…Que las mujeres y los niños traigan almendras de jojoba y tedeguá, y que llenen las bateas con harina de asigandú1, las pitahayas más dulces serán para el guama y los recién casados, destazaremos el venado con nuestros cuchillos de piedra para que todos coman su carne pasada por las brasas, y nos divertiremos compitiendo en las carreras y la lucha, luego bailaremos hasta cansarnos mientras el guama relata sus historias y los viejos fuman su tabaco silvestre…2
La percepción europea 3. Distribución de las etnias
Entre quienes escribieron primero sobre los aborígenes peninsulares están los jesuitas, que llegaron a Baja California a cumplir con su objetivo esencial de evangelizar a los gentiles y asimilarlos a la cultura española. Cierto que antes, los marinos y militares enviados por Cortés que tuvieron el primer contacto con los californios del sur dieron su versión de lo que habían visto, pero es en las cartas, informes y diarios que escribieron los misioneros donde se encuentran las primeras descripciones detalladas de los nativos, en ocasiones distorsionadas por el sentimiento religioso propio de la época, exaltando siempre su obra y reduciendo al mínimo el valor de la cultura recién descubierta.

Indios cucapás, fines del siglo XIX
No debe sorprender que una buena dosis de fantasía se encuentre frecuentemente en las narraciones que se hicieron sobre los naturales del nuevo mundo desde el siglo XV hasta el XVII. Bernard Cohen, profesor emérito de historia de la ciencia en la Universidad de Harvard, afirma que
…Cuando Cristóbal Colón llegó a América, trajo consigo una rica carga de preconcepciones culturales fantasiosas que influenciaron sus percepciones de la tierra y sus habitantes… Los monstruos míticos conocidos por Colón incluían gigantes, cíclopes… amazonas guerreras con el seno derecho cortado para poder usar arco y flecha más eficientemente…4
Pero aun veinticinco años después, el gobernador de Cuba Diego Velázquez de Cuéllar pidió a Cortés que tuviera mucho cuidado de gente con orejas gigantes y caras de perro. El mismo Cortés envió a Carlos V en 1522 enormes huesos fósiles que pertenecían, según él, a esqueletos de gigantes. Esto obliga a pensar que 150 años después, al arribar los primeros jesuitas a Loreto, debieron existir remanentes de esa forma de percibir la realidad, aunque ahora también como consecuencia de algunos prejuicios religiosos y raciales. Basta recordar que los españoles que “informaron” al mundo cómo eran los californios, los describieron frecuentemente como bárbaros, polígamos, ociosos, bestiales, de poca razón, su habla parecía balido de carnero y otras cosas más. Pero lo peor es que estas descripciones, de tanto repetirse llegaron a adquirir el carácter de verdades históricas, y algunos contemporáneos como Jordán han clasificado a los californios como el pueblo más atrasado, sin líderes, sin organización y sin Dios5. Se puede entender que los misioneros del siglo diecisiete, arrastrando todavía una fuerte influencia medieval en su concepto de la sociedad, hayan empleado los valores de su cultura como única referencia para formarse juicios del nuevo mundo al que llegaron, pero que algunos historiadores modernos caigan en el mismo error resulta incomprensible.

Mapa étnico lingüístico de la península de Baja California
NOTAS: Algunos autores consideran a los laimones pertenecientes al grupo cochimí. Aunque en el norte de la península hay etnias que conservan parte de su lenguaje ancestral, al sur de San Quintín las lenguas aborígenes se extinguieron durante los siglos XVIII y XIX, y los investigadores sólo tienen los registros de algunos misioneros como Baegert, del Barco y Ducrue, por lo que hay algunas discrepancias respecto a las lenguas autóctonas de la península y el área que abarcaron.
- Kumiai
- Cucapá
- Pai-Pai
- Kiliwa
- Borjeño
- Ignacieño
- Cadegomeño
- Didiu
- Laimón
- Monqui. Las lenguas monqui y guaycura tienen una relación mucho más distante de la cochimí-yumana.
- Guaycura
- Periue
- Aripe
- Callejue
- Cora
- Huchití
- Pericú. Su origen o relación con otras lenguas es un enigma.
- Isleño
- Tronco lingüístico yumano del norte.
- Yumano peninsular.
- Guaycuriano
- Etnias cochimíes
- Guaycuras
- Pericúes.

Mapa No. 4. Etnias del Estado de Baja California (Los franciscanos llamaban diegueños a los kumiay, los diegueños del norte eran los Ipai y los del sur Tipai)
Poblados y Ciudades
- Mexicali
- El Mayo
- Tecate
- Juntas de Nejí
- Tijuana
- Playas de Rosarito
- San José de la Zorra
- Valle de Guadalupe
- Ojos Negros
- Ensenada
- Santa Catarina
- Jamau
- San Vicente
- San Isidoro
- Ejido Tribu Kiliwa
- San Felipe
- El Rosario
Áreas de predominio
- Cucapás (del río y de la sierra)
- Kumiay, Kumiai o K’miayr
- Pai Pai. Su lengua está más relacionada con el yumano de etnias del oeste de Arizona (Don Laylander)
- Kiliwas
- Cochimíes
- (E’) Etnias hablantes del cochimí actual (Dr. H. Benjamín Trujillo R., Las Lenguas Hocanas de Baja California )
Lo anterior no implica mengua en la epopeya iniciada por Juan María Salvatierra y una pléyade de religiosos, soldados y marinos, que con el fin de evangelizar a los indígenas, explorar nuevas tierras y levantar cartas geográficas, llegaron a sacrificar su bienestar, su hacienda y aun sus vidas en muchas ocasiones, pero queda la advertencia de que no pueden aceptarse como totalmente verosímiles las relaciones e informes que hicieron. Aun así, al ser prácticamente la única fuente informativa con que se cuenta, el investigador de hoy las tiene que tomar como referencia básica, aunque está obligado a comparar y depurar datos para llegar a tener una idea más real de la vida y costumbres de los antiguos californios.

Ejemplo de oasis en la zona desértica de la península
Pero, ¿cómo eran estos hombres y su cultura cuando llegaron los españoles? Antes de contestar esta pregunta, conviene describir, aunque sea brevemente, el escenario geográfico en que se asentaban las diversas etnias peninsulares, lo cual se hará más detalladamente en el siguiente capítulo. La descripción que aparece en el mapa étnico lingüístico de Baja California (mapa No. 3) en páginas anteriores señala los grupos que los actuales investigadores consideran que integraban cada “nación” o tribu. Cabe señalar que el criterio con que se elaboró este mapa es lingüístico; las “naciones” de que hablaron los primeros misioneros eran grupos humanos que se diferenciaban por sus lenguajes; las familias lingüísticas están señaladas con las letras A, B y C, y las etnias con mayor semejanza en el idioma y cultura en general con las letras D, E y F.. Las diferencias idiomáticas eran mayores entre los grupos étnicos que habitaban desde El Rosario hacia el norte respecto a los del centro y sur de la península; aun así, en todos los californios primitivos en el aspecto físico fueron más las semejanzas que las diferencias, quizá con la excepción de los pericúes que debieron haber entrado a la península antes que ningún otro grupo. También conviene mencionar que la palabra guaycura significa amigo, cochimíes quiere decir gente del norte, y laimones gente que vive tierra adentro, nombre éste que le daban los guaycuras a los cochimíes radicados en las cercanías de Loreto, aunque hay autores que los incluyen en los mismos guaycuras.
La región noroeste donde vivían los pai-pai, kiliwas y kumiay (kumiai) o diegueños6, como les llamaron los franciscanos, tenía un clima seco estepario, con algunas lluvias invernales que permitían cuando menos la existencia de abundantes pastos, monte chaparral, así como bosques de encinos, sauces y alisos, estos últimos cerca de cañadas y arroyos en la vertiente occidental de la sierra, cuyas estribaciones llegan en partes hasta la costa. Los kumiai y pai-pai de la sierra soportaban un clima más frío y húmedo, en donde, a la vegetación mencionada, habría que agregar abundancia de coníferas como el pino piñonero y el ciprés. Del noreste de la sierra hasta el Golfo de Cortés el clima es seco desértico y muy cálido, pero la delta del Río Colorado que se encuentra en esta zona, hizo posible que los cucapás que habitaban la región, no sólo sobrevivieran en un medio tan adverso, sino que, como se verá más adelante, practicaran una agricultura sencilla.
Los cochimíes que vivieron en el área comprendida desde la región de San Quintín hasta un poco al sur de los veintiséis grados, cerca de lo que hoy es Ciudad Constitución, se desarrollaron en un clima que iba del seco estepario al desértico7, con muy escasas lluvias y predominio de una vegetación cactácea; el cardón, la yuca o datilillo, las pitahayas, el garambullo, el torote, los nopales y el cirio son característicos de la región; a veces, en las barrancas y cerca de los arroyos se daba alguna vegetación arbórea, como la palma ceniza o azul y los guaribos, mientras que en algunas regiones bajas se encontraban mezquitales; además, como en todos los desiertos de la península, existían como en la actualidad los oasis, que tiempo después permitieron el asentamiento de diversos poblados. Los guaycuras y pericúes que ocuparon la región meridional vivieron en un clima semejante al anterior, aunque en el extremo sur está La Laguna, pequeña serranía con bosques de encino y coníferas que contrasta con la punta sureste de la península, bastante seca, con algunos mezquitales y cactáceas. A todo lo anterior es importante agregar que, aun en las regiones más áridas de la península, existían y todavía se encuentran en determinados lugares, aguajes y arroyos que corren en algunos meses del año, aquellos tal vez como consecuencia de que hay mantos freáticos no muy profundos cuyas aguas afloran en los parajes más secos e inesperados, o en valles pequeños que se han convertido en verdes oasis. Asimismo, en la costa occidental de la región desértica del sur, hay abundancia de manglares y esteros en los cuales se han producido ecosistemas ricos en manifestaciones biológicas diversas.
El aspecto de los primitivos californios
Cuando Hernando de Alarcón llegó al río Colorado en agosto de 1540, quedó sorprendido por la estatura y fuerza física de los cucapás, lo cual ha sido confirmado por estudios antropológicos de investigadores norteamericanos que han determinado, para los yumas del sur de California, emparentados con los cochimíes bajacalifornianos y los cucapás, una estatura superior al promedio de otras etnias, y cuando Vizcaíno arribó a La Paz en 1596, escribió en uno de sus relatos: …Vi cantidad de indios desnudos… notablemente grandes de cuerpo y bien hechos… Cien años después, Juan María de Salvatierra desembarcó en Loreto en 1697, y cuando los nativos ayudaron a los españoles a descargar los víveres y provisiones del barco, el misionero se admiró de la fuerza que demostraban, por lo que después escribiría en una de sus cartas: …Hubo unos tres o cuatro indios que trajeron desde la playa hasta la mesa del real de Nuestra Señora de Loreto un tercio de harina cargado en la cabeza … que dista como dos tiros de escopeta…8, tómese en cuenta que un tercio equivalía a una de las mitades de la carga de una mula, superior a setenta y dos kg. Respecto a los pericúes que se ubicaban en el extremo sur, los jesuitas los describieron como individuos bien proporcionados, fuertes y de elevada estatura y no tan morenos como sus vecinos del norte… mientras que Pedro Castañeda de Nájera, quien viajó con Melchor Díaz a la delta del Colorado, se refirió a los cucapás diciendo que eran muy altos y fuertes, llevaban de peso sobre las cabezas cuando cargaban, más de tres y de cuatro quintales. Vióse querer los nuestros traer un madero para el fuego y no lo poder traer seis hombres, y llegar uno de aquellos y levantarlo en los brazos y ponérselo él solo en la cabeza y llevarlo muy livianamente…9

