde se fue vivir con su esposa doña Teresa Dávalos y Patrón, y sus hijos Isabel, Juan Bautista, José Nicolás María y Luis Gonzaga Francisco Javier María; Juan Bautista, el primogénito, poco después profesó como sacerdote y ejerció su ministerio en el poblado de Magdalena, en el actual estado de Jalisco. La familia siguió junta hasta 1773, tiempo en el que fray Junípero Serra tuvo serias diferencias con el gobernador Pedro Fages, por lo que pidió su destitución y propuso al sargento Francisco Ortega para ocupar el puesto vacante; Bucareli aceptó quitar a Fages, pero en lugar de Ortega nombró gobernador al capitán Rivera y Moncada por ser de grado militar más alto.

Tal parece que a Rivera los negocios de la granja no le deben haber resultado como esperaba, por solicitó su reingreso al ejército con la única condición de que no se le destinara a California, pero fue precisamente allí a donde el virrey Bucareli lo asignó. Entonces viajó a la Alta California para ocupar su nuevo puesto, pero antes estuvo en Guadalajara, Nayarit, y Sinaloa, para reclutar colonos que quisieran ir a la lejana provincia, lo cual se ha mencionado antes. Rivera llegó a Loreto en marzo de 1774, y de allí cabalgó por cerca de 2 000 km. hasta Monterrey, a donde arribó el 23 de mayo del mismo año y ocupó el puesto de gobernador hasta el 3 de febrero de 1777, cuando fue substituido en el mando por Felipe de Neve.

Para tener idea de las muchas carencias que siempre afectaron la administración de Rivera por la falta de ayuda del gobierno virreinal, basta decir que, siendo gobernador, nunca recibió el salario que tenía asignado, y de hecho, en los últimos siete años de su vida, Rivera y Moncada no cobró su sueldo de 3 000 pesos anuales. En tan precarias condiciones económicas, su familia había subsistido únicamente por el apoyo de su hermano Ambrosio, quien se había hecho cargo de la educación de los hijos: Isabel en el Colegio de San Diego y Juan Bautista en el Seminario Diocesano, ambos en Guadalajara.

Con poco más de 50 soldados para proteger la extensa provincia, Rivera se resistió a acatar las órdenes del virrey y los deseos de Serra para que se fundaran nuevas misiones, lo que le atrajo la enemistad de los franciscanos. Ya se ha dicho que los días 4 y 5 de noviembre de 1775 hubo una rebelión de los indios en San Diego, en la cual perdió la vida el padre Luis Jayme y otros dos hombres, lo cual sucedió mientras el teniente Ortega y un grupo de soldados del presidio de San Diego se habían ido a colaborar en el establecimiento de la misión de San Juan Capistrano, hecho que da cierta validez a la postura de Rivera, al no apoyar la fundación de nuevas misiones por falta de tropa para su debida protección.

Se mencionó que Rivera fue excomulgado por el padre Vicente Fuster, debido a que el capitán sacó de su escondite en el almacén de la misión al indio Carlos, cabecilla en la rebelión de San Diego. Aunque Rivera se mortificó mucho por su excomunión74, insistió en aplicar castigos severos a los indios responsables del ataque, a lo cual se opuso Serra terminantemente para quien la culpa de los ataques indígenas debería recaer en el diablo; sin embargo, para Rivera y Moncada la percepción del problema era más objetiva dada su experiencia como soldado, y siempre estuvo convencido que la posibilidad de un ataque de los indios era muy real; por esta razón no quería distraer un solo hombre en la fundación de otras misiones. Sin embargo, tuvo que hacerlo por la insistencia de Serra y el propio virrey, quien en una carta a Rivera fechada el 25 de diciembre de 1776, le ordenó que estableciera las misiones de Santa Clara y San Juan Capistrano, y que dejara en libertad a los indios prisioneros. Además, como ya se mencionó, Bucareli ordenó a Don Felipe de Neve, gobernador de las Californias, que se fuera a residir a Monterrey, la nueva capital, y a Rivera lo nombró vicegobernador en Loreto.

Algunos historiadores han repetido como un hecho que Rivera y Moncada estaba loco, sin embargo, tal aserción resulta dudosa si se toman en cuenta, primero, las difíciles acciones que llevó a cabo el militar para reunir en la Nueva España, y después conducir hasta el cruce del Colorado, a los colonos que establecerían los primeros pueblos en la Alta California, lo que hubiera resultado muy difícil por no decir imposible ya no se diga para un demente, sino para cualquier otro oficial que no hubiera tenido la capacidad de Rivera; y segundo, lo registrado en el diario de Anza el día 15 de abril de 1776, referente a un breve encuentro que ambos oficiales tuvieron en el camino, cuando el teniente coronel viajaba de regreso a Sonora y el capitán Rivera hacia Monterrey, en donde expresa que no le reconoció la locura que se le atribuía al capitán, aunque sí “una gran reserva”75.

El 3 de febrero de 1777, Felipe de Neve asumió su puesto como gobernador de las Californias, conferenció con Rivera y Moncada dándole instrucciones sobre lo que haría en Loreto, y recibió del capitán informaciones importantes para el desempeño de su nuevo cargo; un mes después don Fernando viajó hacia el sur, escoltado por 6 soldados que lo acompañaron sólo hasta San Diego. En junio de 1781, el capitán Rivera y Moncada murió en la masacre de los yumas que ya se ha relatado, peleando hasta el final, pero ésta su última batalla dejó algunas preguntas que nunca se han podido contestar: ¿Por qué el capitán que siempre reconoció la peligrosidad de los indios californios, ordenó el regreso de casi toda la escolta que lo había acompañado desde Sonora y aparentemente subestimó el peligro que representaban los yumas76? ¿Por qué el capitán se dejó engañar por los nativos, que aparentemente penetraron al campamento fingiéndose amigos y luego atacaron a los soldados? Como dice López Urrutia, es muy fácil criticar a posteriori las operaciones militares, y sólo quien vivió el horror de la batalla podría contestar estas preguntas. Finalmente, aquí es necesario agregar que el Capitán Rivera podrá ser acusado de muchas cosas, pero nunca de cobardía o falto de honor.

