Antonio Ponce Aguilar

De Cueva Pintada a la Modernidad
Capítulo VIII: 
El comienzo de una epopeya

…Tenemos que aprender su difícil lenguaje, hundamos en agua estas moscas hasta que estén moribundas e inmóviles, y pongámoslas después en el sol para que se empiecen a mover, así aprenderemos las palabras que pronuncien los gentiles para decir “resurrección” … 1

La expedición de Atondo y Kino

Para que la penetración española en California fuera una realidad, se necesitaban hombres de temple, de paciencia inagotable y una auténtica fe religiosa, condiciones que se reunían con plenitud en los evangelizadores de las diversas órdenes que fueron llegando a la Nueva España desde 1526.

Fundada por Ignacio de Loyola en París en 1534, la orden de la Compañía de Jesús, que agrupaba a los jesuitas, ignacianos o “sotanas negras”, apenas había sido aprobada como orden religiosa en 1540 por el papa Paulo III, pero pronto sus misioneros fueron llegando a la Nueva España procedentes de diversos países europeos y de algunas colonias americanas, en muchos casos acreditada su erudición por destacados centros de estudio del viejo mundo; algunos relacionados con príncipes y nobles, sin pensar que en los páramos californianos encontrarían grandes sacrificios y en algunos casos la muerte2.

El padre Eusebio Francisco Kino, según uno de varios conceptos artísticos que existen

San Ignacio de Loyola o Íñigo López de Recalde, fundador de la Compañía de Jesús

Debe señalarse que desde su inicio la Compañía tuvo enemigos poderosos, en parte debido a que su fundador pugnaba por una renovación de la Iglesia, ya que como lo dice Pastor, la corrupción del Renacimiento invadía hasta la misma silla de San Pedro3, además de que por sus características llegó a constituirse en el instrumento más importante de la contrarreforma*.* Francisco de Borja era un español de la más destacada nobleza, y cuando en 1546 murió su esposa, Eleanor Castro Melo e Meneses, Francisco decidió ingresar a la Compañía de Jesús, dejó todos sus títulos a su primogénito Carlos, y para 1565 se convirtió en el tercer general de la Orden. Como Superior General de la Compañía de Jesús, le concedió especial importancia al trabajo misionero en América; de acuerdo con el pensamiento que desde 1549 el mismo San Ignacio había escrito4.

Desde el 9 de septiembre de 1572 desembarcaron los primeros jesuitas en Veracruz bajo las órdenes del padre Pedro Sánchez5, y para el siglo XVII, las condiciones para que se establecieran las primeras misiones permanentes en la península de Baja California estaban casi dadas, aunque faltaba el elemento más importante, el capital, que la corona no estaba dispuesta a arriesgar en una empresa como ésta. Sin embargo, cuando fueron surgiendo hombres como el piadoso Alonso Fernández de la Torre, quien al morir en 1671 dejó su gran fortuna a la Compañía de Jesús para que se levantaran misiones en Sonora y California, y otros generosos donantes como don Juan Caballero y Ocio y don Pedro Gil de la Sierpe, quienes también hicieron sus aportaciones a la orden, se tuvo la capacidad económica para realizar la magna obra.

Isidro Atondo y Antillón fue personaje importante en las primeras exploraciones de la península, con las que se pensó iniciar formalmente la colonización y evangelización de los primitivos indios californios. Fue soldado en España desde los 19 años, y después de participar en varias campañas y servir en la flota del Duque de Veragua, llegó a la Nueva España en donde fue nombrado gobernador de Sinaloa en 1676. Dos años después, durante el reinado de Carlos II, en respuesta a su solicitud para colonizar y explorar California fue nombrado almirante y se le otorgaron los derechos requeridos, siendo virrey de la Nueva España fray Payo Enríquez de Rivera, arzobispo de México, habiéndosele confirmado el cargo por medio de una Real Provisión fechada el 29 de diciembre de 1679 con el título de Almirante de las Californias.

En el contrato que celebraron Atondo y el virrey para la colonización y explotación de perlas en la península se establecían las siguientes condiciones: el rey proporcionaría dos fragatas con sus lanchas y un barco con los pertrechos necesarios; 8 pedreros, 50 arcabuces de chispa, 100 palas, 50 azadones*;* y además se le entregarían 6 000 pesos para frazadas, huipiles, cuchillos y otros objetos con los que se ganaría la amistad de los gentiles; se llevarían algunos indios para los trabajos necesarios; al principio no irían mujeres en la expedición, sólo algunas indias para hacer la comida y lavar la ropa; y si encontraba perlas o plata debería descontar el quinto para su majestad.

De inmediato, Atondo ordenó que se construyeran los barcos en el astillero de Nío, a orillas del Río Sinaloa, a donde llegaron en 1682 los misioneros jesuitas Eusebio Francico Kino, Matías Goñi y Juan Bautista Copart con el propósito de participar en la expedición, ya que, aparte de explotar las perlas y formar una colonia civil, se pretendía plantar una misión.

Kino, de sangre germánica, nació en Segno, al norte de Italia, el 10 de agosto de 1645, ingresó a la Compañía de Jesús en 1665, y obtuvo una sólida preparación intelectual en las escuelas jesuitas de Trento, en Italia, y Hall e Ingolstadt en Alemania; dominaba varias lenguas europeas aparte del griego y el latín, así como las matemáticas y la astronomía. En alguna ocasión pensó viajar a China, pero cuando supo de la obra evangelizadora que se hacía en la Nueva España, pidió su asignación a este lugar, llegó a Veracruz en 1681, y le correspondió viajar a California en la expedición de Atondo como cosmógrafo mayor, y con la orden de establecer misiones.

Atondo bautizó las embarcaciones con los nombres de “La Limpia Concepción” o “La Capitana”, bajo el mando del capitán Blas de Guzmán, el “San José y San Francisco Javier”, o “La Almiranta”, cuyo capitán era Don Francisco de Pereda, y la Balandra, comandada por el Capitán Diego de la Parra. Los personajes destacados que iban en la expedición eran Kino, como Cosmógrafo Real en el “San José”, y en “La Almiranta” Atondo y el padre Matías Goñi. Fray José de Guijosa, de la orden de San Juan de Dios, y con la responsabilidad como cirujano6, iba probablemente en “La Capitana”. El padre Antonio Suárez de San Luis Potosí, fue nombrado capellán de las embarcaciones, pero no pudo llegar a tiempo a Sinaloa por enfermedad.

Después de navegar de un puerto a otro recogiendo personal y haciendo los preparativos necesarios, al ponerse el sol del 18 de marzo de 1683 se hicieron a la vela rumbo a California, navegaron un tiempo frente a la costa oriental de la península, y arribaron a La Paz probablemente el 1º de abril del mismo año, aunque la balandra se retrasó por razones que se mencionan más adelante; lo sucedido inmediatamente después de arribar los españoles lo narra el padre Kino en una carta dirigida a un amigo y que dice:

...Al siguiente día, 1º de abril, entramos, navegando hacia el sur hasta la boca del puerto de La Paz. Algunos de los hombres fueron a tierra y encontraron un hermoso aguaje, mucha leña, un pantano, un bosquecillo de palmas y muchas huellas de indios.….El lunes comenzamos a construir una pequeña iglesia y un pequeño fuerte o Real de Nuestra Señora de Guadalupe, y desde este día comenzamos a vivir y a dormir en tierra…

…El miércoles en la mañana, cuando casi todos los hombres estaban limpiando de monte una pequeña elevación y cortando palos para nuestras edificaciones oyeron algunos gritos. Inmediatamente todos los soldados tomaron sus armas. Los indios llegaron dando alaridos, armados con arcos y flechas, pintados en señal de guerra, cuando menos defensiva, y haciendo señas de que debíamos dejar sus tierras...‘Auric, auric, Váyanse, váyanse’, gritaban...El padre Goñi y yo fuimos entonces hacia ellos, les dimos maíz, panecillos, y cuentas de vidrio, que ellos rehusaron tomar de nuestras manos, pidiéndonos que las dejáramos en el suelo; pero después comenzaron a tomarlas directo de nuestras manos. Ahora comenzamos a ser muy amistosos y

familiares y ellos nos dieron cabezas de mezcal tatemado que estaban muy buenas, pequeñas redes muy bien hechas, y plumas de pájaros que usaban en sus cabezas. 7.

Algunos autores mencionan que Kino cambió el nombre de La Paz por el de Nuestra Señora de Guadalupe, pero en realidad el misionero se refería sólo al fuerte que se estaba levantando. Poco después intentó rebautizar a California nombrándola Carolinas en honor al rey, aunque ambos nombres no fueron perdurables.

En las primeras tres semanas se exploró la bahía, se empezó la construcción de una iglesia y un fuerte, “La Capitana” fue carenada antes de que saliera rumbo al Yaqui para conseguir caballos y provisiones, se hicieron algunas siembras, y algunos hombres se dedicaron a cazar venados y otros animales del monte para alimentarse.

Los tres misioneros sabían que el éxito de su misión dependía en gran parte de que pudieran establecer inicialmente una buena relación con los indígenas, por lo que se pusieron a estudiar las lenguas que hablaban; se realizaron varias exploraciones por los alrededores, lograron obtener algunas perlas, y encontraron una isla con gran cantidad de sal. Pero la pequeña colonia tenía serias dificultades para sostenerse autónomamente, poco a poco empezaron a surgir actitudes hostiles y de desconfianza recíproca entre colonos e indígenas, y los españoles fueron sintiéndose cada vez más inseguros.