Mujer guaycura. El palo podía usarlo para tumbar pitahayas, o colgar en su extremo una red para cargar a sus hijos u objetos de uso diario
Por su parte, Miguel del Barco, testigo privilegiado de buena parte de la historia antigua de la Baja California por haberse desempeñado por muchos años como misionero en la misión de San Javier, escribió en su Historia Natural y Crónica de la Antigua California lo siguiente: …Resta decir, que los californios de todas las naciones hasta ahora reconocida, son bien formados y de talla medianamente corpulenta y bien hecha. El rostro no es desapasible, aunque en los gentiles y en los cristianos, que se bautizaron adultos, le afean los grandes agujeros con que horadan las orejas y aun también las narices. El color de los playanos es por lo común más tostado y oscuro, que el de los otros californios que viven en las sierras, retirados del mar, porque estos últimos son en su color como los indios de Nueva España. También son, por lo general, robustos, de buenas fuerzas y de sana complexión…10 De todo lo anterior se concluye que los antiguos californios, desde el Colorado hasta Los Cabos, debieron ser generalmente de estatura mediana a alta, bien proporcionados y fuertes.

Fotografía de 1907 de un jefe kumiay con atuendo tradicional ceremonial de fibras vegetales y plumas de cóndores, águilas y gavilanes
Los hombres de todas las etnias peninsulares, y aun los que vivían al sur de la Alta California, andaban totalmente desnudos, como lo repitieron sorprendidos todos los europeos que los vieron antes de atraerlos a las misiones, y cuando los primeros indios cristianizados usaron ropa para cubrir su cuerpo, fueron ridiculizados por sus hermanos de raza que aun vivían en las rancherías gentiles. Sin embargo, los propios misioneros admitían que cuando el clima era frío, sobre todo en las montañas del norte, se cubrían con pieles de animales, y para las caminatas prolongadas usaban una especie de sandalias hechas de cuero de venado o fibras de cactáceas. Así como la desnudez fue característica de todos los varones, las mujeres californianas siempre le dieron importancia al hecho de cubrirse cuando menos de la cintura a las rodillas. Las mujeres pericúes usaban una capita de los hombros a la cintura y una faldita abierta por los lados, hasta las rodillas por enfrente y un poco más corta por atrás; fabricaban el atuendo de fibras vegetales que obtenían machacando las hojas de una variedad de palma, o agaves, y las fibras sueltas o cordones en gran número pendían de cordoncillos que se ataban alrededor del cuello y la cintura. Con esta vestimenta las mujeres pericúes11 fueron consideradas como las más discretas en la península, junto con algunas de las etnias norteñas que también se tapaban el torso con un capotillo de piel. Las guaycuras se cubrían por detrás, de la cintura a las corvas, con cordoncillos como los usados por las pericúes, y por delante con nudos de carrizos delgados, perforados y atados en hilera. Las cochimíes se tapaban por enfrente igual que las guaycuras y por detrás con un pedazo de piel de venado o de conejo12.

Imágenes descritas de izquierda a derecha
Canasta hecha por la señora Gloria Castañeda, indígena kumiay de San José de la Zorra.
Reproducción de una choza kumiay en el Museo Comunitario de Valle de Guadalupe (vista posterior).
Olla de barro encontrada en Valle de Guadalupe, fabricada por los kumiay.
Piedra para moler semillas encontrada en el área de San Vicente.
Red usada por los kumiay.
Sobre el vestuario que usaban en la región de Vellicatá, el padre dominico Pedro Gandiaga expuso en un informe al vicario provincial: …Su vestido en la gentilidad, en los hombres, era la piel humana y en la mayor parte de las mujeres unos hilitos amarrados en la parte anterior al espinazo, que medio ocultaban la parte más vergonzosa del sexo femenino, quedando todo lo restante de su cuerpo hecho espectáculo desvergonzado; en tal cual se veía por grande gala en su cuerpo un cuero de venado, berrendo, lobo marino, o nutria, que sólo le podía cubrir la espalda y, en una muy rara, un capillo hecho de las pieles de dichos animales, de liebres y conejos, con el que, si querían, podían cubrirse los pechos. En los cristianos, a lo más que se extendía su ropa era un pedazo de trapo con el que tapaban sus vergüenzas y en las mujeres a otro, aunque cubrían la parte posterior y la anterior con unas sartas de carrizos o cuerdas, una hierba silvestre que tiene alguna semejanza con el cáñamo 13
Las madres nativas eran tan exigentes en su particular concepto del pudor que aun a las niñas de pecho trataban de cubrirlas en esta forma, y cuando ocasionalmente llegaron a ver a pequeñas españolas sin ropa se escandalizaban. Por su parte, las cochimíes que habitaban aproximadamente a los treinta grados de latitud, usaban un capotillo de pieles que Clavijero, tal vez transcribiendo a Wenceslao Linck, describió como hermoso, mientras que Sales dice que en los días anteriores a las misiones, los indios utilizaban las pieles de nutria para hacer “medias capas”, pero después las entregaban a los misioneros a cambio de trigo, tabaco o alguna pieza de ropa. En su reporte de 1762 Linck expresó haber visto a dos nativos de San Borja que usaban unas especies de cobijas gruesas, limpias y con un diseño artístico, como tapete, las cuales estaban forradas con pieles de nutria o de conejo.
Como todos los indígenas prehispánicos, los antiguos californios tenían el cabello negro y lacio, que se dejaban crecer hasta los hombros o un poco más arriba, aunque a veces se lo trasquilaban de dos o tres dedos de largo, como lo describió Francisco de Ulloa cuando llegó a Cabo San Lucas. Cada tribu tenía una forma particular de adornar su cabellera; los pericúes se la dejaban larga y la adornaban con sartas de perlas y plumas blancas, así como de caracolillos; los guaycuras acostumbraban algo así como una venda para sujetarse el pelo, mientras que los cochimíes llevaban el cabello más corto y adornaban su cabeza con pedacitos de nácar.
En lo más septentrional de la península, los caciques kumiay usaban en ocasiones una banda ancha colgada de un hombro en forma diagonal, hecha de tejido de fibras vegetales, de la cual pendían plumas de águila o gavilán, que los cubría hasta más abajo de la cintura, mientras que un hombro quedaba desnudo, y se ponían un adorno de plumas en la cabeza. Los guaycuras portaban a veces cinturones muy ornamentados, y pulseras de conchas; además, era frecuente que tanto varones como mujeres usaran collares que les podían llegar hasta la cintura, se pintaban el rostro y se horadaban las orejas, de las que colgaban adornos de palo.
Las conchas fueron, en la cultura de estos pueblos, objetos importantes no sólo para el adorno, sino como utensilios y para otros propósitos que no se conocen, pues se han encontrado en sitios arqueológicos muy alejados del mar; viene al caso recordar que cuando el padre Eusebio F. Kino, procedente de la Pimería Alta, buscaba una ruta terrestre hacia California, unos indios le obsequiaron conchas de abulón, estando a más de doscientos kilómetros de la costa del Pacífico. Juan Bautista de Anza, al establecer la primer ruta terrestre hacia California en 1774, fue de los primeros europeos que conoció a los yumas, etnia del Colorado emparentada con los cucapás, y los describió como de elevada estatura, robustos, menos morenos que los pimas, de facciones que, aun siendo naturalmente agradables, se habían desfigurado con pintura, sus orejas tenían de tres a cinco perforaciones de las que colgaba un anillo; también se perforaban el cartílago de la nariz por el que se pasaban plumas o un pedacito de palma de unos veinte centímetros de largo, andaban desnudos y consideraban el cubrirse como algo feminoide, se arreglaban el pelo con la ayuda de lodo, y sobre él espolvoreaban un polvo que le daba un brillo plateado, y para no descomponer su peinado, solían dormir sentados, lo cual resulta algo dudoso. Dice que las mujeres eran también altas y robustas, y se cubrían, como en casi todas las etnias de la península, con una especie de faldita que les llegaba hasta la rodilla, dividida en dos partes, siendo la de enfrente más corta.
Los jesuitas informaron en sus relatos que los indígenas californianos no vivían en casas sino a la intemperie, y que se refugiaban abajo de los árboles o en cuevas cuando el clima era riguroso, sin embargo, hoy se sabe que los antiguos californios, al igual que los yumas del suroeste de los Estados Unidos y la tribus del sur de California, sí vivían temporadas a la intemperie, cuando la benignidad del clima lo permitía, pero también construían chozas utilizando una armazón de palos de los arbustos regionales, en forma circular, y la cubrían con ramas y cortezas vegetales quedando una enramada en forma de domo14. En algunos lugares tan distantes entre sí como la delta del Colorado y el sur de la península, comenzaban la armazón dejando el nivel del piso a unos treinta cm. abajo del suelo circundante, y a veces, construían la estructura sobre una especie de cerco de piedra, lo cual daba más solidez a la choza.
Refiriéndose a los cochimíes del centro peninsular, con los que tuvo algunos contactos en su viaje por el Golfo de California, Ulloa registró que sus chozas eran de hierbas entretejidas y sin techo, descripción que coincide con la que la que hizo fray Vicente Mora 234 años después sobre las habitaciones de los indios de la región de San Borja, habiendo explicado el dominico que acostumbraban encender dos o tres fogatas en su interior, lo que explica el porqué no tenían techo15. En 1540 Pedro Castañeda de Nájera, compañero de Melchor Díaz en su viaje al Valle de Mexicali, describió las habitaciones que hacían los cucapás de la siguiente forma:
…Eran gentes demasiadamente altos y membrudos, así como gigantes, aunque gente desnuda que hacían su habitación en chozas de paja, larga a manera de zahurdas, metidas debajo de tierra, que no salía sobre la tierra más que la paja, entraban por la una parte de largo y salían por la otra …16
Hay que agregar que las tribus de esta desértica región frecuentemente ponían lodo en el exterior de la enramada, que ya seco constituía un buen aislante térmico; todavía hoy, algunas casas en el valle de Mexicali se construyen parando ramas entre una armazón de palos y luego se emplastan con lodo. Los californios agrupaban sus chozas en comunidades que los españoles llamaron rancherías en las cuales vivía un número variable de personas; en las vecindades de lo que hoy es San Diego llegaban a tener doscientos o más habitantes, pero en el sur de la península deben haber sido más pequeñas.
No acostumbraban construir casas permanentes por el nomadismo que practicaban, buscando siempre los mejores sitios para obtener sus alimentos, aunque las tribus del norte construían, en ciertos lugares cercanos a las rutas que seguían en su peregrinar de la costa a la serranía, o viceversa, chozas como las descritas para guardar allí comida, y utilizarlas como habitación temporal mientras no se agotaban los alimentos de la región.