Se ha dicho que a su muerte, Rivera y Moncada tenía 70 años de edad con base en un reporte hecho por Croix a Gálvez en 1781 y que dice: …Las cualidades del Capitán Don Fernando de Rivera y Moncada son constantes. Nadie podría haber sido mejor dotado para el desempeño de las comisiones que le he confiado a propuesta de su gobernador D. Felipe de Neve. Las fatigas de Rivera, hechas a los 70 años de edad con sus propias dificultades, justamente ameritan que lo recomiende a su Excelencia para que el rey se digne dispensarle las gracias y honores que puedan ser de su real deseo, así como el retiro que él solicita y por el que ruega tan pronto como concluya su mando y rinda los informes…77 Sin embargo esta edad no concuerda con la fecha en que ocupó su cargo en Loreto cuando cumplió 27 años en 1751. Lo más probable entonces es que Rivera haya muerto a los 57 años de edad. En 1825, el gobernador José Ma. De Echeandía propuso que se hiciera un monumento en honor del capitán Fernando Javier de Rivera y Moncada por los relevantes servicios que prestó en las dos Californias, pero su propuesta nunca fue atendida y hoy poco se recuerda al valeroso capitán.

La presencia cochimí en la Alta California

August Bernard Duhaut-Cilly, capitán del barco francés “Le Héros”, llegó en junio de 1838 a la Misión de Santa Bárbara, justo cuando se hacía la fiesta a San Juan Bautista, y uno de los espectáculos que el visitante europeo anotó en su diario como lo más llamativo, fue el del palo encebado y las competencias deportivas en que participaban los nativos locales de la etnia chumash, y un joven cochimí de Baja California. Para el marino francés, fue una muy grata sorpresa ver cómo el indígena del sur fue no sólo el único que pudo subir hasta el extremo del palo encebado y quedarse con los premios (ropa y comida), sino que con amplio margen derrotó a sus adversarios en las carreras y demás competencias; Duhaut-Cilly no pensó entonces que estaba viendo, quizá, al último peón indio emigrante, procedente de Baja California, que trabajaba en los campos agrícolas de las misiones franciscanas en Alta California78.

Cuando fray Junípero Serra y antes Rivera y Moncada llegaron en 1769 a San Diego, trajeron en la expedición a varias decenas de peones cochimíes que habían seleccionado en algunas de las misiones de la península; tenían que ser fuertes, dominar el español y otros idiomas de las etnias vecinas, tenían que conocer las técnicas de la agricultura de riego, saber construir canales y represos, y tener el instinto del explorador para orientarse en una frontera hostil y desconocida. José de Gálvez y Serra, los grandes promotores de la colonización de California, sabían que, teniendo su más cercana base de aprovisionamiento a cerca de 1 000 Km. de distancia, era cuestión de vida o muerte lograr la producción agrícola y pecuaria en el menor tiempo posible, con objeto de conseguir una relativa autosuficiencia en las misiones; esto implicaba que no podían darse el lujo de empezar a enseñarles a los nativos locales el idioma español y los elementos de la agricultura, sino que debían traer peones del sur con la experiencia necesaria para iniciar los cultivos del campo de inmediato, así como las labores de albañilería, talado de árboles, herrería, talabartería, arriería y demás quehaceres necesarios para la subsistencia de la misión.

Ciénega de San Sebastián, hoy “Harper´s Well”

Fue por esta razón que desde el siglo XVIII, se estableció el sistema de trabajadores migratorios que dejaban sus hogares y familias en las misiones de San Francisco de Borja y Santa Gertrudis, y se trasladaban hasta la nueva California para trabajar; lo negativo del caso es que el viaje no siempre era voluntario, y al llegar a su destino tenían que enfrentarse al hambre, la soledad y a los peligros de un medio desconocido. Fueron estos cochimíes los que plantaron los primeros granos, frutales y viñedos en la Alta California, y quienes formaron la vanguardia de zapadores y exploradores en las expediciones que se hicieron al puerto de Monterrey, y hubiera sido imposible plantar las veintiún misiones franciscanas sin el auxilio de estos peones importados del sur. Fue tan importante la mano de obra de los cochimíes para el progreso misionero en la Alta California, que Serra, en su viaje a México en febrero de 1773, planteó al Virrey Antonio María de Bucareli y Ursúa, la urgencia de mandar más peones peninsulares, y aunque esto no fue aceptado en principio, se siguieron llevando más trabajadores de sur a norte, aunque ahora la emigración era voluntaria y podían venir con sus familias. Este proceso se inició en 1769 y duró poco más de 30 años, cuando ya los nativos locales habían aprendido los oficios mencionados, aunque la emigración ocasional continuó79. Pero un papel tanto o más importante que el trabajo ya relatado tuvieron los cochimíes como exploradores, y como ejemplo está el caso de un indio llamado Sebastián Taraval, nombrado según costumbre de la época con los nombres de padres jesuitas, en este caso dos que se sucedieron en San Ignacio: Sebastián Sistiaga en 1728, y Segismundo Taraval en 1733; su historia se resume enseguida.

A mediados de junio de 1773 salieron diez familias y diez jóvenes solteros de Santa Gertrudis a San Luis Obispo, a donde llegaron el 21 de julio80 y de aquí continuaron su odisea rumbo a San Gabriel, a donde arribaron el 2 de octubre. Después de un breve descanso los padres los pusieron a hacer canales y represos, y a plantar maíz, trigo y frijol a lo largo del río Los Ángeles; vivían en chozas muy cerca de las barracas de los indios gabrielinos locales, con quienes no se entendían y llegaron a tener dificultades, además, estaban obligados a procurarse su comida; y a tal grado llegaron sus problemas que el padre Fermín Francisco Lazuen lo informó a sus superiores en el Colegio de San Fernando, pero no se hizo nada al respecto. Fue entonces que el cochimí Sebastián Taraval, su esposa y un joven que tal vez era su hermano, decidieron escapar de la misión. Sabían que, según la costumbre, los soldados saldrían a buscarlos y el castigo sería más que latigazos, por lo que tratando de evitar su encuentro, hicieron rumbo al este buscando una ruta segura hacia su hogar en Santa Gertrudis. Sin embargo, en el desierto del Colorado se perdieron y sólo sobrevivió Sebastián, quien fue rescatado en una ciénega que Anza bautizaría después como San Sebastián81, cerca de la hoy llamada Depresión Salton por indios amigos que lo cuidaron unos días, lo mandaron a los yumas82, y estos a Anza, que pasaría por el presido de Altar y tenía amistad con aquella tribu; fray Junípero Serra escribió sobre los hechos ocurridos lo siguiente: …Sucedió que una de esas dos familias de indios de California que…habían sido traídas a esta misión de San Diego y después fueron llevadas a San Gabriel, se escapó de esa misión, junto con otro indio de California, soltero. De los tres desertores, entonces dos indios y una india, el soltero y la mujer casada murieron de sed en el camino, y el que quedó, llamado Sebastián Taraval, de la Misión de Santa Gertrudis, llegó al presidio de El Altar83.