Por aquel tiempo, el “tambor” mulato de la expedición se desertó, y no se supo de él hasta que los coras fueron con Atondo a informarle que los guaycuras lo habían asesinado en una ranchería en la cual lo habían recibido. Aunque esto era una mentira, Atondo no se preocupó por comprobar la veracidad de lo dicho por los coras, y el impulsivo almirante planeó un cobarde golpe contra los guaycuras.

Mapa 25. Rutas seguidas por el Padre Eusebio Francisco Kino en su expedición a California en 1683

Las flechas de llegada y regreso en la esquina inferior derecha indican procedencia de Chacala y rumbo al sur a ese puerto. La línea de guiones negros la travesía del golfo al Pacífico.

  1. Mazatlán.
  2. Nío.
  3. La Paz.
  4. San Lucas, hoy Agiabampo.
  5. San Bruno.
  6. San Isidro.
  7. Conunchó o Conchó.
  8. Yaqui.
  9. San Juan Bautista en la actual bahía Kino.
  10. Is. del Carmen. 11 Puerto de Año Nuevo o Boca de San Gregorio. 12 Is. de Tiburón.
  11. Puerto de Año Nuevo o Boca de San Gregorio.
  12. Is. de Tiburón.

El 3 de julio de 1683, de acuerdo con lo informado por el propio Atondo, dieciséis guerreros guaycuras llegaron al campamento español comportándose pacíficamente. El almirante temía que todo fuera un engaño para rescatar a un compañero que se encontraba en el real, por lo que tramó y ejecutó el asesinato de aquellos nativos de la siguiente forma: para no despertar su desconfianza, ordenó que se les invitara a comer y se les diera atole de maíz; los indios guaycuras inocentemente se sentaron en el suelo a tomar sus alimentos en determinado lugar. Atondo ordenó entonces que se disparara al grupo con un pequeño cañón que ya estaba preparado y apuntando a aquel sitio; de lo cual resultaron tres nativos muertos y los demás escaparon, algunos de ellos heridos. Atondo quizá no pensó entonces que acababa de sembrar la semilla de un rencor feroz entre los naturales del sur de la península contra los europeos, algunos de los cuales serían asesinados con lujo de crueldad 5 décadas después.

Clavijero refiere que … las hostilidades fueron rotas inconsideradamente por el almirante..8., lo que parece indicar que los acontecimientos se precipitaron debido al nerviosismo del mando español; lo cierto es que, como se ha dicho, este incidente tuvo después consecuencias negativas para la conversión de los guaycuras9.

Este crimen acabó de exasperar los ánimos de los indios, lo que apresuró la salida de los españoles de La Paz, la cual se llevó a cabo el 15 de julio de 1683. Los frustrados expedicionarios llegaron al puerto de San Lucas, en la bahía de Agiabampo, Sinaloa, pero Kino, Goñi y Atondo no renunciaban a llevar a cabo la colonización de California, e hicieron sus mejores esfuerzos y gestiones para que se les permitiera un nuevo intento.

Regresando un poco en el tiempo, cabe aclarar lo acontecido con “La Balandra” que se había separado del resto de la flotilla. Cuando los expedicionarios encabezados por Atondo y Kino regresaban a Sinaloa a mediados de julio de 1683, “La Balandra” bajo el mando del capitán Parra, que se había retrasado en el viaje a California por múltiples y graves problemas, apenas se dirigía a su destino, y cuando después de tocar varios puntos de la costa el 19 de julio llegó a La Paz, al saltar a tierra sus tripulantes se sorprendieron al ver que la colonia estaba abandonada y saqueada por los indios. Parra y sus hombres volvieron a navegar cerca de la costa, desembarcando en varios lugares en los que llegó a tener contacto con los nativos, siempre indagando por el paradero de los expedicionarios, pero todo en vano, y después de seis meses de infructuosa búsqueda, presionado por el descontento de los marineros, Parra ordenó el regreso, a los pocos días desembarcaron cerca de la boca del río Sinaloa, y sin saber que Atondo estaba en ese momento a unos kilómetros al norte zarpó hacia Mazatlán. Poco después el fiscal que leyó el informe de Parra en la ciudad de México, le otorgó el crédito de considerar los resultados de su expedición más prometedores que los del almirante Atondo. En aquel juego de esconderse y buscarse con Atondo, Parra había invertido más de 6 meses, y “La Balandra” había quedado casi inservible.

Retomando las acciones de Kino y Atondo que habían logrado la autorización para otro viaje a la península, el 29 de septiembre, habiendo reabastecido sus bodegas, llevando el equipo y hombres que se consideraron necesarios para el nuevo intento colonizador, zarparon otra vez por el golfo, a la boca del río Grande, hoy arroyo de San Bruno, un poco al norte de isla Coronados, a donde llegaron el 5 de octubre de 1683. Ese día, según el acta levantada en esa fecha, los expedicionarios tomaron posesión del lugar situado en la costa a los 26º 13´ 38.10¨ N, al que se bautizó como San Bruno por ser los festejos del santo en ese día. Las expectativas eran muchas y el optimismo se notaba en todos, en parte tal vez porque en esa época del año el gran valle estaba verde, había árboles, aparte de que empezaron a llegar nativos amistosos. Las etnias vecinas de San Bruno eran los didius al norte y los edúes al sur. Éstos fueron visitados por el capitán Guzmán el 9 de octubre, y por celebrarse ese día la fiesta de San Dionisio, llamó con ese nombre al cacique de la ranchería, que en su lengua se llamaba “Ibo”, o El Sol.

Esta vez los expedicionarios pudieron establecer buenas relaciones con los edúes, pertenecientes al pueblo guaycura, así como con otras etnias que fueron conociendo poco a poco. Aun con tan buen inicio, se tomaran providencias para resistir cualquier ataque de los nativos, hicieron una estacada y hasta proyectaron un fuerte para proteger el real, aunque nunca se hizo. Días después edificaron una pequeña capilla y se dieron a la tarea de preparar un campo de cultivo para sembrar granos y plantar algunos frutales. Quizá entre las acciones de los españoles que fueron causando una impresión favorable entre los indios, estuvieron la construcción de algunas habitaciones destinadas a ellos, y la dedicación de los padres para el aprendizaje de su lengua. Esta última tarea se la repartieron los misioneros de la siguiente forma: Goñi estudió la lengua de los coras, Kino la de los guaycuras y Copart la de los edúes; poco después este misionero escribió en ese idioma un catecismo completo que mucho facilitó el trabajo de otros religiosos que llegaron posteriormente; tres años después, el padre Copart perdió la razón y tuvo que ser enviado a la ciudad de México para su atención.

Todo el trabajo realizado entonces, y el haber celebrado el 30 de octubre la primera misa en la iglesita del poblado teniendo en el altar una imagen de la Virgen de Guadalupe, ha hecho que San Bruno sea considerada por algunos como la primera misión establecida en Baja California, pero dada su corta duración y reducido alcance en objetivos logrados, de lo que se habla más adelante, se acepta universalmente que Loreto fue la primera misión que perduró como tal en esta tierra. Como era costumbre cuando se establecía un real, los españoles hicieron algunas exploraciones; por el sur llegaron hasta el lugar que los indios llamaban Conchó o Conunchó, a unos 32 Km. de la colonia, frente a la isla del Carmen, donde después se fundaría Loreto, en lo que desde entonces se llamó Bahía de San Dionisio. Kino y Atondo hicieron una primera “entrada” o exploración hasta unos 25 kilómetros al noroeste del real, al paraje nombrado en los mapas de la época “Llanos de San Pablo”, junto con 6 hombres a caballo y 6 a pie, encontraron aguajes y también nativos amistosos.

El 1º. de diciembre de 1683 establecieron cerca de ese lugar, llamado Londó por los naturales, unos 8 Km. al noroeste de San Bruno, un campamento alternativo que bautizaron como San Isidro, presentaba ventajas importantes, como la permanencia del agua y tierras más fértiles, y en donde posteriormente se intentaría establecer la misión de San Juan Bautista Londó. Además, los nativos habían insistido mucho para que los españoles se fueran a vivir a ese lugar, lo que habla de la buena relación que se tenía entre aquellos grupos humanos tan diferentes, y a pesar de que Atondo había sido violentamente agresivo con los indígenas.

El padre Kino era generoso y amable con los indios, sobre todo con los niños. A veces subía a éstos a su caballo y cuando sus padres los llamaban no querían irse; el misionero sabía que sólo con afecto atraería más a los indios. A pesar de lo dicho, extrañamente Kino no logró que aceptaran plenamente el cristianismo, pues en un año y medio sólo pudo bautizar a 11 niños, el padre Goñi debe haber tenido resultados parecidos y la misión de San Juan Bautista Londó nunca pudo terminarse, habiendo llegado años después sólo a pueblo de visita.

La segunda entrada la iniciaron Kino y Atondo hacia el interior en ese mes de diciembre con 25 soldados, bastantes indios incluyendo algunos mayos de Sonora, así como 14 caballos y 6 mulas con provisiones para 12 días. El padre Goñi y el capitán Guzmán se quedaron en la colonia, además de 10 marineros de “La Capitana” que se resguardaba en isla Coronados. La expedición se dirigió al oeste noroeste, tocaron San Isidro, y luego, en lugar de seguir hasta los Llanos de San Pablo, voltearon directo al oeste hacia la sierra de La Giganta.