Esta foto de 1936 muestra la estructura de las casas que aun se construyen en el Valle de Mexicali empleando ramas de la región emplastadas con lodo
En 1766, el padre Link viajó hasta la Sierra de San Pedro Mártir, y relató que en varios lugares encontró cabañas de “madera labrada” , aunque desiertas, que tal vez eran refugios que usaban los indios en época de frío. En el diario de Miguel Constanzó, escrito en su viaje a la Alta California en 1769, se hizo una descripción con cierto detalle de los diegueños o kumiay del área cercana a San Diego, y que corresponde también a los que vivían en todo el noroeste de la península; se transcribe a continuación parte de ella: …A un tiro de arcabuz del río, fuera del bosquecillo, descubrieron un pueblo o aldea de los mismos indios que iban guiando a nuestros hombres. Estaba compuesta de varios resguardos hechos de ramas, y cabañas de forma piramidal, cubiertas de tierra. Tan pronto como vieron a sus compañeros con la compañía que traían, todos los habitantes, hombres, mujeres y niños, salieron a recibirlos, e invitaron a los forasteros a sus casas. Las mujeres estaban modestamente (pudorosamente) vestidas, cubiertas de la cintura a la rodilla con una gruesa tela entretejida. Los españoles entraron al poblado que estaba compuesto por 30 a 40 familias. A un lado de él, se observaba un cercado de ramas y troncos de árboles, en el que, según explicaron, se refugiaban para defenderse del ataque de sus enemigos, siendo una fortificación inexpugnable para las armas que usan entre ellos. Estos nativos están bien hechos, saludables y activos. Andan desnudos sin otra ropa que un cinturón, tejido como red, de ixtle o fibras finas de agave, que obtienen de una planta llamada lechuguilla. Sus aljabas, que encajan entre su cinturón y el cuerpo, están hechas de piel de gato montés, coyote, lobo o venado, y sus arcos son de dos varas de largo. Además de estas armas, usan una especie de palo para lanzar, de madera muy dura, parecido en la forma a un sable curvo y corto que arrojan de canto, cortando el aire con gran fuerza. Lo lanzan más lejos que una piedra, y nunca salen a los alrededores sin él. Cuando ven una víbora u otro animal nocivo, le lanzan el palo de lanzar y generalmente cortan al animal en dos.
Sin duda, Constanzó se refería a una especie de bumerang de no retorno que usaron los cochimíes para cazar animales pequeños como liebres y conejos, y que los nativos conservaban hasta hace poco tiempo en comunidades indígenas del estado de Baja California como San José de la Zorra y La Huerta

Dibujo del bumerang de no retorno, cuyo perfil era semejante al del ala de un avión. Tomado de Nonreturn Boomerangs in Baja California. Henry C. Koerper, Bruce Pinkston, y Michael Wilken, publicado en PCAS Quarterly, 34(3), Summer 1998

En el poblado de La Huerta, Baja California, Eugenio Aldama con su bumerang, el cual se encuentra en el museo de la misión San Juan Capistrano, California.. Tomado de Nonreturn Boomerangs in Baja California. Henry C. Koerper, Bruce Pinkston, y Michael Wilken, publicado en PCAS Quarterly, 34(3), Summer 1998
La alimentación
Puede decirse que los indios de la península se alimentaban prácticamente de todos los animales que podían matar, incluyendo muchos insectos, y de los frutos, raíces y semillas que no eran venenosos, y hasta de algunos que sí lo eran, como la bellota amarga del encino, de la cual tenían que extraer el tanino para poderla usar como alimento. Cuando los misioneros que arribaron a la península contemplaron los áridos lomeríos del sur y las regiones semidesérticas del centro, preconcibieron a los indios californios como seres famélicos, que apenas podían existir en semejante ambiente, pero ignoraban que aun en el desierto, muchas plantas y una fauna abundante aunque no ostensible, permitían la subsistencia de los nativos, pero sobre todo, no se daban cuenta, aunque la tenían ante sus ojos, que una de las zonas pesqueras más importantes del mundo rodeaba a la península y era aprovechada por los indígenas. Esto no significa que los naturales disfrutaban todos los días de opíparos festines, pero sí debe rectificarse la tradición histórica que comparten muchos autores, en el sentido de que aquellas tribus vivían en una constante hambruna, lo cual resulta contradictorio con la descripción que los propios jesuitas y varios exploradores hicieron de su gran fortaleza física y armonía anatómica; el hambre los abatió después, cuando fueron olvidando sus costumbres de cazadores recolectores y se hicieron sedentarios.
Según las circunstancias del medio geográfico y época del año, comían en ocasiones moluscos como el abulón, los choros o mejillones, las almejas y las ostras, algunos de los cuales se pueden atrapar con facilidad aun en este tiempo; también comían la carne de víbora, lagartijas, ardillas, conejos17, zorras, coyotes, el venado, el borrego o “tayé”, y el berrendo; la carne la preferían medio asada o secada al sol, y los insectos casi siempre tostados, sobre todo los chapulines y los gusanillos de ciertas avispas cuyos panales colgaban de las rocas, a los cuales les exprimían el intestino con los dedos antes de tostarlos; comían pescado, tortugas, lobos marinos, y es casi seguro que diversas aves también formaran parte de su dieta. Recolectaban raíces, semillas y diversos frutos, como la pitahaya (“tammiá” o “dammiá”, en cochimí ); la pitahaya agridulce (" tajuá"); el garambullo ( “gkakil”); la tuna (“a”); los nopales tiernos; el fruto del datilillo; la semilla de la jojoba, de muy agradable sabor; el “asigandú”, de cuyas vainas sacaban las semillas, que tostadas y molidas formaban una harina alimenticia; el " tedeguá", cuya almendra es sabrosa; el quiote de un agave que, tatemado, tiene sabor dulce, pero crudo produce molestias en la garganta; y las cabezas del mezcal, tatemadas en pozos; el guacamote o yuca dulce (“ufuí”); una especie de jícama y otras muchas más. Respecto a la cacería de conejos y liebres, varios misioneros describieron la trampa de que ya se ha hablado que preparaban los nativos para facilitar su acción: con sus redes y palos del monte improvisaban un corral con una sola entrada, hacia donde espantaban a sus presas, y ya encerrados, los animales eran fáciles víctimas de los golpes que con sus bumerangs de no retorno y simples palos les asestaban los cazadores.
Sobre el mezcal, conviene transcribir lo que Miguel del Barco, misionero en California, historiador y naturalista, escribió en su “Historia natural…”: …No usaban, ni usan los californios el mezcal para sacar bebida. Sólo se aprovechan de él para comer…no se come el mezcal crudo, sino asado…Salen por la mañana de su ranchería o pueblo, tres o cuatro o más mujeres prevenidas cada una con una red a la espalda, sobre la cual se mantiene por medio de unos cordeles gruesos, que pasan por la frente de la mujer. En esta red cargan los mezcales… Sobre la frente ponen un pedazo de piel de venado, doble, porque no lastimen los cordeles cuando van cargados…Demás del “uañí” [la red] lleva cada una un cuchillo belduque. Y a falta de machete (de que algunas pocas, más acomodadas, ya usan), para cortar el tronco del mezcal, tienen una pequeña tabla de madera dura …a modo de pedazo de hoja de espada ancha, …pero sin punta aguda y, en lugar de ella, adelgazan por aquella parte la tablita, par que por allí corte el mezcal… Sigue el padre Miguel describiendo detalladamente las acciones de las mujeres que cortaban la cabeza del mezcal con la tablita mencionada, usándola como escoplo aplicado y golpeado con una piedra contra el tronco del mezcal, y finalmente lo llevaban a su ranchería. Allí hacían una fogata y le echaban piedras no muy grandes hasta que se ponían al rojo vivo, extendían con palos largos brasas y piedras, colocaban las cabezas de mezcal entre las piedras y cubrían todo con tierra caliente cercana a la fogata. Termina el misionero diciendo: …Así lo dejan por lo menos veinticuatro horas, y más frecuentemente dos noches y un día; y lo sacan todo bien cocido…Sacados los mezcales de la “tatema” y dejados enfriar, tiene la mujer comida dispuesta para sí y su familia por tres días más o menos…es casi tan dulce como conserva hecha de miel…18
En las partes altas de las sierras californianas existían, y aun hay, bosques de pino piñonero cuya semilla recolectaban los nativos, y de los encinales obtenían los piñones, que era uno de los principales alimentos para quienes habitaban desde San Quintín hasta la Alta California. La técnica que empleaban para quitar el sabor amargo a las bellotas de encino consistía en lo siguiente: 1. Tostaban las bellotas en las brasas. El autor ha comprobado que el calor las hace partirse a lo largo. 2. Les quitaban la cáscara. 3. Las colocaban en una piedra y las molían. 4. Para quitarles lo amargo, colocaban el alimento en una canasta, si es que sabían hacerla, como los indios del norte, o en un nido de arena en el que acomodaban hojas para que no se ensuciara la comida, luego, echando piedras calientes en un depósito con agua, la calentaban para vaciarla sobre la harina de las bellotas, hasta que éstas perdían lo amargo y podían comerse19. Cabe mencionar que indios prehispánicos de regiones tan distantes como Nuevo México y Baja California, hervían el agua por el método mencionado de poner en el líquido piedras calentadas hasta el rojo vivo, retirar las que se enfriaban y meter más de las que tenían calientes en el fuego, auxiliándose con unos palitos, lo cual relató A. Núñez Cabeza de Vaca al fin del capítulo 47 de La Relación sobre su fantástico viaje. El padre Crespí, cuando pasó por Santo Tomás, relató: … Los de caballada…hallaron montones de semillas muy sabrosas que comen los gentiles, una muy grande batea de barro cocida muy fuerte y otros tepalcates muy fuertes y lisos …; es casi seguro que entre esas semillas estaba la jojoba. Ésta es la semilla de una planta que se encuentra en casi toda la península, de muy agradable sabor, aunque tal parece que en el sur no era usada por los naturales, según lo afirma Miguel del Barco20.
Algunos historiadores han repetido como verdad sin discusión los relatos que hicieron Clavijero y el dominico Pedro Gandiaga, sobre una supuesta costumbre que tenían los indios del sur y de Vellicatá, de recomer las semillas de pitahaya que secretaban en sus heces; y otra, que cuando conseguían un pedacito de carne …lo ensartan por en medio con un fuerte mecatito o le dan una lazada muy apretada y afianzando de sus dedos la punta de dicha cuerda se la tragan hasta cerca del estómago y lo sacan de la boca y se lo vuelven a engullir, están ejecutando un gran rato lo mismo con el mismo bocado hasta que cansan o enfadan, percibiendo todo el tiempo que les dura dicha maroma el saborearse de la vaina, la que últimamente blanda con el calor del estómago y jugosa con la humedad de las fauces, de garganta y pecho, tragan entera, quitándoles antes el mecatito…. Lo dicho por el padre Gandiaga y expresado antes por Clavijero y otros misioneros jesuitas, podría ser cierto, aunque para otros es poco verosímil por razones fisiológicas y de salud.
Los cucapás que habitaban desde las márgenes de los ríos Colorado y Hardy hasta las faldas de la sierra se autonombraban xawil kiumya voei o gente del río. Comían pescado y cazaban animales de una variada fauna que proliferaba en la zona, pero además, gracias a una incipiente agricultura, se alimentaban con sus productos que eran principalmente dos variedades de maíz, una para harina, hacashan, que maduraba en cinco colores, y otra que era un grano duro, hacaswir, de color amarillo, más resistente a la sequía, además de calabaza y frijol; del maíz molido hacían una harina con la cual elaboraban una especie de pan cocido al fuego. Sus siembras las hacían en la tierra húmeda que quedaba cuando las aguas del río volvían a su cauce después de las grandes avenidas que se registraban por las lluvias en la distante región alta de la corriente. En 1774, Juan Bautista de Anza refirió que llegó a ver trigo que crecía sin necesidad de riego, de tan buena calidad que ni en Sonora se producía igual, además, vio gran cantidad de maíz, frijoles, calabazas y melones que sembraban los indios utilizando el agua del Colorado por medio de represos y canales de riego21. Resulta dudoso que lo visto por Anza haya sido trigo.