Juan Bautista Anza

Quien abrió la ruta para viajar de la Nueva España a la Alta California, *pasando el Río Colorado cerca de Yuma, y descendiendo a lo que hoy es el Valle de Mexicali, para luego subir por el oeste del actual Mar de Salton, seco en aquella época, ascender por la sierra y llegar a la Misión de San Gabriel Dibujo de una pintura al óleo atribuida a Fray Orsi en 1774. Tomado de la “History of California” de Z.S. Eldredge, 1915.

Anza incorporó a Sebastián como guía no oficial en la expedición mencionada en párrafos anteriores, para establecer una ruta de Sonora a Alta California. La columna salió de Tubac a Altar el 8 de enero de 1774, aquí se unió Taraval, siguió el “Camino del Diablo”, llegó el 8 de febrero al paso del Colorado, y luego se perdió en el desierto del Valle de Mexicali; fue entonces que tuvieron que regresar a la Laguna Santa Olaya, cerca del actual San Luis, R.C.. Después de un breve descanso, la expedición reinició el viaje a California, primero con el padre Garcés como guía, pasaron al sur del actual Mexicali, la Sierra Cucapá y la Laguna Salada, llegaron al pie de Jacumba, y poco después Taraval se tuvo que hacer cargo cuando el padre Garcés perdió la orientación; llevó al grupo por una ruta84 hacia el norte a la ciénega por la que había pasado, en la base oriental de las Montañas de Santa Rosa, sitio que Anza bautizó como San Sebastián en agradecimiento a Taraval85, aunque después se le llamaría “Harper’s Well”. Once días después, como se ha dicho, los expedicionarios conducidos por el californio llegaron a salvo al valle de los Ángeles, y ya oscureciendo, el 22 de marzo de 1774 entraron a la Misión de San Gabriel.

Poco después Taraval sirvió de guía al padre Garcés en su regreso al Colorado, y en mayo en su viaje a Tubac. El indispensable explorador acompañó nuevamente a Anza en 1775 en su segunda expedición hasta Concepción, cerca de la actual Yuma, y desde entonces fue guía y compañero del padre Garcés en sus numerosos viajes, siempre le fue fiel y más de una vez le salvó la vida. La última ocasión que Garcés menciona a Taraval es el 25 de julio de 1776, pero continuaron juntos hasta San Javier del Bac, hoy Tucson, (17 de septiembre, 1776); la salud del explorador cochimí se empezó a deteriorar, padecía del corazón, pero aún así siguió siendo el guía número uno del desierto, y es probable que en la masacre del Colorado en 1781 haya muerto en compañía de Garcés, aunque con certeza nada se sabe de su fin. En 1783, el Comandante de las Provincias Internas Felipe de Neve ordenó a Anza que ya no se ostentara más como el hombre que había abierto la ruta terrestre a California, porque tal honor correspondía a Sebastián Taraval, pero Neve murió en 1784 y el cochimí peregrino fue olvidado por gobernantes y cronistas de la época, hoy casi nunca se mencionan sus hazañas, y no hay una placa o un monumento que honren la memoria de aquel indio cochimí, que llegó a ser el mejor guía del desierto usando como únicos instrumentos las estrellas y el sol..

Breve relación de las acciones administrativas de Felipe de Neve, gobernador ejemplar.

El teniente coronel Felipe de Neve llegó a Monterrey el 3 de febrero de 1777 con el cargo de gobernador de las Californias, después de haber estado en Loreto por breve tiempo. En este lugar, había intentado introducir cambios que permitieran mejorar la crítica situación económica, como la supresión de las misiones poco pobladas, en beneficio de las que tenían más posibilidades de subsistir y una mayor población, sin embargo, el superior de los dominicos fray Vicente Mora no había estado de acuerdo argumentando razones bien fundamentadas. En la Alta California, Neve encontró una situación no sólo de carencias materiales, sino de indisciplina y corrupción, a lo que se tenía que agregar la rebeldía de muchos gentiles, que constantemente atacaban a correos y soldados, y robaban el ganado de la misión. Las tropas estaban mal vestidas y peor armadas, los caballos tenían mataduras y daño en los cascos, era necesario levantar muros, mejorar los cuarteles y corregir la disciplina. Los guarda-almacenes no sabían administrarse, y los primeros informes que el nuevo gobernante envió a Arizpe fueron devueltos por las inexactitudes en las cuentas; a esto habría que agregar la falta de mujeres en los nuevos poblados, lo cual causaba problemas con la población nativa. En junio de 1777, se registraron algunos intentos de rebelión cerca de San Juan Capistrano, los cuales fueron sofocados, pero en la investigación que se llevó a cabo por orden del teniente Ortega, de San Diego, el sargento Francisco Aguiar se dio cuenta que un capitán indígena proveía de mujeres a los soldados, algunas de las cuales eran casadas. Esta vez, el cacique corrupto fue castigado con quince azotes, y los dos soldados involucrados fueron enviados al presidio de San Diego. Las dificultades entre Neve y los franciscanos presididos por fray Junípero Serra, surgieron como consecuencia natural de las posturas ideológicas de ambos personajes: para Serra, era inaceptable cualquier negociación que limitara el logro de su fin primordial: evangelizar a los indios; para el gobernador, seguidor de los principios de José de Gálvez, las misiones, por importantes que fueran, se consideraban como un medio para ampliar las fronteras y proteger la provincia contra la ambición de potencias europeas. Algunas de las disposiciones con las que Neve trató de mejorar la administración fueron las siguientes:

  1. Se prohibió a la tropa que persiguiera a los neófitos hasta las rancherías en que buscaban refugio cuando escapaban de la misión, para evitar fricciones entre nativos y soldados.
  2. Dispuso que sus hombres se dedicaran exclusivamente a lo militar, por lo que ya no se ocuparían en hacer tejas y adobes para las misiones, ni a cuidar sus bestias.
  3. Con objeto de elaborar el censo que solicitaba Croix, pidió a los misioneros una lista de las personas y número de animales que había en cada misión, pero Serra no proporcionó los datos hasta que el gobernador estaba muriendo en 1784.
  4. Ordenó que se suspendiera la entrega de raciones dobles a los misioneros, lo cual era un privilegio que había caducado años atrás.
  5. Neve intentó aplicar la ley, para que los indios pudieran elegir a sus alcaldes y para que no se les azotara, Serra rechazó la medida, y aunque después convino en que los nativos podían nombrar al que llevaría el bastón de mando, se reservó el derecho para que los misioneros dieran la orientación necesaria a los jefes indígenas para ejercer su autoridad.

En 1778, el gobernador exigió a Serra que le mostrara la autorización papal para hacer confirmaciones, a lo cual se negó el franciscano alegando que la había enviado a Arizpe; Neve se basaba en que el rey era, por ley, el jefe de la iglesia en todo asunto que no tuviera relación con la fe o la moral, y como representante del monarca se sentía con derecho a solicitar el documento. Croix tuvo que apoyar a Serra, y lo más que pudo hacer Neve fue suspender la escolta que acompañaba a los misioneros cuando salían a confirmar. La salud del gobernante siempre fue precaria, pero aún así, después de que le fue rechazada una solicitud de licencia para estar con su familia, a la cual no veía desde hacía trece años, tuvo la energía para elaborar un extraordinario reglamento y proyecto administrativo que se hizo efectivo el primero de enero de 1781; estas disposiciones se mantuvieron vigentes hasta 1848, y todavía después, el gobierno norteamericano siguió aplicando algunas de ellas. En el último capítulo, Neve propuso que se establecieran misiones al interior de la provincia, en lo que es el valle de San Joaquín, lo cual hubiera afianzado el dominio español sobre la región.Ya se ha dicho que después de la masacre del Colorado, Neve llegó al lugar al frente de 60 lanceros, a los que se sumaron fuerzas españolas y aliados indios que lo esperaban, pero nunca pudo enfrentar en una batalla decisiva a los yumas, por lo que abandonó la campaña. En febrero de 1783 substituyó a Croix en la Comandancia General de las Provincias Internas, poco después se le ascendió a brigadier y fue condecorado por Carlos III. El 21 de agosto de 1784, Felipe de Neve murió en Chihuahua, y una semana después, fray Junípero Serra, en Carmel, Alta California. Neve es considerado el fundador de Los Ángeles, además de que contribuyó al establecimiento de las misiones de Santa Bárbara y San José. Este gran gobernante, legislador y colonizador, poco después de realizar una campaña contra los indios en Chihuahua, murió en esa provincia el 21 de agosto de 1784 en la Hacienda de Nuestra Señora del Carmen de Peña Blanca.

La obra misionera de los franciscanos

La tarea de los franciscanos en la península fue muy breve, mientras que en la Nueva California continuó por décadas, y puede decirse que cumplieron de momento con los dos objetivos que el gobierno español les asignó en el sentido de evangelizar a los nativos y colonizar todo el territorio para impedir la intromisión extranjera, aunque esto último no se daría cabalmente. Contrario a lo anterior, en esta época los colonos ingleses en el otro lado del continente se rebelaban contra el Imperio Británico, entre otras razones, para escapar de la centralización y absolutismo de una iglesia establecida y a las restricciones de una economía mercantilista. La california de los franciscanos y las colonias rebeldes del este norteamericano fueron por un tiempo dos polos opuestos en lo que a desarrollo social y político se refiere. Comparando la labor de franciscanos y jesuitas realizada en las Californias, se pueden hacer las siguientes consideraciones: Sin tomar en cuenta San Bruno, los jesuitas fundaron 20 misiones en 70 años de trabajo misionero en la Baja California, de las cuales quedaban funcionando 14 a su salida de la península, en tanto que los franciscanos levantaron en la Alta California 21 centros religiosos en 54 años, todos los cuales perduran. No se incluyen San Pedro y San Pablo Bicuñer y La Purísima Concepción de María Santísima, porque muy pronto fueron destruidas por los yumas.

Los jesuitas se enfrentaron a las conspiraciones, asesinatos y rebeliones de los indígenas sobre todo en el sur de la península, mientras que en la Nueva California los principales ataques de los nativos se hicieron a San Diego al inicio de la etapa franciscana, no considerando la masacre de los yumas. En la Antigua California se tenía que luchar contra las sequías y un proceso de desertización que aún continúa, por lo que las misiones se establecían en oasis, aisladas en el desierto o cerca de pequeños manantiales o arroyos, mientras que los establecimientos franciscanos estaban rodeados de muchos kilómetros cuadrados de praderas y bosques, con ríos y lagunas que permitían el riego de siembras de maíz y trigo entre otros granos, y de huertos y jardines.

Los miembros de la Compañía de Jesús hicieron la mayor parte de su obra en el sur con limosnas de particulares, los recursos propios de la orden y en forma descontinuada y reducida con ayudas del gobierno, en tanto que los fernandinos recibieron siempre la aportación del erario virreinal. Desde Juan María Salvatierra hasta el padre Benito Ducrue, quien presidía las misiones peninsulares cuando fueron expulsados los jesuitas, éstos tuvieron sobre el capitán gobernador en turno no sólo la autoridad conferida por la corona, sino una relación cordial y de colaboración mutua; mientras que el padre fray Junípero Serra tuvo constantes enfrentamientos con el gobernador de la Alta California, quien rehusaba someterse al mandato de los religiosos; puede decirse que mientras los jesuitas gobernaron favorecidos por un régimen de excepción, los franciscanos chocaron con los gobernadores militares que tendían a la secularización de las misiones y al reparto de tierras misionales entre indios y civiles. Los misioneros de ambas órdenes emplearon los latigazos como castigo contra los indios, pero mientras que el gobernador Fages denunció a los franciscanos ante el virrey por su crueldad en el trato que daban a los nativos; los jesuitas intervenían ordinariamente para reducir el número de azotes que se darían a los delincuentes.