La subida de la sierra fue muy difícil, los exploradores que se adelantaban para buscar el mejor paso mandaron decir a Atondo que sería imposible ascender con los caballos, por lo que al siguiente día se tuvieron que quedar 6 hombres cuidando las bestias, todos los demás tuvieron que continuar a pie cargando su propia mochila por la escabrosa pendiente, y en ocasiones el corpulento y pesado almirante tuvo que ser prácticamente izado con cuerdas para poder ascender por rutas casi verticales en algunos trayectos.

Al llegar a lo alto, Kino bautizó la sierra con el nombre de La Giganta, ...por ser tan alta, que al atardecer puede ser vista desde Yaqui, y así mismo porque hace unos días algunas personas dijeron y creyeron que en estas tierras de los noys había gigantes. Nombramos a la cordillera La Giganta. 10. Cabe aclarar que a medio camino, Atondo no pudo continuar el viaje y se quedó acampado a orillas de una laguna que llamaron Santa Bárbara. Los exploradores encontraron tierras fértiles y algunos indios, que casi siempre huían al ver a los hombres blancos y las bestias; desde lo alto de una cima los españoles pudieron ver otro lago y un hermoso valle, cuyos detalles apreciaron mejor con la ayuda de un catalejo.

La expedición había llegado hasta un lugar cercano a lo que hoy es Comondú Viejo, y se hallaban a unos kilómetros de donde se había quedado el almirante. Kino se hacía acompañar de un pequeño indio llamado Salvador, nombre con el que bautizaron al lago visto desde lo alto. Poco más allá de este lugar, los españoles se sorprendieron al ver que diecisiete indios venían de lo alto de un cerro armados con arcos y flechas, comandados por un jefe de gran estatura; los soldados prepararon sus armas, pero Kino se les adelantó con otras mejores: ofreció como obsequio a los visitantes pañuelos rojos y cuentas de vidrio. Los nativos se aproximaron, pusieron sus armas en el suelo en señal de paz, y el misionero les puso los pañuelos en la cabeza y les colgó collares en el cuello, lo que acabó con cualquier recelo entre aquellos hombres. Los indios informaron a Kino que cerca estaba un río, el cual debe haber sido el que hoy lleva por nombre La Purísima. Para el día 6 de diciembre, los exploradores regresaron a donde los esperaba Atondo, y de allí volvieron a San Bruno a donde llegaron a eso de las 4 de la tarde.

Aquellas “entradas” que los misioneros y soldados hacían hacia lo desconocido en las que tanto esfuerzo y dinero se gastaba, tenían, como se sabe, el propósito de buscar sitios adecuados para establecer poblados, misiones o puertos, pero además, abrir las rutas por las que sería más fácil viajar hacia esos sitios, entre serranías y cauces secos de arroyos, con frecuencia muy parecidos unos a otros. Todavía hoy, quien atraviesa la sierra de La Giganta, encuentra frecuentemente bifurcaciones del camino en donde no se sabe cuál es el bueno, o cerros cubiertos de multitud de piedras volcánicas muy semejantes unos a otros que fácilmente confunden al viajero.

Debe pensarse entonces lo importante que debe haber sido para aquellos exploradores registrar con el mayor cuidado datos topográficos, hidrográficos, así como las mediciones de la latitud y longitud de los puntos por los que pasaban, pero más importante que lo anterior fue el ascenso y travesía de la sierra, que en su parte más elevada llega a 1738 m. de altura sobre el nivel del mar, y que forma un muro paralelo y muy cercano a la costa oriental de la península, es impresionante por su aridez y profundos acantilados, y como ya se mencionó, en su vertiente occidental según las leyendas de los nativos, habitaba una raza de gigantes. Kino, basado en sus observaciones y registros, elaboró un mapa de la región explorada el cual tiene fecha 21 de diciembre de 1683. Por otra parte, hay que recordar que las coordenadas geográficas eran medidas con instrumentos poco exactos, lo que causaba dificultades a quienes interpretaban los mapas de la época. Respecto a los nombres de santos de los lugares por los que pasaban, debe entenderse que no eran necesariamente poblados, y si acaso había alguna ranchería11.

El 21 de diciembre de 1683 “La Almiranta” zarpó hacia la costa de Sinaloa en procuración de provisiones, y el padre Kino salió en otra expedición cuyo objetivo era buscar una ruta que permitiera el paso de las bestias hasta lo alto de las montañas. Kino partió rumbo al noroeste, acompañado de Nicolás Contreras, el hombre que primero había escalado la sierra de La Giganta, ocho soldados a caballo y cuatro indígenas: Vicente, Simón, Francisco, y el muchacho de 10 ó 12 años llamado Eusebio. Llevaban provisiones para 4 días, y esta vez Atondo prefirió quedarse. Después de pasar por San Isidro en donde se les unieron 15 indios más, llegaron a una aldea abandonada llamada San Pablo, a unos 20 kilómetros de San Bruno, en donde descansaron unas horas.

Por la tarde al reanudar la marcha, sólo dos indios los siguieron acompañando, Vicente y Eusebio, además de un cuervo manso como mascota. Viajaron entonces hacia el norte, con la sierra a la izquierda, hasta que llegaron a un arroyo que los naturales llamaban “Bunmedejol”, y aunque en esa época no llevaba corriente sí tenía en varias partes grandes pozas de agua buena, el nombre actual de esa corriente es Bombedor. En su narración, Kino llama al referido arroyo Santo Tomás por haber llegado allí ese día, y después da el mismo nombre al actual río La Purísima, lo que puede causar confusión al lector. En este lugar acamparon los viajeros y el misionero señala que los caballos no se encontraban cansados, aunque no dice cómo se sentirían los dos muchachos indígenas que quedaban en el grupo, el pequeño Eusebio y Vicente, quienes ese día habían caminado y en parte trotado más de 40 kilómetros12.

Al siguiente día los exploradores subieron hacia el oeste por el cauce del mismo arroyo, con numerosos álamos, después de refrescarse en un aguaje copioso, siguieron el ascenso al poniente hasta que encumbraron la sierra; por fin habían encontrado la ruta deseada. Kino y su gente estaban en el cauce seco donde empieza a formarse la parte alta del arroyo Comondú, que es afluente del río La Purísima, aproximadamente a los 26° 22’ N, y los 115° 50’ W. Continuaron su camino, ahora descendiendo, y pronto encontraron huellas numerosas, veredas, y tierra fértil. Cuando oscurecía llegaron a un punto desde el que vieron fogatas cercanas, pero no quisieron asustar a los nativos y se regresaron para poner su campamento en un lugar sin agua.

Kino y su gente encontraron al otro día una ranchería muy poblada, reiterando el misionero en su relato la característica de aquellos naturales de que eran muy altos y de buena figura. Cuando el capitán de los indios vio los 10 jinetes que se acercaban a su ranchería, sintió temor y mandó que las mujeres y los niños se retiraran. El misionero pronto acabó con cualquier recelo de los indígenas, hablándoles en su idioma didiu y regalando al jefe pañuelos brillantes, piloncillo y pinole. Al ver eso, unos 50 nativos se acercaron y también recibieron los regalos acostumbrados: navajas, espejos, cuentas de vidrio, tijeras, faldas, etc., pero todo se lo daban a su jefe. De cualquier forma, Kino logró la amistad de los nativos no sólo con sus dádivas, sino con su trato amable, satisfaciendo con calma la curiosidad y las múltiples preguntas que hacían.

En vista de que estaban sobre el tercer día de su salida, acordaron el regreso a San Bruno, satisfecho Kino de haber encontrado por fin una ruta que permitía el paso con bestias al oeste de La Giganta. El viaje de regreso fue rápido, pues guiados por unos diez nativos locales encontraron un portezuelo en la sierra que les permitió acortar el camino, y el día 24 a las diez estaban en San Bruno. La noche de Navidad de 1683 fue celebrada con bailes, cantos y tres misas después de media noche.

Aparentemente, el proyecto colonizador se desarrollaba sin problemas mayores, pero en realidad cada día que pasaba la existencia de los españoles era más difícil; se habían hecho numerosos viajes a la costa de Sinaloa en busca de provisiones, las siembras que hicieron en la colonia nunca produjeron lo suficiente para lograr una autosuficiencia alimentaria, y los bautizos de niños indígenas eran sólo unos cuantos, a pesar del buen trato que recibían de los misioneros, no acudían a la doctrina , los varones adultos eran dados al hurto frecuente, y se robaban desde una borrega para comérsela, hasta una balsa, como lo hicieron unos indios mayos para cruzar el Golfo de California rumbo a su terruño.

Tiempo atrás, Atondo había cometido un crimen más con un indígena, sin motivo alguno, únicamente para demostrar su “hombría”, y aunque los indios no mostraban un evidente deseo de venganza, es seguro que no olvidaban aquella atrocidad. No hay registros que indiquen que los misioneros hayan reprobado explícitamente su bárbara acción, y sólo se tiene el comentario de Kino que expresó: ...El almirante consideró lo que había hecho como un logro valiente y de hombre...13.

Kino y los otros misioneros quizá tomaron aquel crimen como un incidente que no convenía magnificar, pues seguramente pensaron que una discrepancia seria entre el almirante y ellos perjudicaría la disciplina y tranquilidad en la expedición, pero quedaron en duda su piedad hacia los indios, y las mismas órdenes reales que disponían claramente que no se ejercería acción armada alguna contra los naturales salvo en el caso de peligro de la vida. En todo caso, debe haberse hecho difícil una congruencia total entre la disciplina dentro de la expedición, las relaciones personales y jerárquicas entre los jefes del grupo, y los principios religiosos de los misioneros. Los hechos narrados en los dos párrafos anteriores parecían ser preludio de un inminente, aunque todavía distante abandono de la colonia.