Las bellotas del encino fueron dos semillas en la dieta de los californios, sobre todo al noroeste de la península

La jojoba fueron dos semillas en la dieta de los californios, sobre todo al noroeste de la península
El arbusto de la jojoba crece en muchas partes de la vertiente occidental de la sierra, requiere de poca lluvia, y su semilla tiene un agradable sabor semejante al de la nuez, mientras que la bellota debe procesarse para servir de alimento, como se ha explicado en páginas anteriores.
Más sobre sus usos y costumbres. Su cultura
Es difícil describir objetivamente las formas de vida de un pueblo, porque en el proceso se implican ideas de valor categorizadas por el historiador, las cuales, consciente o inconscientemente, influyen sobre el relato que se elabora. Tómese en cuenta lo anterior en el estudio de los indios californios que ahora se hace, apoyado casi siempre, como ya se ha mencionado, sólo en los escritos hechos por los españoles, quienes sabían que el valor de su obra se acrecentaría en la medida en que la cultura nativa descrita fuera más pobre. Desde ahora, y anticipando algo de los relatos que se hacen en capítulos posteriores, debe señalarse respecto a los indios peninsulares, que aprender a cultivar la tierra y criar ganado en un medio con escasez de agua, levantar estructuras de adobe o de cantera, memorizar salmos y rezos, dominar una o dos lenguas aparte de la materna, construir acueductos y represos de piedra, actuar como maestros de oficios con los nativos que aun no recibían la influencia cultural europea, y otros logros más no corresponden a gente torpe e incapaz, calificativos que con frecuencia les adjudicaron los españoles.
Algunos antropólogos como Cliff Trafzer, quien fue director de Estudios de los Americanos Nativos en la Universidad de California, en Riverside, y Florence Shipek, de San Diego, afirman que los kumiay practicaron la agricultura plantando algunos zacates en campos que acostumbraban quemar cada temporada22, y lo que vieron los españoles como praderas silvestres con algunos arbustos distribuidos en ellas, eran verdaderos campos de cultivo de granos semidomesticados, cuyas semillas aprovechaban los indios23, y que desaparecieron al introducirse el ganado y granos como el trigo y la cebada.

Punta de flecha aserrada en los bordes, de cuarzo, encontrado en un lomerío cerca de la misión de Santa Gertrudis. Fotog. Antonio Ponce Aguilar

Trozo de obsidiana aparentemente percutido encontrado en un lomerío cerca de la misión de Santa Gertrudis. Fotog. Antonio Ponce Aguilar
La producción de bienes transformando lo que se encuentra en la naturaleza, la realizaron los antiguos californios de manera más compleja y variada que los hombres del paleolítico superior, etapa en que han sido ubicados por algunos antropólogos. Véase lo que podían hacer en aquel medio.
Utilizaban el arco y la flecha24, los arcos los hacían de algún palo flexible que endurecían al fuego, de tamaño variable, generalmente más largo que su estatura; la cuerda era de nervios o tendones de venado bien retorcidos. Las puntas de la flecha podían ser de una vara puntiaguda, para cazar animales pequeños; o de pedernal, en ocasiones con los bordes aserrados, para la guerra o en la cacería de animales grandes; estas puntas se ataban al asta, pero además, empleaban un adhesivo que obtenían de una resina vegetal; la longitud era poco menor de un metro, y cerca de la muesca llevaban tres plumas de gavilán para evitar su cabeceo al dispararse.
Los indios de las llanuras del sur de los Estados Unidos usaban un lanza dardos , empleado también por los aztecas, al que éstos llamaban “atl-atl”, y los jesuitas, al referirse a las armas empleadas por los indios mencionaron el dardo, aunque no aclararon la forma como lo arrojaban. Esta arma consistía en un palo con una “uña” o espina para sostener el dardo, y al hacerlo girar con el brazo extendido se lograba bastante velocidad en el lanzamiento25. Hoy se sabe que sí los usaron. Los lanza dardos encontrados en el sur de la península hasta ahora son: cuatro por William Massey en 1947; dos cerca de Buena Vista en 1962; y cuatro más en 1967 en un sitio funerario del resguardo rocoso La Matancita, al sur de Todos Santos.
Los cochimíes que habitaban al norte de los 31 grados y los cucapás, usaban, además del arco y la flecha, unos mazos y algo parecido a una hacha de madera dura y pesada. Para cazar venados, un hombre se escondía entre el monte y movía una cabeza de ciervo previamente decapitado, los animales que la llegaban a ver se acercaban al lugar, en donde otros cazadores estaban preparados para matarlos. Esta estratagema era usada también por etnias sonorenses. Los cochimíes del norte usaban unos palitos de los que ya se ha hablado, con una remota semejanza al bumerang, que lanzaban a poca distancia y paralelos al suelo, hacia animales pequeños como liebres y conejos, a los que generalmente les quebraban las patas, lo que les permitía acercarse a su presa y rematarla. Esta forma de cazar animales pequeños se siguió usando hasta épocas relativamente recientes entre los indios que sobrevivieron en el norte de la península.

El atl-atl fue usado por los antiguos californios
La pesca fue una actividad practicada por casi todas las etnias de las Californias, que les permitió subsistir con una base alimenticia rica en proteínas, sobre todo a quienes residían cerca del mar. Los guaycuras, al referirse a un espíritu superior al que llamaban “guyiagui”, decían que otros espíritus inferiores que le servían, le traían pitahayas y peces, lo que refleja la importancia que le concedían a este alimento. Para meterse al mar, los antiguos californios usaban balsas de troncos o pequeños botes de cañas con los que podían llegar a las islas cercanas a la costa o navegar hasta unos ocho Km. mar adentro, o en el norte, atravesar el Colorado26. Las balsas las hacían de tres, cinco o siete troncos, casi siempre de un árbol que los españoles llamaban corcho, que traspasaban con estacas y que amarraban uno con otro, dejando el más largo en el centro, el cual servía como proa, y podían llevar dos o tres hombres. Otras veces empleaban largos haces de carrizos bien atados, que después los unían entre sí con más amarres. En el noroeste de la península y la costa sur de la Alta California, estos botes podían llevar hasta ocho o diez personas.