Las misiones que levantaron los franciscanos son todavía hermosos edificios rodeados, como se ha dicho, de huertos y jardines, cercanos actualmente a algunas de las ciudades más importantes del estado de California, como San Francisco y San Diego. Esta última es un ejemplo de la prosperidad que llegaron a alcanzar estas misiones, pues antes de que empezara su declinación en 1824, llegó a tener 20 000 borregos, 10 000 cabezas de ganado vacuno y 1 250 caballos. Las que se plantaron en la Baja California fueron, algunas, construcciones masivas que todavía se yerguen como fortalezas solitarias en los desiertos peninsulares, como la de Santa Gertrudis y San Francisco de Borja, ambas concluidas por los dominicos; o hermosas obras de estilo barroco en las márgenes de bellos oasis o modestos arroyos como la de San Francisco Javier en Viggé- Biaundó. Finalmente, con toda justicia, el busto de José Miguel Serra Ferrer, o fray Junípero, se encuentra en el salón de la fama del Capitolio en Washington, seleccionado como hijo predilecto del estado de California, en merecida memoria de su heroísmo y fortaleza como misionero; además de que el 25 de septiembre de 1988 fue beatificado por el papa Juan Pablo II; por otra parte, los nombres de los jesuitas Juan María de Salvatierra, Juan de Ugarte, Píccolo, Consag, Taraval o Link son casi desconocidos por el pueblo de Baja California y de sus gobernantes. Una relación de los misioneros franciscanos que estuvieron en Baja California aparece en el apéndice III de esta obra.

Misión de Santa Bárbara, fundada por los franciscanos en 1786


  1. En el siglo XVIII los rusos cazadores de nutrias no sólo fueron factor importante en la extinción de estos mamíferos en las costas de Alaska, sino que llegaron a realizar ataques de exterminio, o en el mejor de los casos para obtener esclavos, sobre los grupos de nativos aleutianos, principalmente la etnia unangan. ↩︎

  2. El Real de Santa Ana era un poblado minero en el que el ex soldado Manuel de Ocio explotaba la plata. La producción nunca fue importante. ↩︎

  3. En oposición a las ideas de muchos funcionarios del gobierno de aquella época, en el proyecto político elaborado por Gálvez para las Californias se contempló, primero, una apertura general del sistema misional que rompería con el aislamiento que había sido favorecido por los jesuitas en las comunidades y en el gobierno de California; segundo, un tratamiento prácticamente igual a indios y colonos españoles en la posesión de la tierra y su trabajo; y tercero, la supeditación definitiva del poder de los misioneros al poder civil y militar de la provincia. Es cierto que muchos de los planes del visitador estaban condenados al fracaso por su carácter utópico, pero en buena parte, ese fracaso también se debió a las acciones de oposición sistemática y organizada que los misioneros y sectores del propio gobierno siempre mostraron hacia las medidas que pretendía implantar el visitador real. ↩︎

  4. Para José de Gálvez los indios de la península no eran un problema religioso o moral, sino económico, por lo que pretendía convertir a cada nativo en una persona económicamente productiva e independiente, lo cual lograría con una gran reforma agraria que en parte contemplaba el trabajo colectivo de la tierra, la educación accesible a todos, y a través de la práctica bien organizada de actividades como la pesca. Desgraciadamente, la pobreza de la tierra y del erario público, algunas situaciones que impidieron la aplicación del poco dinero destinado por el gobierno a inversiones en la antigua California, y el propio interés del visitador centrado en la colonización de la Alta California, fueron factores que impidieron la grandiosa transformación que se pretendía lograr en la península. Por otra parte, con el fin de resolver problemas de salubridad en algunas misiones, o por razones de economía al ser muy reducida la población indígena, o para ayudar a los franciscanos de la Alta California que necesitaban mano de obra eficiente en la agricultura y la construcción, Gálvez movilizó a la población indígena en obligadas emigraciones, no sólo alejando a muchos nativos de su terruño, sino en ocasiones también separando a los padres de sus hijos y de sus mujeres, lo cual llegó a tener consecuencias negativas para el desarrollo de aquella población. ↩︎

  5. Del Río, Ignacio, Autoritarismo y locura en el noroeste novohispano, p. 114. ↩︎

  6. En realidad, Gálvez debe haber aprovechado la experiencia y tradición de los marineros y pescadores de la región. ↩︎

  7. Algunos de los desvaríos del visitador consistían en creerse y actuar como si fuera el rey de Prusia o San José, y proyectar traer monos de Guatemala para usarlos en la guerra contra los indios rebeldes. Detalles sobre la pérdida de la razón de don José pueden encontrarse en la obra de Ignacio del Río ya citada, y en el libro de Herbert Ingram Priestley “José de Gálvez, Visitor- General of New Spain”; Philadelphia, Porcupine Press, 1980. ↩︎

  8. Palou, Francisco. Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junípero Serra y de las misiones que fundó en la California Septentrional…Edit. Porrúa, México, 1990, p. 53. ↩︎

  9. La Cieneguilla o Valle de la Rinconada se encuentra aproximadamente a 30° 34’ N. y a 115° 20 L.O., las montañas por el oeste alcanzan alturas de 1 000 m., por el este llegan a más de 1 100 m., el acceso es por veredas provenientes del sur. ↩︎

  10. El arroyo de Los Mártires así nombrado por el padre Linck, con rumbo suroeste por el norte y el San Juan de Dios hacia el oeste por el sur se unen como a los 30º 8´ N. para formar el arroyo El Rosario, que desemboca apenas al norte de los 30 grados en el Océano Pacífico. ↩︎

  11. San Isidoro de Sevilla se festeja el 4 de abril, el 26 de abril y el 22 de diciembre. El paraje con ese nombre se encuentra en Baja California apenas arriba de los 30º 45´ N., y 115º 32´ W., y en él encontró Crespí una ranchería con casitas muy bien hechas cercanas a un arroyo, álamos y sauces. ↩︎

  12. Bolton, Herbert Eugene. Fray Juan Crespi, Missionary Explorer on the Pacific Coast. 1769-1774. University of California Press, Berkeley, California, 1927, p. 75. ↩︎