Sin embargo, estimulados nuevamente por informes de que más allá de las montañas había grandes ríos y comunidades en las que se sembraba maíz y frijol14, Kino y Atondo revivieron sus planes para cruzar La Giganta y llegar al litoral del Océano Pacífico en lo que sería su última entrada importante al interior de la península. El misionero se entusiasmaba al pensar en el gran número de gentiles que podría convertir, y en la posibilidad de elaborar un mapa de Carolina, como llamaba él a California. Aunque la mejor ruta hacia el litoral occidental se había encontrado, el viaje exigía una planeación cuidadosa, y hubo de transcurrir un año para reunir todo lo necesario, aunque se sufría por la escasez de alimentos y la sequía. En parte, estos problemas obligaron a los expedicionarios a trasladar casi todo el campamento a San Isidro, que en lo adelante fue definitivamente su centro de operaciones.

Finalmente, el 14 de diciembre de 1684, “La Almiranta” zarpó hacia “tierra firme” en procuración de víveres y equipo, como se había hecho tantas veces, y ese mismo día Atondo y Kino cabalgaron hasta San Isidro en donde se habían reunido provisiones, caballada y demás equipo. Al siguiente día 45 hombres, incluidos el almirante Atondo, el padre Kino y el médico Castro, 29 soldados, dos arrieros y nueve indios cristianos de tierra firme, así como algunos indios californios que actuarían como guías y numerosas bestias iniciaron el ascenso de la sierra La Giganta15.

A los cuatro días llegaron al arroyo Bombedor que Kino había nombrado Santo Tomás, aproximadamente a los 26º 24´ de latitud norte, aunque esta vez el paso se dificultó por el gran número de bestias que llevaban, por lo que el ayudante Chillerón, 10 soldados y 4 indios de Sinaloa arreglaron el camino con picos y hachas. Cabresteando las bestias a ratos, lo que no impidió que algunas rodaron al vacío, subieron lo que Kino llamó “La Cuesta Trabajosa”, y después de unos 25 kilómetros de caminata llegaron al arroyo que los nativos nombraban “Comondé”, el actual Comondú, afluente del arroyo La Purísima que Kino llamaba Santo Tomás16, tal como aparece en el mapa de 1701 hecho por el misionero.

Cerca de este lugar, Kino había mandado al cacique de los didius llamado Leopoldo17, que se adelantara para advertir a los nativos de las rancherías que los españoles eran amigos y no debían huir, ya que recibirían los regalos acostumbrados, como cuchillos, brazaletes, tijeras, espejos, alguna ropa, los zapatos que los españoles llamaban cacles, y algo de comida. Al poco tiempo el cacique regresó acompañado de cinco hermosas muchachas y dijo que se las regalaba18. Es ésta una de las pocas ocasiones en que se registra la opinión de un español sobre una indígena que puede considerarse de encomio, aunque Bolton implícitamente parece considerarla lasciva19.

Enseguida cruzaron el paso de la sierra y empezaron a bajar hacia el oeste, continuaron por el cañón y parte baja del Río La Purísima o Cadegomó, y el sábado 30 de diciembre arribaron a donde se une el arroyo La Purísima con el San Gregorio, al que llamaron Santiago. Finalmente, ese mismo día llegaron a lo que llamaron Puerto de Año Nuevo en el Océano Pacífico y que hoy se denomina Boca de San Gregorio, a una latitud de 26º 7´, aunque los cálculos del padre Kino fueron de 25º 30´.

Ruta seguida por el Padre Eusebio Francisco Kino y el Almirnte Isidro Atondo y Antillón en su expedición del litoral del Golfo al Pacífico

NOTA: las líneas verdes no indican corrientes constantes de agua, sino casi siempre intermitentes.

Adaptación en mapa de Google Earth por Antonio Ponce Aguilar.

  1. San Bruno.
  2. Arroyo de San Bruno.
  3. Misión de San Juan Bautista Ruta seguida por el padre Eusebio Francisco Kino y el almirante Isidro Atondo y Antillón en Londó establecida posteriormente.
  4. San Isidro.
  5. Ruta al arroyo Bombedor.
  6. Actual arroyo San Juanico.
  7. Arroyo Bombedor, parte alta del San Juanico.
  8. Paso de la sierra por donde cruzaron, de la parte alta de un afluente del Bombedor, a la parte alta de un afluente del arroyo La Purísima.
  9. Comondú Viejo.
  10. Tasajera.
  11. Ojo de Agua. Antes y un poco al este de aquí acamparon en un lugar que llamaron La Tebaida.
  12. Noche Buena.
  13. Cerro El Pilón.
  14. La punta de la flecha negra indica la Misión La Purísima establecida después.
  15. La Purísima Vieja.
  16. Río Santiago o actualmente San Gregorio.
  17. Los Inocentes.
  18. Arroyo La Purísima, llamado Santo Tomás por el padre Kino.
  19. Santo Tomás.
  20. Santiago.
  21. Ruta hacia el sur, a la desembocadura del río.
  22. Boca del río La Purísima, llamada Puerto de Año Nuevo por Atondo y Kino.
  23. Ruta de exploración hacia el norte.
  24. San José de Comondú establecida años después.
  25. San Miguel de Comondú.

Mapa elaborado por Kino en 1701, en el que se observan los nombres asignados a los sitios importantes por los que pasó en la expedición de 1684-85. Los nombres a lo largo del R. Santo Tomás (La Purísima) son: Thebaida, Nochebuena, Reyes, S. Esteban, S. Juan, Stos. Inocentes, y Santiago.

Las fechas en que llegaron o estuvieron en los sitios más importantes fueron:

  • 14 de Dic. 1684, San Isidro
  • 19 de Dic. Arroyo Santo Tomás (Act. Bombedor)
  • 19 Dic. Arroyo Sto. Tomás, o Comondé para los indígenas
  • 19 Dic., Act. Comondú Viejo
  • 22 Dic., cauce principal del Arr. La Purísima
  • 24 Dic., Noche Buena, hoy El Zacatón
  • 26 San Esteban, hoy Presa La Purísima
  • 27 de Dic., Sombrerete de San Juan, hoy Cerro del Pilón
  • 29 de Dic., Santo Tomás Cantuaria
  • 30 de Dic., Santiago, donde hoy se unen los arroyos San Gregorio con La Purísima.

Ya se mencionó que ese día llegaron al Puerto de Año Nuevo. En este sitio hicieron algunas exploraciones en la laguna de San Gregorio, que se forma en la boca del río, y la bautizaron como Bahía de Año Nuevo aunque arribaron a ella el 30 de diciembre de 1684; allí los viajeros encontraron osamentas de ballena y muchas conchas de abulón. Atondo ordenó a algunos hombres que trataran de cruzar el estuario hacia el sur en los mejores caballos pero no pudieron hacerlo por lo profundo del agua, que según lo informado llegaba a tres brazas20. De aquí viajaron al noreste, siguiendo el cauce del río y encontraron que los nativos bloqueaban en partes la corriente para atrapar pescado, los exploradores regresaron a Santiago y allí acamparon. Los indios que encontraron eran muy desconfiados, y aunque aceptaron algunos regalos del padre Kino, hicieron saber a los forasteros que debían dejar su aguaje, luego partieron y no regresaron al campamento21. Cabe mencionar que, en lo general, escenas parecidas se dieron en muchas partes del viaje, en las cuales los nativos que habitaban a lo largo del arroyo de La Purísima nunca aceptaron plenamente y de buen grado la presencia de los españoles en sus rancherías y aguajes. El 1º. de enero de 1685 iniciaron el viaje de regreso siguiendo la misma ruta que en la ida, para el viernes 12 arribaron a San Isidro, en donde acamparon, y el sábado 13 del mismo mes llegaron a San Bruno, en donde encontraron a los colonos en grave situación por la desnutrición, el escorbuto y otras enfermedades.

Una de las salidas en las que el padre Goñi sí acompañó al almirante Atondo fue la que se hizo tratando de llegar a Bahía Magdalena pero ahora viajando hacia el sur; en este viaje que comenzó el 16 de febrero de 1685, iban 21 soldados, un arriero y herrero, un esclavo, cuatro indios cristianos de tierra firme, varios indios amigos de San Bruno, y una recua de mulas con provisiones para veinticinco días. La expedición la encabezaban Atondo y Goñi, ya que Kino se había quedado en San Bruno*,* y se dirigieron primero a San Dionisio que sería su base de operaciones. A pesar de haber puesto su mejor esfuerzo para lograr su propósito, los exploradores regresaron a San Bruno vía San Dionisio el 6 de marzo de 1685, sin haber llegado a su destino por la fatiga de los animales y lo difícil del terreno, cuyas montañas en algunos lugares casi llegaban a la costa. En el viaje se recorrieron unos 160 kilómetros, se tocaron unas 25 rancherías, algunas con una población de 200 a 400 personas, a quienes Atondo describe así:

…los nativos eran corpulentos, robustos, de buena presencia, y más numerosos que ningunos antes vistos en California. Era notable que tenían casas, pequeños jacales de ramas y matorrales. Esta era una novedad…22 Las enfermedades, sobre todo el escorbuto, limitaban seriamente las pocas actividades productivas en la colonia, los pozos se habían salado, la sequía y la poca producción de las siembras hacían que la procuración de alimentos en Sinaloa y Sonora fuera una tarea constante, en tanto que en lo espiritual, los misioneros sólo habían logrado un mínimo de bautizos entre los gentiles. Finalmente, el 6 de mayo de 1685, agobiados por tantas carencias, con unas cuantas perlas que no compensaban los 225000 pesos gastados del real erario, los fatigados expedicionarios abandonaron la colonia y regresaron a la costa de Sonora y Sinaloa, a donde llegaron el día diez.