Dibujo de una embarcación fabricada con haces de carrizos que usaban los californios en la pesca
Por el valor etnográfico que tiene, se transcribe a continuación la descripción que el padre Miguel del Barco hizo sobre la construcción de los botes por parte de los nativos sureños: …Los indios del sur hacen sus balsas de estos palos [“corcho”, árbol de Baja California] que tengan cosa de dos varas y media de largo. Todo su artificio se reduce a juntar cinco palos, pero de suerte que el que va en medio sea más largo que los laterales, con lo cual forma una especie de proa. Por medio de una estaca de dos puntas, que clavan en los palos, juntan unos con otros, y para más seguridad, los afianzan más con cordeles. Tal vez hacen balsas mayores; esto es, de siete palos, y también de sólo tres, para un hombre sólo. Estas balsas las hacen para pescar; sobre ellas se ponen y se apartan a veces de la playa por gran trecho, acaso de una legua o más, según hallan el pescado que prenden con fisga o arpón…27
Pescaban con cordeles de fibras vegetales bien retorcidas, en cuyo extremo llevaban un anzuelo de hueso o de espinas vegetales; en ocasiones, hacían en los esteros una especie de cerco o corral de ramas y palos que quedaban sumergidos cuando subía la marea, y al bajar las aguas quedaban sin poder regresar al mar multitud de peces que fácilmente eran recogidos por los pescadores. Cuando iban mar adentro en sus balsas llevaban un arpón generalmente en forma de horquilla, y otras veces empleaban redes con las que se ayudaban en la pesca; los españoles relataron que cuando veían una tortuga, uno o dos hombres se lanzaban al mar, se aproximaban al animal, lo mataban con su arpón y luego lo subían a su balsa. Los cochimíes, según la descripción que hizo Ulloa de los indios que encontró cerca de la Bahía de San Rafael, deben haber cazado lobos marinos, pues el agua de beber la conservaban en unos “buches” obtenidos de ese animal o elaborados con su piel.
Las redes fueron importante auxiliar para todos los aborígenes de las dos californias, ya que las usaban para pescar, cazar liebres y conejos, cargar a sus hijos pequeños y echar sus pertenencias o los alimentos que recolectaban en sus frecuentes caminatas; las hacían de fibras vegetales, casi siempre obtenidas de pencas de mezcal, y aun en la actualidad, se encuentran mujeres en las pequeñas comunidades del norte que siguen haciendo y empleando las redes. Para facilitar la carga de lo que metían a la red, la ataban en el extremo de un palo que apoyaban en su hombro, y si eran sus hijos pequeños los que llevaban, hacían un colchoncillo con hojas y zacate para que fueran cómodos. Con los cordones de fibras vegetales también entretejían piezas textiles no para vestirse sino para elaborar pequeñas bolsas28.

Indios californios destazando un venado en el campo, después de cazarlo con arco y flechas, según pintura del padre Ignacio Tirsch S.J
Los utensilios que usaban cotidianamente eran pocos y sencillos, y casi siempre podían elaborarse con cierta facilidad y en poco tiempo, pero algo que quizá nunca dejaban olvidado antes de iniciar un viaje era el equipo para encender fuego, lo que lograban frotando dos palillos, uno duro y fuerte y otro seco y suave, o por la percusión de piedras de cuarzo.
Usaban una cazuela honda, hecha frecuentemente de corteza de palma, parecida en la forma a la copa de un sombrero, y como los cochimíes le llamaban “addá”, le dieron ese nombre a los cascos y sombreros de los españoles. Las agujas de hueso que les facilitaban la elaboración de las redes, huesos biselados para descarnar las pieles, cuchillos de piedra y anzuelos eran los pequeños objetos que llevaban en sus viajes. Los pericúes hacían unas bandejas empleando la corteza de palmera, y los yumas del norte usaban grandes bateas para poner semillas y otros alimentos; usaban también caparazones de tortugas. Las bateas también las fabricaban de varas flexibles que amarraban fuertemente entre sí, al grado que algunas podían contener agua sin que se filtrara; cuando tostaban semillas en sus bateas les echaban brasas y las agitaban constantemente para una cocción uniforme, otras veces sostenían sus bateas a cierta distancia sobre el fuego, moviéndolas constantemente para que no se incendiaran, y así lograban calentar lo que contuvieran29.
De los indios del noroeste de la península, fray Pedro Gandiaga decía:
…Todas sus riquezas son una o dos taleguitas para encerrar las semillas y el tabaco cimarrón, en otros su arco y flechas para cazar venados o un palito para matar liebres y conejos; muy raro tienen una red para la caza, una pipa de barro para chupar tabaco cimarrón que les cuadra mucho; en los pescadores sus caudales son una bolsa de tule y una tablita para remo, sus anzuelos hechos de asta de venado y mecates de pencas de mezcal; cogen abundancia de pescado, cuando lo permite la tranquilidad del tiempo, y son los más ricos en comidas. En las mujeres, su hacienda es un palo para cortar mezcales y una red para cargarlos y una correíta de juncos para coger las semillas que les sirve también de montera 30
Las manos de piedra para la molienda de granos y semillas, pipas con las que fumaban un tabaco silvestre, ganchos de palo para cosechar pitahayas, canastos sencillos, sandalias, y unos maderos con dibujos que empleaban los shamanes, de mezquite o uña de gato, según Venegas, son hallazgos que se han encontrado en el centro sur peninsular y que deben agregarse al bagaje cultural de aquellas tribus. Por otra parte, es casi seguro que la elaboración de canastos y la cerámica fueron practicadas por los kumiay y demás tribus del norte, y aún hoy, la cestería que elaboran los sobrevivientes de estas etnias llama la atención por su belleza en el diseño.
Algunos historiadores consideran como un hecho que ninguna etnia de la península conoció la cerámica, pero los cucapás sí la practicaron, y si se sabe que eran frecuentes sus contactos con tribus de la sierra y aun de la región costera, como las del área de San Vicente y San Diego, se tiene que admitir la posibilidad de que en las regiones mencionadas los indígenas sí llegaron a practicar la cerámica que pudieron haber aprendido por su relación con las etnias del desierto. Por su parte Fernando Consag, en el derrotero de uno de sus viajes hacia el norte, registró el hecho de que habiendo desembarcado en la bahía de San Luis Gonzaga, varios hombres salieron en busca de agua y al poco tiempo regresaron con un anciano nativo que traía agua en u n cántaro de barro, el cual, según el misionero, sabían trabajar muy bien31.
Algunos de los aspectos culturales que se han mencionado se dieron en forma muy semejante, en mayor o menor cantidad, en los pueblos que habitaron desde la región de San Diego y el río Colorado hasta los cabos meridionales de la península, por ejemplo, la desnudez de los varones, el atuendo de las mujeres, la elaboración de harinas a partir de granos o semillas molidos, el comer insectos tostados, la estructura de sus balsas y botes, el construir chozas circulares con el piso abajo del nivel del suelo circundante, fumar tabaco silvestre, usar redes para cargar sus cosas, y otros más, muestran una clara identidad, consecuencia muy probablemente de un origen común para todos aquellos pueblos, los cuales, a pesar de haberse ubicado en espacios muy lejanos y diversos, conservaron muchos rasgos ancestrales de una cultura madre.
Aunque es hipotético cualquier dato sobre el número de dialectos hablados en la península a la llegada de los españoles, los especialistas en la materia hablan de cuando menos diecisiete lenguas, todas incluidas en el tronco hokal-tecano, predominando la familia hokana32 al norte de los veintisiete grados de latitud y la guaycuriana al sur; todos los dialectos del norte pertenecen a la subfamilia yumana, hecho que puede ser un apoyo a la hipótesis que sostiene el arribo a la península de por lo menos dos oleadas de inmigrantes, primero habrían llegado pueblos de filiación lingüística guaycuriana y después la yumana.
De cualquier forma, en ocasiones difícilmente se entendían los miembros de comunidades vecinas por las variantes lingüísticas que se daban de región en región, y este fue un problema recurrente en las exploraciones que después llevaron a cabo los españoles, porque los guías que llevaban de una ranchería, en algunas ocasiones, tenían dificultad para comunicarse con los miembros de otra comunidad cercana.

Rasgos culturales
Artistas y fotógrafos lograron estas imágenes entre 1890 y 1910, que reflejan rasgos culturales que los nativos conservaron de sus ancestros. Un aspecto poco mencionado por los misioneros es el de la música y danza que practicaban, lo cual se observa en el grabado de arriba Cortesía de la Historical Society of S. Diego. A la derecha, arriba, danzante kumiay, abajo, anciana kumiay o kiliwa.
Mus. of the American Indian, N. Y.
Los hombres se ocupaban en los quehaceres que requerían mayor fuerza, como la cacería y la pesca, mientras que mujeres y niños recolectaban frutos y semillas para la alimentación33. El padre Tamaral decía que la pereza era un vicio arraigado en los indígenas: …Cuanto mayor es el número de sus mujeres, están tanto mejor provistos de todo lo necesario, pues yacen en un ocio perpetuo a la sombra de los árboles, y sus mujeres trabajan buscando en los bosques las raíces y frutos silvestres de que se alimentan Sin embargo, contrario a lo anterior, Salvatierra escribió en una de sus cartas: …Se resolvió de despedir a los indios para que se fuesen a pescar, y otras cosas suyas semejantes en que se ocupan por sí mismos…34, lo cual hace pensar que los varones sí realizaban actividades diversas tendientes a conseguir los alimentos necesarios para vivir
Piénsese que el horario de los indios lo daba la naturaleza, y en los españoles el reloj. Lo dicho por Tamaral sobre el trabajo que desempeñaban las mujeres no es una novedad, pues en los pueblos primitivos y en muchas comunidades rurales de hoy, la mujer se ocupaba y lo sigue haciendo, en actividades como la recolección de frutos, leña, acarreo del agua, la preparación de los alimentos, y con frecuencia en la elaboración de queso, cuando se tienen vacas de ordeña. Los hombres, por su parte, descansan cuando pueden para activarse después en la cacería y la pesca, la exploración de nuevos territorios, el derribo de árboles, campear animales, etc..
En la cultura kumiay, el nacimiento de un niño era un acontecimiento importante, del cual los franciscanos registraron los siguientes datos: el cordón umbilical se cortaba con un cuchillo de piedra, y quizá con objeto de ayudar a la cicatrización, ponían sobre el ombligo del recién nacido un trozo de corteza de sauce o una pequeña piedra tibia, se asignaba un nombre al niño, la madre era bañada con agua tibia y se perfumaba con el humo de hojas de salvia; cuando la madre no cargaba a su hijo en brazos o dentro de su red, lo colocaba en una especie de cuna sobre un pedazo de corteza de árbol. A la llegada de los franciscanos a San Diego, los kumiay se desplazaban por todo su territorio, se quedaban en un lugar determinado por algún tiempo para aprovechar al máximo los frutos propios de la estación o dedicarse a la cacería, y luego continuaban su marcha; era frecuente que dejaran chozas cerradas con algunos utensilios para usarlos en su próxima estancia en ese lugar. Los de la costa llegaron a practicar un trueque de productos con las etnias del este, y según algunos investigadores, es probable que hasta con gente de Alaska y la región del Mississippi35, sus ofertas eran conchas, bellotas, jojoba y carne de venado, a cambio de lo cual recibían piñones, maíz, frijoles, y otros alimentos. Las conchas pudieron haber sido la “moneda” de los kumiay, según Koerper y Whitney-Desautels.
Los informes antiguos dicen que en las comunidades o rancherías todos sus integrantes estaban emparentados entre sí, lo que aun se observa en varias tribus del norte; sin embargo, ésta no debe haber sido un hecho generalizado, si se toma en cuenta lo que dice el padre Salvatierra en una de sus cartas:
…El día antecedente se vio mucho movimiento de gentes con arcos y flechas como que se iban a otra parte a no sé qué casamiento con algunas doncellas de la nación didius…