  13. San Antonio de los Murillo es el nombre de un rancho entre San Isidoro al sur y Valladares al norte, a distancias de unos ocho o diez kilómetros uno del otro. ↩︎

  14. Bolton, *Fray Juan…*op.cit., p. 82. ↩︎

  15. Cabe aclarar que se explica la presencia del sargento Ortega con Crespí en Santo Tomás porque, aunque inicialmente venía con Portolá, éste le ordenó adelantarse a San Diego por lo que alcanzó al contingente de Rivera y Crespí. ↩︎

  16. Bolton, Herbert Eugene. Fray Juan Crespi, Missionary Explorer on the Pacific Coast. 1769-1774. University of California Press, Berkeley, California, 1927; pp. 92-95. ↩︎

  17. Bernabéu Albert, Salvador. Por tierra nada conocida. Diario inédito de José de Cañizares a la Alta California (1769). Registro del día 25 de abril. (Versión en línea). ↩︎

  18. Canizares afirma en su diario que …habiendo llegado a la playa vi una isla…,lo que esta en desacuerdo con lo afirmado por Crespí, quien señala que el piloto contempló la bahía desde lo alto, lo que implica no haber llegado a la playa, versión que parece ser la correcta, dada la distancia que habrían tenido que cubrir desde donde estaban hasta Todos Santos. ↩︎

  19. Crespí señala en su diario que el aguaje estaba en un lugar hondo, al que no se tenía fácil acceso, y La Hierba Buena, cuando menos en la actualidad, sí es accesible a personas y animales, por lo que podría tratarse de otro aguaje que está a unos 1500 m. al noroeste y que en aquella época pudo tener esas características, el cual actualmente es un pozo para la casa del rancho. ↩︎

  20. Bernabéu, Op.cit., p. 16, nota 104. ↩︎

  21. Bolton, Fray Juan Crespí, Missionary… op.cit., p. 99. ↩︎

  22. Es probable que hayan sido pieles de nutrias de mar, que durante mucho tiempo abundaron en estas costas. ↩︎

  23. Bernabéu, op.cit., p. 17, registro correspondiente al día 6 de mayo. ↩︎

  24. Originalmente, esta misión se inició en un paraje llamado El Encino por el entonces gobernador Pedro Fages, unos 12 Km. al sur del actual arroyo La Misión, pero se tuvo que cambiar a este sitio por haberse cegado los manantiales que alimentaban el arroyo. Niesser, Albert Bertrand; Las fundaciones misionales dominicas en Baja California, 1769-1882. 1998, UABC. ↩︎

  25. Ibíd., pp. 236-237. ↩︎

  26. Abréu, op. cit., p. 18, registro del día 10 de mayo de 1769. ↩︎

  27. Bolton, op. cit., p. 111. ↩︎

  28. Abréu, op. cit., p. 19, registro del día 13 de mayo de 1769. ↩︎

  29. Deben haber contemplado de lejos lo que es el humedal del río Tijuana muy cerca del mar. ↩︎

  30. Palou, Francisco. Vida de Fray Junípero Serra (Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junípero Serra…), México, 1990, Edit. Porrúa, S.A., p. 54. ↩︎

  31. Ibíd., p. 55. ↩︎

  32. Fr. Miguel de la Campa y Cos era residente de la misión de San Ignacio, desde donde acompañó a Serra hasta Vellicatá. ↩︎

  33. Palou, Vida de…, op. cit., p. 57. ↩︎

  34. Ibíd., p. 58. ↩︎

  35. Vila, Vicente; “The Portolá Expedition of 1769-1770. Diary of Vicente Vila, Edit. Robert Selden Rose, Academy of Pacific Coast History, Vol. II, University of California”, Berkeley, California, 1911; p. 92. ↩︎

  36. Palou, Op. cit., p. 61. ↩︎

  37. Historia de la Alta California; 1970. Pablo L. Martínez, p. 194. Ángela Cano Sánchez, Neus Escandell Tur, Elena Mampel González. Gaspar de Portolá. Crónicas del descubrimiento de la Alta California, 1769. Publicacions i Edicions de la Universitat de Barcelona, Barcelona, 1984, pp. 201-213. ↩︎

  38. La pregunta que muchos historiadores se hacen es la siguiente: ¿Por qué razón Portolá no se dio cuenta de la ventaja que se hubiera tenido al fundar un puerto en ese lugar? La bahía era gigantesca, abrigada, había abundante agua potable y bosques de pino colorado, sin embargo, tal parece que pesó más que la lógica la disciplina y el acatamiento a las órdenes de Gálvez. ↩︎

  39. El diario de Constanzó se publicó como Diario histórico de los viajes de mar y tierra hechos al norte de la California. México; Ediciones Chimalistac; 1950. ↩︎

  40. Palou, op. cit., p. 70. ↩︎

  41. López Urrutia, Op.cit., Cap. III. ↩︎

  42. Relación histórica de la vida y apostólicas tareas del venerable padre Fray Junípero Serra. Fray Francisco Palou, Edit. Porrúa, S.A., 1990, p. 124. ↩︎

  43. Palou, Op.cit., p. 125. Carlos López Urrutia, en “El Real Ejército de California”, capítulo III, dice que el ataque fue el 5 de noviembre, mientras que Richard L. Carrico, en “The Journal of San Diego History”, Vol. 43, No. 3, del verano de 1997, afirma que fue después de la media noche, el 5 de noviembre de 1775. ↩︎

  44. Melijó estaba cerca de lo que hoy es Playas de Tijuana. ↩︎

  45. Otay estaba al noreste de lo que hoy es Tijuana. ↩︎

  46. La Punta estaba en la boca del río Otay, al sur de la bahía de San Diego. ↩︎

  47. Cuyamaca se encuentra al este de San Diego. ↩︎

  48. Eran tres soldados y un cabo. ↩︎

  49. Los dos muchachos eran uno, hijo y el otro sobrino del teniente al mando del presidio. ↩︎

  50. El padre Font criticó severamente a Rivera y Moncada por lo sucedido en San Diego, acusándolo prácticamente de negligencia, al expresar: Mientras que el señor Rivera estaba en el presidio comiendo la poca comida que tenían los padres y agraviándolos con la falta de respeto con que los trataba Cita de “Time of the Bells. The Test by Fire”. San Diego Historical Society, Cap. III; a la que podría agregarse que tan radical opinión bien pudo deberse a la animadversión que siempre hubo entre el capitán y los franciscanos. ↩︎