Aun con todos estas adversidades, Atondo y Kino pudieron regresar a California; el almirante hizo exploraciones por el golfo, acompañado ocasionalmente por los misioneros jesuitas, tratando de encontrar comunicación con el Océano Pacífico y buscando perlas que le dieran riqueza y la posibilidad de que el virrey autorizara otra exploración a la península, pero los escasos hallazgos nunca justificaron el esfuerzo y gastos realizados. En estos últimos viajes por el golfo, Kino siguió haciendo observaciones astronómicas, así como el cálculo de rumbos y distancias, lo cual le permitió después hacer una carta geográfica que fue de gran utilidad en los siguientes viajes a la península. Además, el establecimiento de la ruta terrestre hacia el Pacífico, la enseñanza del español a muchos indígenas y el haber aprendido su lengua, facilitó más adelante la fundación de misiones en esa región.

Cabe aclarar que ante la insistencia del padre Kino para colonizar California, el virrey Paredes accedió el 3 de julio de 1685, pero el misionero no supo esta determinación hasta principios de noviembre, cuando a su regreso de Guadalajara se encontró con el almirante cerca de Compostela, cuando se dirigía a México. El 12 de noviembre llegó Kino a Matanchel, y efectivamente encontró allí la disposición favorable a sus anhelos colonizadores. Sin embargo, por esos días el virrey tuvo noticia de que un barco pirata esperaba al Galeón de Manila para asaltarlo cerca del puerto de Navidad, por lo que ordenó a Atondo que navegara con su flotilla hacia el encuentro del Galeón, para advertirle del peligro y escoltarlo hasta Acapulco. Parte del mensaje del virrey decía: …ayer llegó un reporte de que los tres barcos de la Armada de Californias estaban en el puerto de Matanchel, con nada que hacer en la empresa de la conquista para la cual la armada fue constituida, habiendo dejado esas islas porque eran inhabitables, es ahora posible ordenar que esta pequeña flota pueda ir a proteger la Nao de China…23

La expresión “inhabitables” que usó el virrey al referirse a California, tal vez hizo comprender a Kino que aquella empresa ya no prosperaría. El almirante y el misionero zarparon el 29 de noviembre de 1685 y al siguiente día encontraron al galeón, al que escoltaron hasta Acapulco pero por una ruta alejada de Navidad, lo que evitó el encuentro con los piratas.

De Acapulco, Kino y Atondo se fueron a la Ciudad de México, y después de que el almirante entregó las pocas perlas que llevaba al virrey, ambos rogaron al gobernante que les permitiera su regreso a California. La petición fue autorizada en principio, pero se confirmaría por el rey cuando se tuvieran $30 000.00 pesos que se necesitaban para los gastos. Por ese tiempo llegó a la capital una recua de mulas procedente de Zacatecas con una carga de $ 80 000.00 pesos de plata, lo que llenó de optimismo al misionero y a Atondo. Sin embargo, en esa época se tenía que dominar una posible rebelión en Nueva Vizcaya y Nuevo México, seguir con la campaña en la Tarahumara, y gastar en la guerra con Francia, por lo que la corona decidió suspender por tiempo indefinido la colonización en California, lo cual se estableció formalmente en una cédula real el 22 de diciembre de 1685.

El Almirante Atondo volvió por un tiempo a su carrera militar, pero poco después regresó a Oaxaca, en donde ayudó a su tío, el obispo Isidro Sariñana, hasta su muerte ocurrida en 1691. Después de estos hechos, hubo un intento de colonizar California, que pretendió realizarlo el capitán Francisco de Itamara en 1694, en tiempos del virrey Gaspar de Sandoval Silva y Mendoza, pero terminó en fracaso.

El 20 de octubre de 1686, el padre Kino salió de México hacia Sonora, en cumplimiento de las órdenes recibidas de sus superiores, para hacer labor misionera en la Pimería Alta, región que se ubicaba entre lo que hoy es Arizona y el noroeste de Sonora, desde el Río Gila por el norte hasta el Altar por el sur, el bajo Colorado por el oeste y el San Pedro al oriente; comprendía una de las partes más áridas del desierto de Sonora y estaba habitada por los pimas, yumas y pápagos, casi siempre belicosos y reacios a la evangelización. En este ambiente trabajó el padre Kino por varios años, acumulando experiencias en dos actividades que llenarían su vida: construir misiones como comunidades autosuficientes, y elaborar mapas de las regiones que exploraba, para lo cual tuvo que cabalgar miles de kilómetros.

Kino enía 66 años cuando fue a la Misión de Magdalena para la dedicación de la capilla, pero en la misa se sintió mal y al poco tiempo murió, se dice que recostado sobre un tosco lecho, cubierto con mantas de indios a quienes tanto ayudó. En sus 24 años como misionero viajó unas 7 000 leguas, equivalentes a unos 30 000 Km., fundó treinta pueblos, creó ranchos ganaderos en Dolores, Caborca, Tubutama, San Ignacio, Imuris, Magdalena, Tumacácori, Sonoyta, y muchos lugares más, escribió diccionarios y catecismos y bautizó a más de 4 000 gentiles; era delgado, fuerte y querido por los indios de Sonora, quienes nunca lo atacaron o se rebelaron en su contra.

En 1965, el embajador de México en los Estados Unidos asistió a una ceremonia en la que el padre Eusebio Francisco Kino, como fundador del estado de Arizona, fue incorporado al “National Statuary Hall Collection” en el Capitolio de Washington. Al saber del acto, el presidente de México Gustavo Díaz Ordaz ordenó al Secretario de Educación Pública Agustín Yáñez que se localizaran los restos del padre Kino. Yáñez encargó al antropólogo Wigberto Jiménez Moreno la importante tarea la cual culminó exitosamente el 19 de mayo de 1966. Poco después los restos del primer misionero colonizador de Baja California fueron sepultados en la plaza de Magdalena, que desde entonces lleva el nombre de Magdalena de Kino, Sonora.

Llegada de Salvatierra a California

Los californios recibirían pronto la acción misionera de muchos hombres del temple de Eusebio Francisco Kino, y uno de estos primeros evangelizadores fue el jesuita Juan María de Salvatierra, nacido en Milán en 1648, de sangre española por parte de su padre Juan de Salvatierra, e italiana por su madre Doña Bárbara Bisconti, ingresó desde los veinte años en la Compañía de Jesús, estudió en los colegios de Parma y Génova, y su inclinación intelectual lo llevó al conocimiento de la música, la filosofía y la literatura. En 1675 se fue a la Nueva España, en donde estudió el náhuatl con la intención de poder llevar el Evangelio a los indígenas en su propia lengua; y en 1680 fue asignado a Chinipas, en la región Tarahumara.

Padre Juan María de Salvatierra, S.J.

Por diez años, Salvatierra acumuló experiencias no menos valiosas que las de Kino en la Pimería Alta, fundó varias misiones, aprendió la lengua aborigen, y le tocó vivir las tensiones de una sublevación indígena en 1690. Ya sofocada la rebelión, Salvatierra se dirigió a la Pimería Alta, en donde se encontró con el padre Kino en la navidad de ese año, en su misión de Dolores, en Sonora. En las conversaciones que sostuvieron, Kino relató a Salvatierra sus experiencias en la exploración de California con el Almirante Atondo, y al poco tiempo, los dos discípulos de Loyola estaban convencidos de que habrían de unir sus fuerzas para llevar a cabo la conquista de aquellas tierras por el único medio posible: la evangelización de sus pobladores, aunque pasarían todavía varios años para que se cumplieran sus deseos.

Uno de los acuerdos que tuvieron fue el de visitar la región baja del Río Colorado, con objeto de trazar una ruta que permitiera el abastecimiento de las misiones californianas por tierra desde bases en Sinaloa y Sonora, y aunque esto último nunca se llevó a cabo, el objetivo mencionado los impulsó a realizar viajes de exploración por el noroeste de Sonora, lo que trajo importantes beneficios para la geografía de la época.

Poco después, el padre Salvatierra tuvo que radicarse en Guadalajara, al recuperar el cargo de rector y maestro de novicios en el colegio jesuita de Tepotzotlán24; en donde volvió a encontrarse con Kino a principios de 1696; en sus conversaciones retomaron el tema de las misiones californianas y dieron a su proyecto una forma más concreta. Sabían que para lograr su propósito, tendrían que conseguir, por su cuenta, la ayuda en dinero y especie necesarios no sólo para iniciar la construcción de las misiones, sino también para sostenerlas durante el tiempo necesario, en tanto no fueran autosuficientes.