Alineamientos de piedras bajo el agua en la bahía La Ballena, Is. Espíritu Santo, Baja California Sur
El espacio con una entrada pudo usarse para atrapar peces que se quedaban encerrados al bajar la marea. Harumi Fujita y Gema Poyatos de Paz en Settlement Paterns on Espíritu Santo Island, PCAS Quarterly, 34(4), Fall 1998.
Sin embargo, es explicable que se diera un cierto grado de endogamia teniendo en cuenta el aislamiento de algunas etnias que difícilmente se comunicaban con otras, lo que igualmente propició la abundancia de dialectos. En la actualidad, los kumiay que viven en el norte de la península son exógamos. Las guerras que sostuvieron las tribus en su época de gentilismo, eran motivadas por alguna ofensa, como la infidelidad conyugal o la invasión del territorio en que cazaban, y se daban si el conflicto no podía dirimirse por medio de una competencia de lucha o carreras entre los agraviados.
Cuando peleaban sabían organizarse, y es casi seguro que obedecían una jerarquía de mando, lo que se deduce del siguiente relato del padre Salvatierra en ocasión de uno de los ataques que los indios hicieron a los españoles en Loreto: …Y finalmente todos a un tiempo nos vimos asaltados por todas partes y por cuatro partes. Por la abra de la cañada abajo cargaba un escuadra de gente, con las espaldas aseguradas por engrosarse en caso que hiciésemos huída. La segunda escuadra salía de la cañada arriba adonde tenían éstos la ranchería. También tenían aseguradas las espaldas de otra escuadra y por lo alto de la mesa nos tuvimos así mismo cercados por dos lados…36.
Las competencias en carreras y la lucha cuerpo a cuerpo se siguieron practicando después de la llegada de los españoles, como se verá más adelante en un episodio que narra algo así como el reto de un indígena al padre Juan de Ugarte; pero además, eran muy hábiles nadadores, lo que se desprende de lo registrado por Francisco de Ulloa, sobre un hecho acaecido el 12 de octubre de 1539 entre la isla de San Marcos y tierra firme, cuando un indio se burló de los marinos españoles quienes, en una lancha, trataron en vano de atraparlo mientras que él se zambullía varias veces en el mar, nadando alrededor de la lancha, hasta que los cansados marineros tuvieron que renunciar a su intento y se regresaron a la embarcación, mientras que el indio gritaba algo, pareciera que dirigiéndose a sus compañeros en la playa, quizá burlándose de los españoles, o despidiéndose, sobre lo cual no hay seguridad, pues el intérprete que llevaba Ulloa no pudo traducir el significado del grito que sonaba algo así como Belén, Belén, por lo que el capitán bautizó el paso entre la isla y tierra firme como Estrecho de Belén, nombre que aún se encuentra en algunos mapas modernos.
Practicaban danzas para cada ocasión a celebrar, ya fuera el inicio de la recolección de las pitahayas, casamientos, el nacimiento de sus hijos o las victorias sobre sus enemigos, Salvatierra llegó a identificar 30 danzas diferentes y hasta bailó con los nativos; no conocieron las bebidas alcohólicas, pero sí fumaban en una pipa llamada chacuaco una especie de tabaco silvestre, generalmente no por adicción sino en situaciones de solemnidad. Según Clavijero, aunque Baegert difiere. Los casamientos eran diferentes según la tribu, por ejemplo, entre los guaycuras, el hombre le mandaba a la mujer pretendida una batea, si ella aceptaba la propuesta enviaba al novio una red como obsequio y ya estaba hecho el matrimonio, aunque en casi todos los grupos se hacía una gran fiesta y baile en el que participaban todos los integrantes de las rancherías de los novios.
En las tribus del sur se llegó a usar la poligamia, lo cual fue una preocupación constante para los religiosos que intentaron suprimir lo que consideraban vida bestial, aunque, como es sabido, esta costumbre fue común en varias civilizaciones antiguas y aun hoy en los miembros de ciertas religiones. En el caso de los antiguos californios, bien pudo haber sido un mecanismo natural con objeto de sostener la tasa de natalidad requerida para su supervivencia, o resultado de un desequilibrio en la tribu entre el número de mujeres respecto a los hombres. Además de que, como se ha expresado, nunca practicaron la embriaguez, los propios jesuitas, tan parcos en sus elogios a las costumbres indias, señalaron que no se robaban ni peleaban entre parientes o miembros de la misma tribu, y jamás acostumbraron la antropofagia.
Los cochimíes celebraban una fiesta que llamaban “cabet”, la cual consistía, según Píccolo, en la reunión de la gente de varias rancherías en cierta época del año, traían los hombres las pieles de venado que habían cazado y las tendían como tapetes en una casa. Llegaban los caciques y fumaban, mientras que el doctor o guama proclamaba alabanzas a los cazadores, algunos indios corrían " como locos" por una especie de calle, sobre las pieles, en tanto que alrededor, las mujeres bailaban y cantaban; pasado algún tiempo salían los cazadores y repartían las pieles a las mujeres para que fabricaran los vestuarios de ese año37. Aunque esta interesante festividad denotaba ciertas virtudes en estos pueblos, nunca fue ponderada por los misioneros como una bonita tradición y mucho menos estudiado a fondo su origen o significado.
Es casi seguro que los aborígenes peninsulares, al igual que otros pueblos prehispánicos, dieran frecuentemente a sus fiestas un carácter de representación teatral, en lo cual Miguel del Barco les concede cierto crédito al referirse a la celebración de las pitahayas: … El tiempo de las cosechas de las pitahayas era como el tiempo de su vendimia. En él estaban más alegres y regocijados que en todo lo restante del año … Así, estos naturales salen de sí, entregándose del todo a sus fiestas, bailes, convites de rancherías distintas y sus géneros de comedias y bufonadas que hacen, en que suelen pasarse las noches enteras con risadas y fiestas, siendo los comediantes los que mejor saben remedar, lo cual hacen con grande propiedad….
Otra celebración se llamaba tana ambei tecuhui (o ucambi) , “el hombre venido del cielo”, consistía esencialmente en lo siguiente: hacían una enramada grande a la que entraban los hombres sólamente, en donde había gran cantidad de comida que días antes juntaban sobre todo las mujeres. El “hombre venido del cielo” era un muchacho que se pintaba el rostro y se disfrazaba cubriéndose con pieles, el cual se escondía detrás de un cerro cercano; luego, en determinado momento, bajaba corriendo hacia la casa en donde los hombres lo recibían y lo obsequiaban con la comida; permanecían allí durante algún tiempo, y finalmente el muchacho salía para volverse al cerro, como que regresaba al cielo; en tanto, las mujeres permanecían un poco alejadas.
En el norte, los cucapás y cochimíes todavía celebraban hasta hace poco una fiesta el cuatro de octubre de cada año bailando y cantando las danzas de “la pajarita” y “el gato”; y los pai-pai, cada cuatro años tenían una reunión de gran importancia y hacían la fiesta de “el aguilucho”; los kiliwas, por su parte, celebraban hasta hace algunos años la “fiesta de las cabelleras”, que fue suspendida por su carácter belicoso. Una ceremonia especial se efectuaba con los jóvenes cucapás y kiliwas que llegaban a la adolescencia, al agujerarles la oreja derecha.
En aquellas sociedades se otorgaba a los ancianos cierta jerarquía y su palabra era escuchada con respeto por la mayoría como aún ocurre en las tribus del norte. Un ejemplo se dio cuando se confrontaron los indígenas y los españoles de Salvatierra, lo cual fue relatado por el misionero de la siguiente forma:
…Al irse retirando y apartando dos ancianos de ellos se pusieron por delante, y volviendo la cara para su gente, le hicieron señas con las manos a que se apartasen y sentasen. Después, volviendo la cara a nosotros nos hicieron las mismas señas a que nos aquietásemos y depusiésemos las armas, con esto sirvieron este día para medianeros…38; cabe aclarar que en esa ocasión, la intervención de los dos indios calmó los enardecidos ánimos de nativos y españoles, y se evitó, de momento, lo que pudo haber sido un encuentro sangriento. Por su parte, Nieser afirma que en Viñadaco, los ancianos se oponían al cristianismo alegando que todos se irían y nadie les llevaría comida, lo que hace pensar que en esas comunidades, quienes por su edad no eran capaces de procurarse sus alimentos, eran ayudados por los demás. Además de los ancianos como personas importantes, estaban los señores principales o caciques, de acuerdo con lo que relata Salvatierra:
…Llegó un indio alto … y tenía traza de cacique según la demostración que hicieron los demás….
Generalmente, estos jefes eran quienes se hacían respetar por su fuerza y valor o por su capacidad en la cacería y la pesca. En cada tribu había además hechiceros que conocían las hierbas medicinales y las venenosas más que la mayoría, y en sus actos curativos pretendían succionar con un largo tubo pegado a la parte enferma del paciente los males que le aquejaban; los pericúes les llamaban “niparajá” o “tuparán”, los guaycuras, “dicuinocho” y los cochimíes “guama”. Estos doctores o hechiceros aparecían en las fiestas cubiertos con una capa hecha de cabellos que adquirían como donativo de sus fieles y de los muertos, un penacho de plumas de gavilán en la cabeza, y un abanico en la mano también de plumas; entre los pericúes, en lugar de un penacho de plumas usaban una corona de colas de venado.
Siendo las principales personalidades, solían iniciar las festividades fumando tabaco silvestre39 en una pipa de piedra, según los misioneros, aunque más bien debe haber sido de cerámica o de una piedra semejante al talco. Se decía que, ya mareados con el tabaco, los hechiceros elogiaban a quienes eran generosos en sus obsequios, y amenazaban a los que no lo hacían. Edward K. Balls, en su libro “Early Uses of California Plants”, describe las pipas que usaban los indios del norte de California y los del desierto, afirmando que eran de madera o talco mineral, o el tubito de la pipa de madera y la casuela de talco mineral. Respecto a las capas de cabellos, Homer Aschmann ha señalado que su uso fue exclusivo en Baja California, ya que no se empleaban al norte de la actual frontera con Estados Unidos. Muchas capas de cabellos fueron quemadas por los misioneros, así como unos pequeños maderos con grabados que usaban en sus ceremonias.
Los californios tuvieron varias divinidades, y quizá en el norte practicaron la idolatría, como lo llegó a afirmar Linck en un reporte de 1762 sobre los indios del norte de San Borja. Los pericúes creían en el dios Niparajá todo poderoso y creador supremo del universo, y en su mujer Anajicondí, cuyo hijo, Cuajaip, vivió entre los hombres durante algún tiempo con objeto de brindarles sus enseñanza. Los cucapás adoraban a un ser superior identificado con el sol, mientras que los kiliwas, pai-pai y cochimíes del norte y centro peninsular también creían en un poder superior al de los hombres.
El padre Manuel Venegas, en su libro Noticia de las Californias, dice sobre la religión de los guaycuras: … Hay un espíritu principal que llaman Gumongo; éste envía las enfermedades y en tiempos pasados envió a otro espíritu a que visitase la tierra, a quien llaman Guyaiagui. Cuando éste vino, fue sembrando la tierra de pitahayas … Aquí otros espíritus inferiores que les servían les traían pitahayas para comer, y peces… La ocupación de Guyaiagui era hacer vestidos para sus sacerdotes, formados por los cabellos que le ofrecían Los indígenas del norte hablaban de un hombre que había venido del cielo para beneficiar a los humanos llamado tamá ambei ucambi tevivich, “el hombre venido del cielo”, en cuyo honor hacían la fiesta de la que ya se ha hablado. El pueblo de los guaycuras que vivían cerca de Loreto creían que el Sol, la luna y los luceros eran hombres y mujeres; que todas las noches caían al Mar del Poniente y se veían precisados a salir a nado por el oriente, en tanto que los indígenas de la isla Trinidad creían que mirar directamente a las “Cabrillas del Cielo” produciría desdichas.
Para tener una idea más completa del papel que desempeñaban los hechiceros o “doctores” entre los indígenas del sur, se transcribe enseguida la experiencia que tuvo el padre Ignacio María Nápoli al enfrentarse un día con un grupo de indios en la Ensenada de Las Palmas. Cavilando en sus problemas, cuenta Nápoli que caminaba un día solo, por la playa, cuando se dio el encuentro que enseguida se transcribe textualmente:
…me encontré con indios desnudos, que venían corriendo para mí, uno de ellos era muy alto y gordo, que es el hechicero principal entre ellos, pintado todo de negro que me pareció un demonio; tenía en la cabeza algunas [¿collas?] de pellejo de venado y varios plumajes, daba gritos tan horrorosos hacia el cielo, echando coplas y haciendo gestos insólitos, éste tenía unos bigotes muy grandes; yo no sabiendo qué hacer me encomendé al Señor. Les mostré mucho cariño diciéndoles algunas pocas razones en su lengua que tenía cogidas de los de San José, que son los mismos; les regalé dos cuchillos que tenía, y llevándolos conmigo vinieron a la tienda, donde les di de comer maíz cocido, los tapé con sayal, les di sombreros y frazadas, y entonces se acabaron los gritos de antes. Durmieron allí con nosotros, y oyendo que los demás decían que éramos buenos, y que querían enviar [a] llamar a su gente, que estaba abajo, pero que escondiéramos antes las bestias de las cuales mucho se espantaban, y especialmente de un perro del cual temblaban. 40.
Respecto a las fiestas y costumbres funerarias de los cochimíes del norte, se transcribe en el apéndice de este libro un texto de la obra de Fray Luis de Sales, quien fue testigo de las mismas.
En relación con sus muertos, los indios del sur los enterraban y las tribus del norte casi siempre los cremaban, según lo afirmó el padre Luis de Sales: ... Generalmente en muriendo alguno lo queman y no hacen prueba de si en realidad es ya difunto...41 Investigaciones recientes sobre el tema han demostrado que en los pueblos prehispánicos de la península había distintas costumbres, lo que haría muy prolijo un relato sobre las diversas formas como los nativos disponían de sus muertos. Sin embargo, se mencionan a continuación algunas investigaciones sobre las costumbres funerarias en el extremo sur de la Baja California.
En 1883, el holandés Ten Kate y después el francés León Diguet descubrieron sitios funerarios en el extremo de la península y en la isla Espíritu Santo, que esencialmente consistían en esqueletos pintados de rojo envueltos en hojas de palmas; y en 1947 el arqueólogo William Massey realizó estudios cuidadosos de tales hallazgos.
Estas y otras investigaciones demostraron que los primitivos californios de la región sur acostumbraban sepultar a sus muertos en pequeñas cuevas, frecuentemente en posición flexionada, envueltos en hojas de palma, y colocaban junto a los restos del difunto objetos como herramientas de piedra y hueso, así como ornamentos de conchas; finalmente se cubría el sepulcro con piedras y tierra. Se supo también que cuando el lugar había sido ocupado por otro cadáver, sus huesos se pintaban con ocre rojo y se acomodaban, los más pequeños dentro del cráneo, los largos se envolvían con hojas de palma y el cráneo se colocaba en el extremo; los huesos de la cadera y los omóplatos se ponían cerca del cráneo, y las costillas se situaban cubriendo los huesos largos y el cráneo. Aunque se sabe que todavía en tiempo de las misiones se acostumbraba esta práctica, los españoles nunca se refirieron a ella
En la playa El Conchalito, de La Paz, se encontró un sepulcro antiguo en el cual los restos óseos están en posición extendida, con los brazos a los lados del cuerpo, pero en lo general en los antiguos sepulcros peninsulares del sur se practicó la costumbre muy frecuente en los pueblos primitivos de todo el mundo de enterrar a sus muertos con el cuerpo flexionado, en posición fetal, con rodillas y manos a la altura aproximada del pecho, sin importar la orientación del cadáver, que podía quedar boca abajo, de costado o con la cara hacia arriba.