  51. Los soldados capturaban de vez en cuando a algunos de los cabecillas del ataque a San Diego y eran castigados con 50 latigazos, o ejecutados, pero Carlos eludió a sus perseguidores durante varios meses, hasta que finalmente se entregó y buscó asilo en la misión. Cuando los misioneros se negaron a entregarlo, Rivera, con su espada desenvainada penetró al refugio y se apoderó del fugitivo; poco después el Capitán devolvió al prisionero con los misioneros, y éstos a su vez lo entregaron formalmente a la autoridad militar. Lo sucedido después al indio Carlos se desconoce. ↩︎

  52. El Real Presidio de Tubac se encontraba en la Provincia de Sonora, pero actualmente se ubicaría en el estado norteamericano de Arizona. ↩︎

  53. Todo hace suponer que éste fue el primer cruce del río Colorado hacia California por un hombre blanco.. ↩︎

  54. En sus dos viajes, después de vadear el Colorado, Anza llegó hasta el sur de lo que hoy es Mexicali, siguió por el norte de la Laguna Salada y ascendió a las montañas que forman la Sierra Nevada de California. ↩︎

  55. Hay discrepancias sobre la fecha de la fundación de la misión de San Francisco, aunque el propio Francisco Palou es muy claro al expresar en su “Vida de Fray Junípero Serra”, p. 147, Edit. Porrúa S.A., 1990, lo siguiente: …viendo que no venía la orden del comandante Rivera para la fundación de la misión de nuestro padre San Francisco, resolvieron se pasase a tomar posesión y a dar principio a ella, como se ejecutó el día 9 de octubre. Por su parte, don Pablo L. Martínez, en la p. 250 de su “Historia de la Alta California” señala: El 17 de septiembre de 1776 se declaró establecido el presidio y el 9 de octubre siguiente se consagró la misión… ↩︎

  56. El inicio del período de gobierno generalmente corresponde a la toma efectiva de posesión del puesto de gobernador. ↩︎

  57. Consúltese el apéndice 1, Evolución Política de las Californias, 1776, 22 de agosto. ↩︎

  58. Otras fuentes (A.G.N., Guía General: Provincias Internas) mencionan los siguientes territorios establecidos por la Real Orden de agosto: California, Sonora, Nueva Vizcaya, Nuevo México, Tejas, Coahuila, Nuevo Reino de León, Nayarit, Culiacán y Nuevo Santander. La confusión parece provenir por las provincias que después se agregaron, el que se hayan dividido más adelante en Internas y Externas, y en el cambio de Las Californias, Nuevo León y el Sur de Nuevo Santander a una dependencia del virrey a principios del siglo XIX. Donald E. Chipman, de la Universidad de Tejas, señala que fue en mayo de 1776 cuando el rey autorizó las Provincias Internas, que incluían: Tejas, Coahuila, Nueva Vizcaya, Nuevo México, Sonora, Sinaloa y las dos Californias. (“Spanish Texas, 1519-1821. Austin, University of Texas Press”, 1992.). ↩︎

  59. Hay discrepancias entre diversos autores sobre la ubicación de las dos misiones, lo cual se debe no sólo a su corta duración, sino a que las construcciones eran principalmente de madera y fueron consumidas por el fuego. Pablo L. Martínez dice en la p. 258 de su libro Historia de la Alta California, 1542-1945, Edit. Baja California, 1970, que …[los poblados] se fincaron, uno en la confluencia de ambos ríos con el nombre de La Purísima Concepción, y otro un poco más abajo con denominación de San Pedro y San Pablo…, de lo que se inferiría que Bicuñer estaba al sur de Concepción; Richard F. Pourade escribió en “Time of the Bells”, en el capítulo “Death on a River”, …La Purísima Concepción en el sitio del antiguo Fuerte Yuma, fue fundada en 1780, y poco después, el pueblo de San Pedro y San Pablo Bicuñer fue comenzado ocho millas al suroeste…, coincidiendo con P. L. Martínez en que Bicuñer estaba al sur de Concepción; Carlos López Urrutia en El Real Ejército de California señala en el capítulo IV que…*Fueron éstas Purísima Concepción en la ribera sur de la confluencia del Gila con el Colorado y San Pedro y San Pablo Vicuñer unos 20 kilómetros más al norte en la ribera oeste del río…*Por su parte, don Pedro Fagés en su diario de campaña contra los yumas, en la última página (232) del libro “The Colorado River campaign, 1781-1782; diary of Pedro Fages”, cuando se refiere a su viaje a San Gabriel dice: …A la misión de San Gabriel 9 leguas. Distancia de La Concepción 100 1/2 leguas, lo que implica que el último punto de procedencia es Concepción, y que Bicuñer quedaba antes, o sea al norte. Otros registros, como los del 29 y 30 de noviembre de 1781, y el correspondiente al 13 de abril de 1782, demuestran claramente que Bicuñer estaba al norte de Concepción. ↩︎

  60. Martínez, Pablo L., Historia de la Alta California, P. 261, Op. cit.. ↩︎

  61. Casado con doña Ygnacia Lugo, llegó a procrear 13 hijos, algunos de los cuales forman parte de la historia de las Californias, como Santiago, de quien se habla más adelante. ↩︎

  62. López Urrutia afirma que al amanecer. El Real Ejército de California, capítulo IV, Carlos López Urrutia. ↩︎

  63. En carta fechada el 21 de Dic. de 1786 en Altar, dirigida por la sobreviviente de la masacre María Ana Montielo al padre Fco. Antonio Barbastro, se dice que Garcés y Barreneche casi habían escapado de los yumas al esconderse en la casa de un indio amigo cuando fueron descubiertos y asesinados el 21 de julio de 1781, y fue este indio quien enterró los cuerpos según algunas versiones (“Desert Documentary; Kieran McCarty, Ariz. Hist. Soc.”, 1976), aunque otras, como el diario de Fages sobre la campaña, señala que fue una india la autora de la piadosa acción. Tal parece que el nativo que menciona Montielo era el esposo de la mujer que señala Fages en su diario. ↩︎