Por esta época, el jesuita Juan de Ugarte, nativo de Tegucigalpa, Honduras, quien ya se distinguía por sus piadosas virtudes, era maestro de filosofía en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, y al conocer a los padres Kino y Salvatierra, así como sus planes para hacer misiones en California, se contagió de su entusiasmo y decidió participar en la obra, de momento, pidiendo donativos que ayudaran a pagar el alto costo de la expedición. El padre Juan de Palacios, provincial de la orden, dio su aprobación al proyecto, y el virrey Joseph Sarmiento de Valladares, Conde de Moctezuma25, concedió la autorización escrita el 5 de febrero de 1697, a condición de que el gobierno no aportaría ninguna ayuda para la realización del plan26. Mientras tanto, en la Pimería Alta se habían rebelado los indios, por lo cual Kino fue requerido por don Domingo Geronza, gobernador de Sonora, para que ayudara en las tareas de pacificación.

Con la ayuda del padre Ugarte y por sus propias gestiones, Salvatierra había conseguido lo indispensable para emprender el viaje. Los donativos más importantes que se recibieron fueron del padre don Juan Caballero y Ocio y del tesorero de Acapulco, don Pedro Gil de la Sierpe; el primero donó 20 000 pesos para el establecimiento de las misiones y otros 12 000 para la compra de una fragata; mientras que de la Sierpe obsequió 25 000 pesos para la compra y dotación de más embarcaciones, así como la lancha “El Rosario”. Contando con estos recursos, salió Salvatierra hacia Sonora para reunirse con Kino, quien seguía ocupado en la Pimería Alta por la sublevación ya mencionada, por lo que después de pensarlo detenidamente, y como máxima autoridad de la expedición, dispuso que sus barcos salieran el día 7 de febrero de Acapulco hacia El Yaqui27 mientras que él iría por tierra a Guadalajara, Sinaloa y a la Baja Tarahumara. Salvatierra llegó a la provincia de Sinaloa por semana santa, y de allí viajó a Chinipas y Guzapares, en el suroeste de Chihuahua. Cumplida su visita, Salvatierra se dirigía hacia la costa a esperar sus embarcaciones, cuando estalló una revuelta, los padres misioneros le pidieron que se quedara a ayudarles, lo cual hizo hasta lograrse la pacificación de la región con la ayuda de 700 flecheros indígenas conversos, más que con el auxilio de las fuerzas españolas de que se disponía.

Terminado su cometido en la sierra a mediados de agosto y cuando bajaba nuevamente, supo por carta del padre Diego Marquinas que habían llegado al Yaqui la galeota “Santa Elvira”, primero, y la lancha después, esta última demorada por una tormenta. En el Yaqui estuvieron las dos embarcaciones casi dos meses, en espera de las provisiones y personal que iría en la expedición; el capitán de la galeota, Juan Antonio Romero de la Sierpe, tuvo que enfrentarse no sólo al mal tiempo, sino también a la marinería, que por poco se amotina cuando supo que el objeto del viaje no era la pesca de perlas, a lo que hay que agregar la descomposición del maíz y otros alimentos por la humedad y el calor; los refuerzos de soldados que se esperaban no arribaron, y para colmo de males, el padre Salvatierra recibió carta en la que se le informaba que el padre Kino no podría acompañarlo en el viaje por estar ayudando en la pacificación de la Pimería Alta; pero aún en esta difícil situación, algunos hombres se añadieron al grupo expedicionario, los padres del Yaqui cooperaron con 30 reses cuya carne se embarcó en la lancha, además, se obtuvieron 10 carneros, 4 cabras hembras y 4 machos, 4 lechones que se habían traído de muy lejos, y hasta un caballo en regular estado. Estas circunstancias obligaron al padre Salvatierra a tomar la decisión de partir, muy a su pesar, sin la compañía de Kino, cuyas experiencias obtenidas en el viaje con Atondo a la península le hubieran sido de inestimable ayuda.

La historia ha conservado algunos nombres de quienes formaban el abigarrado grupo que iría en la expedición: el capitán de la galeota, como ya se mencionó, era Juan Antonio Romero de la Sierpe, primo de don Pedro Gil, benefactor de los jesuitas; de contramaestre iba el genovés Antonio Giusto o Justo, quien ya había ido a California; los militares eran el cabo y después capitán, Luis Torres y Tortolero; los soldados Esteban Rodríguez Lorenzo, quien después llegó a ser capitán del presidio por muchos años, portugués; Bartolomé Figueroa, mexicano; Juan Caravana, maltés, a cargo del cañón; Nicolás Márquez, siciliano; Andrés, mulato peruano; y además, los indígenas Marcos, de la misión de Guasaves; y Alonso, de la misión de Tepahui, Sonora; así como un muchacho llamado Sebastián, de Guadalajara.

El sábado 5 de octubre de 1697, Salvatierra se embarcó en la galeota, pero no se navegó por varios accidentes, con lo que el jesuita se refería quizá a los últimos arreglos del viaje; el jueves por la tarde salieron del puerto, pero volvieron a anclar por temor de dar en unos bajos; por fin, el viernes 11 de octubre, se dieron a la vela rumbo a California, aunque apenas a media legua de la costa la galeota estuvo a punto de encallar y naufragar por la sobrecarga que llevaba; pero gracias a la ayuda de los marineros de la embarcación pequeña que acudieron en sus canoas a ayudar, y a la pericia del capitán y del contramaestre, pudieron reiniciar la navegación, y así, al amanecer del sábado 12 tuvieron a la vista tierras californianas. Esa noche pudieron haber llegado a San Bruno, pero por el peligro que significaban algunos escollos y la falta de luna, regresaron a alta mar. Por la noche hubo vientos fuertes, y al amanecer del domingo 13, no se encontró a la vista la embarcación chica.

Continuaron los vientos contrarios, que no sólo impidieron a la galeota entrar en la ensenada de San Bruno, sino que la llevaron el día 14 hasta la altura de la Sierra Las Vírgenes, afortunadamente pudieron maniobrar la embarcación y penetrar a Bahía Concepción.

Desembarcaron por breve tiempo en el lugar, apenas para celebrar una misa y comer pitahayas, pues aunque deseaban explorar los alrededores, aprovecharon un viento favorable y salieron a alta mar rumbo al sur, para amanecer el martes 15 sobre San Bruno. El miércoles 16, Esteban Rodríguez y algunos marineros saltaron a tierra, en tanto que Salvatierra hacía señas con su sombrero a unos 5 indios que estaban en tierra, y que a su vez, invitaban con ademanes al padre para que desembarcara. Bajaron algunos de los españoles, incluyendo Salvatierra y el alférez Luis Torres y Tortolero, y después de 12 años de interrupción se reanudó el diálogo con los californios, pasando por el acostumbrado protocolo de hacer que se hincaran para besar un crucifijo y el relicario de la virgen.

Los nativos invitaron a sus visitantes para que los acompañaran, lo cual aceptó Salvatierra, caminaron por una difícil vereda, hasta que llegaron al caer el sol a lo que quedaba del Real de San Bruno, ya que lo edificado cuando estuvo en ese lugar la expedición de Atondo y Kino se encontraba totalmente derruido. Salvatierra había bajado un poco de maíz para obsequiarlo a los indios, así se hizo y del poco que sobró tostaron los españoles algunos granos en las brasas para cenar, bebieron agua medio salobre que trajeron los nativos y se durmieron. El jueves 17 regresaron por la misma vereda hasta el sitio del desembarco, y al pensar en lo difícil que sería descargar la galeota y llevar todo hasta San Bruno, algunos hombres propusieron buscar un lugar más propicio y con agua de mejor calidad, las opiniones se dividieron, por lo que se dejó al azar que decidiera si se quedaban allí o continuaban hasta la bahía de San Dionisio, así nombrada desde la expedición del almirante Atondo y en donde el capitán había hecho aguada dos años antes. La suerte determinó que siguieran hasta este último lugar, por lo que a las 3 de la tarde de ese día 17 se hicieron a la vela, y por señas comunicaron a los indios que los miraban desde la playa que se fueran para allá. Esa noche durmieron en el barco arrimados a la isla de Coronados, el viernes 18 llegaron temprano a la Ensenada de San Dionisio y desembarcaron, repitió Salvatierra la acostumbrada ceremonia de veneración a las imágenes religiosas, y fueron invitados por los indios a su ranchería que estaba cerca.

Los españoles exploraron los alrededores y encontraron agua dulce así como varios mezquitales, pero algunos marineros externaron que el lugar por ellos conocido y más a propósito para el desembarco estaba al sur, volvieron a navegar por poco tiempo, y por fin, ahora sí identificaron el lugar en el que se habían aprovisionado de agua en el viaje anterior. Salvatierra y algunos marineros desembarcaron, regalaron maíz a los indios que ya los esperaban, así como zarcillos y otras pequeñeces, luego se regresaron al barco para pasar esa noche del 18, desembarcaron ya en definitiva el 19 de octubre de 1697, y ese día tomaron posesión del lugar en la forma acostumbrada. Durante 4 días ayudaron los nativos a descargar la galeota, y sorprendieron a los españoles por su vigor y resistencia. Los expedicionarios se pusieron a trabajar de inmediato, empezaron a despejar el terreno en que se levantaría el real, y pronto, en aquel oasis pegado al mar que los indios llamaban Conchó, que según algunos significa “mangle colorado”, y que Atondo nombrara San Dionisio, se empezó a construir lo que con el tiempo sería Loreto, capital y madre espiritual de las Californias

El padre Salvatierra se atrajo a los indios no sólo con el buen trato y la comunicación en su lengua, sino que les servía maíz cocido o pozole; además, con la novedad de los animales que se habían traído, muchos se aproximaban al campamento para conocerlos, sobre todo a los marranos, que en una ocasión, persiguieron gruñendo a unas mujeres tratando de comerse sus faldas de cordeles de carrizo, hasta que se les dio maíz para que se alejaran, todo lo cual provocó la hilaridad de nativos y españoles, pero a pesar del ambiente aparentemente tranquilo y hasta amistoso, los colonos empezaron a sentirse inseguros por el gran número de indios que los rodeaban, y por la abierta ambición que mostraban muchos de ellos para apoderarse del maíz y demás alimentos.