Resguardo rocoso de Babasuri, en la isla Espíritu Santo, B.C. Sur, en donde la arqueóloga Harumi Fujita encontró evidencias de poblamiento humano desde la era del Pleistoceno. Tomado de “An Interview with Harumi Fujita”, The Hidden Magic of Baja California.
El cuerpo se ataba con cordeles para que conservara la postura indicada, se preparaba un agujero de un medio metro de profundidad colocando en su fondo conchas, sobre las que se ponía el cadáver, y encima de éste cenizas y pedazos de conchas. En ocasiones, el cuerpo era envuelto en una piel de venado, y era común que se agregaran a la tumba objetos de uso cotidiano y algunos adornos.
En esta región de El Conchalito también se han encontrado sepulcros en los que los restos humanos están en una posición intermedia entre la extendida horizontal y la flexionada o fetal, pues la cabeza y tórax se encuentran hacia arriba, en tanto que las rodillas están flexionadas y dirigidas hacia un lado; esta postura tal vez se lograba haciendo la torsión de la cadera en un giro de noventa grados cuando el cuerpo del difunto ya estaba en descomposición, o cortando ligamentos y músculos en los casos en que la persona fuera amortajada recién fallecida.
En otros casos, se han encontrado sepulcros en los cuales los cadáveres exhumados fueron seccionados en diversas partes, las que se acomodaron cuidadosamente en la tumba; esto implica la costumbre de una doble inhumación, la segunda realizada unos seis meses después de la primera; la posible causa para esta forma de sepultar a sus muertos, según la hipótesis más conocida del antropólogo físico Alfonso Rosales-López, es que al llevar a cabo la torsión de la cadera y la separación de otras partes del cuerpo, el espíritu del difunto podía liberarse, y entonces es cuando la persona realmente moría. Es casi seguro que el amortajamiento se llevaba a cabo tan pronto como fallecía la persona, antes de que apareciera el rigor mortis en el cuerpo. Sobre esto, el misionero jesuita Juan Jacobo Baegert escribió en 1772 sobre la supuesta costumbre que tenían algunos indígenas de enterrar a sus enfermos vivos en determinadas ocasiones, y pudo haberse acostumbrado esto para lograr la torsión que se ha mencionado antes en el cuerpo del casi fallecido con más facilidad, aunque esto es dudoso porque el misionero no agrega datos sobre la manipulación del cadáver.
En la isla Espíritu Santo al norte de La Paz, también se han encontrado sepulcros muy antiguos, de indígenas que vivieron en la región con características semejantes a los de El Conchalito. Abundan en la isla sitios que fueron campamentos abiertos, cuevas habitacionales y mortuorias, concheros, restos líticos, huesos tallados, pinturas rupestres, piedras dispuestas para fogatas, puntas de piedra para sus armas, ornamentos de conchas, y una extensa red de veredas. Según la investigadora Harumi Fujita el sitio quizá fue habitado desde 40 000 años A.P., lo cual puede cambiar drásticamente las teorías actuales sobre la antigüedad del hombre en América42.
Algo que permitía a los cochimíes ubicarse en determinada época del año, era la cosecha de las pitahayas y otros frutos, y siendo aquellas parte importante de su dieta, hacían en ese tiempo una fiesta. Al día lo llamaban ibó, que significaba sol; a la primera estación, la más alegre y feliz por corresponder a la cosecha de las pitahayas le decían mejibó, y abarcaba desde julio hasta parte de agosto; la segunda correspondía también a un tiempo de abundancia ahora por las pitahayas agridulces, las tunas y otros frutos, y se nombraba amadá-appí e incluía de agosto a parte de octubre, llovía un poco y el campo reverdecía; la tercera estación comprendía desde octubre hasta parte de diciembre, cuando empezaba a secarse el pasto, y se llamaba amadá-appigalá; la cuarta era la más fría de todas, de diciembre a mediados de febrero y recibía el nombre de majibel; a ésta le seguía majiben, que comenzaba en febrero y terminaba a mediados de abril; y la sexta y última estación era majiben-maají, que era la época más dura para los nativos por la escasez de alimentos; en esta temporada comían mezcal , animales que cazaban o atrapaban, las semillas tostadas que habían guardado tiempo atrás y pescado.
Respecto a conceptos numéricos los cochimíes, según Clavijero, manejaban los siguientes: uno tepeeg; dos goguó; tres combió; y cuatro magacubuá; el cinco lo llamaban naganná tejueg ignimel, que significaba una mano entera. De allí en adelante podían continuar la numeración diciendo una mano más uno, una mano y dos, etc.; para el diez decían naganná ignimbal demuejueg, que significaba todas las manos; el quince se decía las manos y un pie, y para el veinte las manos y los pies. El Dr. Héctor Benjamín Trujillo Rodríguez, en su libro Las Lenguas Hokanas de Baja California, menciona numerales usados actualmente hasta el mil en cochimí- kumiai, pai-pai, cucapá y kiliwa, aunque obviamente difieren de los antiguos números mencionados por Clavijero. y no se establece la antigüedad que tienen dentro del vocabulario de esas tribus.
¿Por qué los primitivos indios americanos tuvieron un menor desarrollo tecnológico que los pueblos europeos y asiáticos?
Para responder a esto se pueden emplear diversas perspectivas biológicas, antropológicas y sociales, pero la lógica más elemental aporta cuatro premisas indispensables para derivar una conclusión, las cuales se mencionan enseguida.
Primera, la rapidez en el progreso tecnológico de un grupo humano depende en gran parte de situaciones azarosas, ejemplo de lo cual puede ser el hallazgo del hierro meteórico casi puro que realizaron algunos hombres en Asia hace tres o cuatro mil años, debido a que viajaban constantemente por regiones con frecuentes depósitos de hierro nativo, lo que les permitió llegar al uso y aplicación del metal y el acero antes que otros pueblos.
Segunda, el progreso tecnológico tiene una relación directa con el número de personas que formen ese grupo, o dicho de otro modo, en un conjunto humano numeroso hay más posibilidades de que surja la chispa intelectual necesaria para el progreso que en una sociedad de pocas personas.
Tercera, la posibilidad de comunicación entre pueblos distantes es factor que conduciría al intercambio de información y consecuente progreso de esa cultura, lo que no sucede si hay aislamiento.
Cuarta, la hostilidad del medio ambiente, sobre todo por la escasez de agua y alimentos, es limitante que multiplica las dificultades para el progreso cultural de los pueblos, cuyos integrantes tienen que canalizar sus potencialidades hacia lo que es más urgente: la simple supervivencia.
Aun Baegert, el más severo crítico de los antiguos californios, llegó a decir en el capítulo VIII de su obra, refiriéndose a los niños indígenas: ...*Están dotados de razón y comprensión como la demás gente, y creo que, si en su temprana niñez fueran enviados a Europa, los muchachos a seminarios y las muchachas a conventos, llegarían tan lejos como cualquier europeo en buenas costumbres, virtudes, en todas las artes y en las ciencias...*El misionero alemán cambió su opinión sobre los indios californios y llegó a escribir una verdadera apología sobre ellos, comparándolos con las cristianas sociedades de Europa, de lo cual se habla en otra parte de este libro.
Lo dicho es sólo un pequeño reflejo de la vida que aquellos grupos humanos llevaron hace siglos, pero es suficiente para entender que, aun sin tener una remota semejanza con el modelo cultural de los españoles, los californios no merecen ubicarse en la bestialidad y la barbarie.
Consúltese el vocabulario. ↩︎
Las manifestaciones culturales mencionadas se dieron en mayor o menor grado en las etnias peninsulares, sobre todo entre los cochimíes, de acuerdo con las relaciones hechas por los misioneros jesuitas. ↩︎
En el ensayo Criticando a los críticos: Valorando a los pueblos nativos de California, de Robert G. Schafer, profesor emérito de la Universidad de Michigan, se hacen los siguientes comentarios: ...Los nativos californios eran cazadores recolectores. Sus críticos europeos eran antiguos practicantes de la agricultura...Para observadores de cada grupo, la conducta de los miembros del otro debió parecer irracional...Debemos tener mucho cuidado cuando juzguemos a pueblos con sistemas de vida profundamente diferentes del nuestro. Lo más probable es que tales sistemas tengan una explicación lógica, no aparente de inmediato, pero que al examinarse tendrá más sentido que lo que pareció al principio... ↩︎
“What Columbus saw in 1492”; Scientific American, diciembre de 1992; p. 100. ↩︎
El otro México, Biografía de Baja California; SEP-UABC, 1997; Fernando Jordán; p. 97. ↩︎
Aunque impropiamente, se da el nombre de cochimíes en el noroeste de la península a algunos grupos hablantes de diegueño del sur. Panorama Histórico de Baja California. David Piñera Ramírez, p. 39. ↩︎
Los climas que se mencionan en este libro se basan en la clasificación de Köppen. ↩︎
Loreto, Capital de Las Californias; FONATUR, CONACULTA y CECUT, 1997; Miguel León-Portilla, p. 104. ↩︎
Visión histórica de la frontera norte de México, tomo II, UABC, 1994, Coordinador David Piñera Ramírez; p. 58. ↩︎
Barco, S.J., Miguel del. Historia Natural y Crónica de la Antigua California, Edit Miguel León-Portilla. UNAM, 1972, p. 177. ↩︎
Historia de la Antigua o Baja California; Francisco Xavier Clavijero; Editorial Porrúa S.A., 1990; p. 55. ↩︎
Las Fundaciones Misionales Dominicas en Baja California, 1769-1822. Albert B. Niesser, UABC, 1998, p. 404. ↩︎
Ibídem, p. 404. ↩︎
…Viven en rancherías de veinte, de treinta, de cuarenta y cincuenta familias; pocas más, o menos ; no usan de casas, la sombra de los árboles les sirve para resistir los bochornos del Sol, y las ramas, y hojas de los mismos, para guarecerse en la noche contra la inclemencia del tiempo; en el rigor del invierno viven en unas cuevas que hacen en la tierra, y en todos estos resguardos moran muchos juntos como brutos . “Informe y relacion succinta que de la nueva conversion, estado y progressos de la California hizo, y presentó a la Real Audiencia de Guadalaxara por su orden, el P. Francisco Maria Picolo …” traducido y editado por George P. Hammond, Dawson Booh Shop, Los Angeles, 1967. pp. 11-12. ↩︎
Las fundaciones misionales dominicas en Baja California, 1769-1822. UABC, 1998. Albert B. Niesser. p. 307. ↩︎
20 Cap. X del “Informe de la expedición a Cíbola hecho en 1540…” escrito por Pedro Castañeda de Nájera. ↩︎
Improvisaban cercos en el monte para facilitar la cacería de conejos y liebres. Diario de C. Guillén, 20 marzo 1719. ↩︎
Miguel del Barco, S. J., Historia natural y crónica de la antigua California, pp. 123, 124. ↩︎
“The San Diego Union Tribune”, “San Diego in 1492”, Scot La Fee, 7 Oct. 1992. El autor molió las bellotas procesadas y elaboró una tortilla en el comal que resultó comestible y sin sabor amargo ↩︎
Barco, op.cit., p. 98. ↩︎
“The Beginnings of San Francisco”, 1912, San Francisco. Skinner Eldredge Zoeth. ↩︎
Los incendios fueron observados por navegantes que pasaron frente a las costas del noroeste de Baja California ↩︎
Francisco Palou reportó sobre la misión de San Diego en 1772: .*..Los salvajes subsisten con las semillas del zacate que cosechan en la temporada. Con éste hacen gavillas, como es la costumbre con el trigo...*Es probable que Palou se refiriera a algún grano parecido a la “avena bronca”, muy abundante en el noroeste de Baja California. ↩︎
Las armas son el arco y flechas y la lanza, pero éstas siempre las llevan en sus manos, algunas veces en la persecución o en la defensa contra sus enemigos,... Píccolo, op.cit., p. 157. ↩︎
Actualmente existe una agrupación llamada “World Atl Atl Association” en Ocotillo, California, que agrupa a 400 miembros que practican competencias de lanzamiento en Estados Unidos y Europa, calificando distancia y precisión ↩︎
Eugene J. Triple, en un reporte antiguo sobre los yumas que puede hacerse extensivo a los cucapá, expresó que no hacían canoas sino balsas de palos. “The Yuma Indians”, The Overland Monthly, junio de 1889, p. 564, San Francisco. ↩︎
Barco, op.cit., pp. 69, 70. ↩︎
Ibíd., p. 186. ↩︎
Píccolo, op.cit., p. 158. ↩︎
Albert B. Niesser, op. cit., p.406. ↩︎
Consag expresó refiriéndose a la olla de barro: el cual saben beneficiar bien para su uso. Consag, “Derrotero del viaje que en descubrimiento…”; Bib. Nal. De Méx., Colec. Archivo Franciscano, ficha 301, 2003. ↩︎
La palabra hokano proviene de un término que significa “dos”, el cual, para quienes sostienen la hipótesis, se encuentra en varias lenguas de América, algunas extintas. Las raíces son xwak en proto-yumano, ookx en seri, y ogé o ukwe en el chontal de Oaxaca. ↩︎
Píccolo relató que hombres y mujeres se ocupaban usualmente en hacer tejidos con hilos de hierbas fibrosas ..*.o de substancias filamentosas que encuentran en las cáscaras de ciertos frutos. De los tejidos finos hacen los adornos que ya se han mencionado, y de los toscos hacen bolsas para diferentes propósitos y redes para pescar…*Píccolo, op.cit., p. 157. ↩︎
Miguel León-Portilla, op. cit., p. 110. ↩︎
La Fee, Scott, op.cit.. Cons. PCAS Quart., Vol, 35, 2&3, Spring-Summer 1999, Koerper y Whitney-Sesautels, p 81a 95. ↩︎
Loreto, capital de las Californias, León- Portilla, op.cit., p. 114. ↩︎
Barco, op.cit., p. 187. ↩︎
Miguel León-Portilla; op. cit.; p. 111. ↩︎
Los españoles lo llamaban chacuaco, al igual que a la pipa. ↩︎
Nápoli, Ignacio María. “Breve relación de la nueva entrada al sur, en la copiosa gentilidad de la nación coras para la nueva fundación de la misión de Santiago de las Palmas, que fundó el Señor Marqués Don Joseph de la Peña, Fuente y...”, Colecciones Mexicanas, Biblioteca Nacional de México, Colección Archivo Franciscano, (3/52.1, f. 1-9v.), ficha 286, México, D.F., hoja 7. ↩︎
Sales, fray Luis de. Noticias de la Provincia de Californias, 1794, p. 50. Cabe agregar a lo dicho por Sales que las tribus del Colorado también cremaban a sus muertos, algunas veces la pira funeraria se hacía en un hoyo de un metro de hondo, allí se colocaba la leña, y otra poca sobre el cuerpo, hasta una altura de unos dos metros. Al fuego se agregaban algunos efectos personales. Al final, las cenizas se enterraban. Tripple, op. cit., pp. 582-583. ↩︎
Hrumi Fujita excavó en 5 lugares para obtener conchas que fueron datadas por el método de carbono 14. En el año 2000 recibió los resultados que para su sorpresa eran de 36,000 a 42,000 A.P..Uno de los varios elementos que hacen suponer a la arqueóloga japonesa que las conchas fueron parte de los alimentos empleados por seres humanos es que están abiertas, algunas con muescas que se produjeron al abrirse con algún instrumento lítico. ↩︎