  64. Este soldado fue puesto en prisión por un tiempo. Palou, Op.cit., pp. 169 y 170. ↩︎

  65. "The Colorado River campaign, 1781-1782; diary of Pedro Fages". autor: Fages, Pedro; editor Priestley, Herbert Ingram, Berkeley, University of California, 1913 ↩︎

  66. Ibíd., p. 152. ↩︎

  67. Ibíd., p. 156. ↩︎

  68. Las “Tinajas Altas” son depósitos naturales de roca granítica en los que se almacena el gua de la lluvia en cantidades considerables, pero para llegar a ellas es necesario ascender ayudándose de pies y manos. ↩︎

  69. Ibíd., p. 192. Algunos autores señalan que los cautivos liberados fueron 74, lo que discreparía de lo registrado por Fages en su diario, en donde se mencionan 72 en total, sin contar “dos cautivas y una criaturita” que las tenían como esclavas, pero que aparentemente eran gentiles de otras etnias enemigas de los yumas. Lo anterior corresponde al registro del día 21 de septiembre de 1781, en la p. 138 de la edición ya citada de Priestley. ↩︎

  70. Cuestionario presentado al capitán Palma, que ha pedido el bautismo, y respuestas dadas. Editor Colecciones Mexicanas. Autor no aparece. Biblioteca Nacional de México, Colección Archivo Franciscano. (4/81,4, f. 11-13). No. de ficha 327. ↩︎

  71. Representación que el capitán Salvador Palma hace al virrey pidiéndole autorice el bautismo para él y los suyos: 12 de noviembre de 1776. Bibl. Nacional de México, Colec. Archivo Franciscano. (4/81.3, f. 6-10v.) ↩︎

  72. “Antigua California, Misión and Colony on the Peninsular Frontier, 1697-1768”; “University of New Mexico Press”, 1994; Harry W. Crosby, p. 331. ↩︎

  73. Los soldados de cuera se diferenciaban de las tropas regulares por tener su propio reglamento, eran soldados casi siempre con experiencia en la región de Baja California, a cuyas difíciles condiciones ambientales estaban acostumbrados; además del mosquete, pistola y sable con que estaba equipado el soldado regular español, el soldado de cuera llevaba lanza, escudo y una armadura de cuero; además, el reglamento de 1729 decía que cada soldado de la compañía presidial dispondría de seis caballos y una mula, a diferencia del dragón español que disponía de dos caballos. ↩︎

  74. “Javier de Rivera y Moncada, Military Commander of both Californias in the Light of his Diary and Other Contemporary Documents”; Ernest J. Burrus; p. 683. ↩︎

  75. Diario del Teniente Coronel Don Juan Bautista de Anza de su expedición colonizadora (del 23 de octubre al uno de junio de 1776). Transcripción de su original que se encuentra en el Archivo General de la Nación en la Ciudad de México. ↩︎

  76. El historiador Richard F. Pourade, en “Death on a River”, publicado por la “San Diego Historical Society” en su serie “Time of the Bells”, afirma que el padre franciscano Juan Domingo de Arricivita escribió el siguiente reporte para sus superiores, refiriéndose a los últimos momentos de Rivera: …Hizo una especie de trinchera y aprestó sus soldados y sus armas para el combate, y en la mañana del 18 una multitud de yumas lo asaltaron …Fueron recibidos por los soldados a caballo con una descarga de sus armas que tuvo completo efecto, matando a muchos pero como la muchedumbre era muy grande, después de la descarga se abalanzaron sobre los caballos y los inutilizaron a golpes, y al caer los jinetes se lanzaron sobre ellos, y así mataron a algunos. Por esta razón el resto se reunió en la trinchera, pero ésta les proporcionó poco abrigo y no los protegió, y aunque se defendieron vigorosamente, causando muchas pérdidas a los yumas, arrollados por las multitudes, todos fueron muertos. Así terminó el capitán que manifiestamente subestimó a los indios, y cuyo descuido y confianza lo entregaron en sus manos, pues si hubiera tenido una guardia adecuada, su audacia los hubiera castigado, y su triste destino es prueba clara de que la destrucción de los pueblos no hubiera ocurrido de haber tomado las medidas que la gente de experiencia propuso… ↩︎

  77. Provincia de California, Reporte de Croix de 1781, p. 238. ↩︎

  78. “Duhaut-Cilly’s Account of California in the Years 1827-28”; “Calif. Hist. Society Quarterly 8”, 1929, p. 329. ↩︎

  79. La emigración voluntaria o forzosa de nativos principalmente cochimíes a la Alta California, continuó todavía bien entrado el siglo XIX, pues Hayes relata que …el padre Feliz, refiriéndose a Félix Caballero, mandó a diez muchachos de El Descanso y diez de Santa Catarina…a trabajar a Los Ángeles como vaqueros y en otros empleos. Allí trabajó para don Dolores Sepúlveda…“Pioneer Notes from the Diaries of Judge Benjamín Hayes. 1849-1875; Text by the McBride Printiing Company; 1929”, Los Ángeles, California; p. 298. ↩︎

  80. “Palou’s Memoirs”; Herbert Bolton Ed., I, pp. 298-303. ↩︎

  81. Los norteamericanos cambiaron el nombre a la Ciénega de San Sebastián por “Harper´s Well”, como hoy se le conoce. Se encuentra muy cerca de la Depresión Salton, a los 33.09616º N. y 115.90611º W.. ↩︎

  82. No se sabe si Taraval llegó sólo o fue llevado a territorio yuma, y luego a Altar. ↩︎

  83. Sebastián Taraval, el Peregrino. “Indian Guide and Route Finder in Early California”; Walt Wheelock. ↩︎

  84. Antes de la llegada de los europeos a Baja California no había caminos establecidos, pero sí existían veredas bien definidas que los integrantes de aquellas etnias recorrían en frecuentes movimientos en busca de alimentos, o por otras razones, como la búsqueda de agua, de una doncella para casarse, o para intercambiar algún objeto en rancherías distantes. ↩︎

  85. “Historic Spots in California”; Mildred Hoover, Hero y Ethel Rensch; Stanford University Press, 1966, p. 107. ↩︎