Ruta de la llegada del padre Salvatierra a Baja California.

  1. Loreto.
  2. Is. del Carmen.
  3. Is. Coronados.
  4. San Bruno.
  5. Londó (Después S. Juan Bautista Londó).
  6. Bahía Concepción.
  7. Puerto de Año Nuevo.

Adaptación en mapa de Google Earth hecha por Antonio Ponce Aguilar.

Con objeto de prevenirse contra un ataque, los españoles hicieron una trinchera, en parte, amontonando algunas de las provisiones y colocando ramas espinosas de mezquite, con lo que intentaban obstaculizar cualquier asalto, además, para mayor seguridad, desembarcaron e instalaron estratégicamente uno de los dos cañones que traía la galeota de los que llamaban pedreros, porque disparaban balas pequeñas o proyectiles de piedra. El 24 de octubre desembarcaron la imagen de la Virgen de Loreto que tanto veneraba Salvatierra, la condujeron en solemne procesión hasta el real, y allí fue colocada en la tienda de lona que, según algunas versiones había levantado un marinero llamado Domingo de la Canal, aunque también se afirma que la tienda de campaña fue donada en México por un bienhechor con ese nombre, y que la estatua de la virgen fue obsequio de don Ventura de Medina Picazo28; lo cierto es que aquel espacio sirvió de improvisada y modesta iglesia para la virgen loretana; ya el sábado 25 se ofició misa, y así comenzó formalmente lo que se ha llamado conquista espiritual de las Californias, desde este real nombrado Loreto, del cual irradiaría todo el proceso evangelizador con el establecimiento de numerosas misiones en la lejana frontera.

El trabajo inicial de Salvatierra y los primeros misioneros que llegaron a Loreto para introducir a los indios al cristianismo, se facilitó en parte por el cuidadoso estudio y vocabulario de la lengua cochimí que hizo el padre Juan Baptista Copart, cuando estuvo con Kino y Atondo en la península.29

Aparentemente, las actividades que realizaban nativos y españoles habían adquirido el carácter de una tranquila rutina, pero Salvatierra y sus hombres tenían motivos para preocuparse; desconocían todavía la suerte de la lancha que se había perdido con tripulantes y víveres, incluyendo casi toda la carne y buena parte del maíz; por momentos, la actitud de los indios se tornaba audaz y hasta insolente, pero sobre todo, los españoles se sentían inseguros por ser muy pocos en número comparados con la gran cantidad de nativos que los rodeaban, por lo que era urgente la llegada de refuerzos. Fue por esto que el 26 de octubre zarpó la galeota hacia las costas de Sonora en busca de la ayuda que tanto se necesitaba.

Ataque al campamento español

Transcurrieron los días, y el temor aumentó cuando un cacique indio enfermo que era amigo de los españoles, llamado Ibo, el Sol30, dijo a Salvatierra al oído que los monquis, del pueblo guaycura, los atacarían esa noche o al día siguiente primero de noviembre. Esa noche escucharon los colonos disparos de arcabuz y un cañonazo, los indios se sobresaltaron y todos creyeron que eran otros españoles que llegaban por mar con la ayuda tan esperada, pero al amanecer, sólo alcanzaron a divisar una embarcación que se alejaba tras la isla de Coronados, lo que les causó extrañeza, pero muy pronto se aclaró el misterio, cuando un indio que por curiosidad se había acercado en su balsa hasta el barco, les trajo una carta de don Juan Antonio Romero de la Sierpe, capitán del “Santa Elvira”, quien en apresuradas líneas les comunicaba que por vientos contrarios le había sido imposible llegar a la costa del Yaqui, y había tenido que regresar a esta costa para ganar barlovento y proseguir el viaje. Después de leer la carta, Salvatierra y su gente se sintieron más solos y desamparados, y aunque los indios continuaron acudiendo a la doctrina y a recibir su ración de pozole, se observaron movimientos fuera de lo común entre ellos, muchos traían piedras, otros más su estoque*... que es arma con que pescan y juntamente con que pelean* 31

Salvatierra escribió después al padre Ugarte que los indios llegaron a amenazarlos de muerte si no les daban maíz, y que su audacia y agresividad llegaron al extremo, cuando en una ocasión lo abofetearon al pedirles que se fueran. Fue entonces cuando dos ancianos, al ver los amagos de ataque que se hacían indios y españoles, intervinieron ante su gente, haciéndoles señas para que se sentaran, pidieron a los soldados que bajaran sus armas, y así, aunque por breve tiempo, se apaciguó el rencor entre aquellos dos grupos de seres humanos que en ese momento valoraron la paz más que la violencia gracias a la intervención mediadora de los dos ancianos, respetados por los indígenas.

Virgen de Loreto, en la iglesia del poblado del mismo nombre, Baja California Sur.

Pero poco después volvieron las amenazas y los insultos; el 13 de noviembre estaban los indios aglomerados frente al real, y uno de ellos intentó arrebatar su luneta, especie de lanza terminada en media luna de acero, al joven soldado que hacía guardia frente al campamento, lo cual no logró gracias a la intervención de Luis Torres y Tortolero, quien amagó a los nativos con su arma para que se fueran, y en efecto todos se retiraron momentáneamente sólo para ponerse de acuerdo sobre la mejor forma de asaltar el real, lo que hicieron poco después, lanzando flechas y piedras al interior de la trinchera. Estaban organizados en 4 escuadras que se situaron de manera que impedían la huída de los españoles, quienes se dispusieron de inmediato arepeler de la mejor forma el asalto en su contra. Al tornarse crítica la situación, los sitiados decidieron disparar el pedrero contra sus atacantes, pero al hacerlo explotó con gran estruendo, lo que estuvo a punto de herir a Salvatierra y a otros hombres; esto envalentonó a los indígenas, quienes al lanzarse contra los españoles fueron recibidos con disparos de arcabuz, cayeron varios muertos y heridos y esto los decidió a retirarse al caer el sol.

Esa misma noche se acercaron al real varias mujeres con sus pequeños hijos, pidiendo perdón y dando muestras de arrepentimiento. Salvatierra las recibió bien, otros nativos regresaron al siguiente día, y poco a poco se fue restableciendo la vida cotidiana en el campamento. La confianza volvió a los colonos cuando el 15 de noviembre llegó a la bahía de San Dionisio la balandra que se había perdido, con más gente y algunos víveres, y un sábado en que se narraban los Ejemplos en honor a la virgen, llegó la galeota en la que venía el padre jesuita Francisco María Píccolo, quien fue el primer misionero colaborador de Salvatierra en California.

El padre Francisco María Píccolo, nacido en Palermo, Italia, ingresó a la Compañía de Jesús en 1673, al llegar a la Nueva España en 1684 fue enviado a la región Tarahumara, en donde desarrolló una gran labor misionera que después siguió en California al lado del padre Salvatierra. Píccolo llegó a Loreto el 23 de noviembre de 1697, y de inmediato trabajó no sólo en la evangelización de los gentiles, sino en varias exploraciones hacia el interior, lo que le permitió escribir el primer relato impreso sobre la provincia, que tituló Informe y relación sucinta que de la nueva conversión, estado y progreso de la California hizo, y presentó a la Real Audiencia de Guadalajara, por su orden, el P. Francisco María Píccolo, de la Compañía de Jesús, fechado en Guadalajara, el 10 de febrero de 1702, el cual se tradujo al francés e inglés; En Loreto permaneció el padre Píccolo dos años, aprendió la lengua de los nativos, y colaboró con el padre Salvatierra en las tareas propias de esta misión, la primera en California, ya que San Bruno, fundada por el padre Kino años antes, duró muy poco tiempo.

La Casa Santa

Se ha dicho que Salvatierra era fiel devoto de la Virgen de Loreto, además de que el padre Juan Bautista Zappa, su íntimo amigo, lo había exhortado para que levantara una capilla en su honor cuando estuviera en California, lo cual hizo conforme a lo ya relatado. Por la importancia histórica de Loreto, se refieren a continuación algunos datos sobre los orígenes de su nombre e imagen tan venerada en California.

Actualmente Loreto es un poblado en Marches, provincia de Ancona, en Italia, situado en la costa oriental de la Península Itálica, en donde ésta más se ensancha. Entre los principales edificios de la plaza está la iglesia catedral de La Casa Santa, estructura gótica comenzada en tiempo de Paulo II y continuada por famosos arquitectos, en la que hay obras escultóricas y pinturas italianas. La Casa Santa mide en realidad unos 8.5 m. por 3.8 m., es de piedra y se encuentra incluida en una gigantesca basílica ricamente adornada. Su leyenda data del tiempo de las cruzadas, y cuenta que la casa en la cual María nació y creció en Nazaret, fue convertida en iglesia por los apóstoles.

En 336, la emperatriz Helena, ordenó que se construyera una basílica sobre la Casa Santa, en su lugar original en Nazaret, y el culto continuó hasta la caída de Jerusalén. Cuando los turcos amenazaron con destruirla, en 1291 supuestamente fue llevada por unos ángeles, volando, primero hasta una colina de Tersatto, en lo que hoy es Croacia, pero luego en varias ocasiones fue cambiada por la misma vía; en 1294 los ángeles la levantaron nuevamente, primero a través del Adriático y la pusieron en un bosque llamado Lauretum, y de aquí derivó la capilla el nombre que aun tiene.32

En 1295 fue removida nuevamente, y finalmente fue situada en el lugar en que actualmente se encuentra, cerca de donde estaba, próxima al poblado italiano de Recanati. Debe mencionarse que existen pruebas documentadas de la existencia de una iglesia dedicada a la virgen en ese lugar desde un siglo antes de la supuesta traslación; pero la fe de los creyentes convirtió este sitio en importante centro de peregrinaciones, y la imagen de su virgen, llevada a más de 10 000 Km. de distancia, sería el objeto de veneración no sólo del padre Salvatierra, sino de otros misioneros y del pueblo del sur de Baja California.

Para 1698, Loreto era un conjunto de rústicas casitas y enramadas en las que vivían unos veintidós, españoles, así como algunos indios.

A principios de 1699, Salvatierra pudo hacer algunas exploraciones gracias a las bestias que recibió de Sonora y Sinaloa, especialmente al noroeste, a un lugar muy poblado que los gentiles llamaban Londó, ya visitado por el padre Kino, a unos 27 Km. de Loreto; permaneció allí 2 días pero no se pudo relacionar con ningún indio, dos meses después regresó y entonces sí logró ganarse su confianza; bautizó el lugar con el nombre de San Juan Bautista, y aunque los nativos volvieron a mostrar cierta hostilidad hacia los españoles, al grado de que llegaron a flechar la mula en que cabalgaba Salvatierra, en un tercer viaje logró el paciente misionero hacerse amigo de los desconfiados indígenas y fundar a medias la misión que nunca pudo establecerse definitivamente desde tiempos de Kino, y que con Salvatierra sólo llegó a considerarse “pueblo de visita” dependiente de Loreto.

El padre Salvatierra llegó a mandar pequeños grupos de indios a las costas de Sonora y Sinaloa en los barcos que viajaban por provisiones, para que conocieran otros pueblos y costumbres. Los indios californios siempre fueron tratados muy bien por sus anfitriones de la Nueva España, incluyendo los españoles que los agasajaron con festejos y regalos. Una de las cosas que más impresionó a los cochimíes fueron los extensos campos plantados de maíz, y al regresar a Loreto convencieron a Salvatierra para que explorara hacia el poniente, a sus rancherías de la sierra, en donde dijeron que había tierras en las que se podría sembrar el gustado grano33.

Paisaje en las inmediaciones de Viggé Biaundó, cerca de donde se empezó la construcción de la misión de San Francisco Javier.

A consecuencia de los argumentos de los indios que mostraban mucho interés en que se conocieran aquellas tierras, el 10 de marzo de 1699 el padre Píccolo y algunos indios se dirigieron al este, hacia la sierra, hasta llegar a un lugar de difícil acceso llamado Viggé Biaundó, en donde el misionero estuvo varios días trabando amistad con los nativos, lo cual logró en parte gracias a que un joven de esa ranchería, Francisco Javier, ya había sido bautizado en Loreto y realizado labor de adoctrinamiento entre su gente. Ya para octubre, auxiliado por los indios, Píccolo llevó a cabo la construcción de una capilla y varias casitas de adobe, y el 1º. de noviembre de 1699, el padre Salvatierra hizo la dedicación del nuevo templo, naciendo así la misión de San Francisco Javier.

A poco tiempo de levantada la capilla, un grupo de gentiles, convencidos por sus guamas para que mataran a Píccolo y destruyeran todo lo que representara la nueva religión, irrumpieron en la misión, quemaron y destruyeron muebles y adornos, y el padre Píccolo escapó a la muerte porque no se encontraba en el lugar. Los cabecillas del ataque, perseguidos por los soldados, se presentaron después en Loreto dando muestras de arrepentimiento, lo cual bastó para que fueran perdonados. Entre los primeros misioneros que llegaron después del padre Píccolo para auxiliar a Salvatierra en su obra están los siguientes: Juan de Ugarte, procurador de las misiones de California en la ciudad de México, y que arribó a Loreto el 19 de marzo de 1701, según Clavijero34, o en 1700, de acuerdo con otros autores; Juan Manuel Basaldúa, de Pátzcuaro, Michoacán, y Jerónimo Minutuli, nativo de Cerdeña, aunque éste duró muy poco tiempo en la península, los dos llegaron a Loreto el 28 de octubre de 1702, traídos por Píccolo cuando regresaba de la ciudad de México; y Pedro de Ugarte, hermano de Juan, traído a Loreto por el padre Basaldúa también al regreso de un viaje a México en 1704.

Dibujo que muestra lo que sería la construcción de una misión de adobe por indígenas, bajo la dirección del misionero. Cort. del California State Dpt. of Education, Sacramento.

El Informe y Relación Sucinta… del padre Pícolo mencionado en párrafos anteriores, aporta algunos de los primeros datos sobre la percepción inicial que tuvieron los misioneros jesuitas sobre los antiguos californios en las regiones cercanas a Loreto y San Javier. Se transcribe a continuación parte del referido informe:

…y con estas salidas, descubrió el P. Rector Juan María todas las Rancherias de que consta la Mission de Loreto-Conchó, y S. Juan de Londó: y Yo descubrí la Mission de S. Francisco Xavier Biaundo, que me abrió puerta para passar á la Contracosta, y descubrir todas las Rancherias, que en su lugar van expresadas…nos dividimos en dos Missiones, en donde á poco tiempo reconocimos aver en ellas mescla de Naciones de diversas lenguas: la vna era lengua Monqui, que ya sabiamos; la otra era la Laymona, que ignorábamos: luego nos pusimos con todo cuydado á aprenderla, y por ser esta lengua transcendental, y que parece, que es la general en tan dilatado Reyno, con el continuo estudio la supimos en breve, y en ella á los Laymones, como en la Monqui á los Monquis, se les predica continuamente, y se les enseña la Doctrina. Con esta tan grande ayuda se han dispuesto mas de Mil niños, que por su buena disposición, y tiernas instancias, han recebido el Baptismo. y antes han vivido en Idolatria, y en grande obediencia á sus Sacerdotes, á quienes sustentan, y visten, para sus supersticiosas ceremonias, de sus cabellos, que cortan para este fin; y si les diéramos el Baptismo, corria riesgo de que los pervirtieran sus Sacerdotes, y nosotros no los pudieramos obligar á que cumplieran con las obligaciones de Christianos…35 Refiriéndose al padre Ugarte, Píccolo expresó: …en este corto tiempo se ha empleado con tanto zelo en ayudarnos, que por si descubrió por la parte del Sur, las Rancherias de Tripué, y Loppú, distantes quinze leguas de Loreto. y enseña la Doctrina en las dos lenguas arriba referidas: dexé tambien en compañia del P. Rector Juan Maria diez y ocho Soldados con sus Cabos, de estos son dos casados, y tienen allá a sus Mugeres, E hijos: dexé más, ocho personas, que son Chinos y Negros de servicio: y en las dos Lanchas llamadas S. Xavier, y el Rosario doze Marineros; fuera de estos, que dexé allá, ay otros doze …que traxe conmigo en el Navio S. Joseph: otros Soldados avia, pero los hemos despedido, por no tener con q´pagarles, ni aun con que sustentarlos…36 Del párrafo anterior se infiere que había negros y chinos traídos por los españoles para desempeñar puestos de servidumbre. Más adelante, Píccolo señaló: …los campos agradecidos estan todo el año vestidos de muy buenos pastos, que en el tiempo de la seca estan entre verde, y seco: son por la mayor parte Gramadales muy crecidos, sin echarse menos en estos campos todas las hyervas que son el pasto de los ganados mayores…También hay abundancia de Parras silvestres hacia los rios…y en los rios hay Pescado, y Camaron, que cogen, y puede ser lo tengan en las grandes Lagunas que ay …Las mujeres andan vestidas con mas decencia, cubiertas desde la cintura hasta las rodillas, de vnos cañutillos de carrizo, curiosamente vnidos, y tupidos, a espaldas, en la misma proporcion, vsan de pieles de Venado, ó hilos muy vnidos…37

Tiempo después, en 1703, los líderes de la pasada revuelta, al frente de más gente, volvieron a atacar a los neófitos y catecúmenos de San Javier, habiéndose salvado de la muerte unos pocos que huyeron. El capitán del presidio salió al frente de sus hombres en persecución de los asesinos y logró dar alcance a algunos, pero los demás se escaparon aprovechando la oscuridad de la noche; pero los catecúmenos que se habían salvado de la matanza, presionados por el capitán, buscaron al cabecilla de los insurrectos, lo atraparon y lo llevaron a Loreto, en donde confesó su crimen. Poco después fue sentenciado a muerte, a pesar de la intervención de los padres Píccolo y Salvatierra; a su propia petición se le concedió como gracia el tiempo necesario para prepararse con el fin de que se le bautizara, así se hizo y fue ejecutado después de recibir los últimos auxilios del padre Basaldúa.

En julio de 1705 Pedro de Ugarte se dirigió por mar a Ligüig38 o Malibat, 31 Km. al sur de Loreto, acompañado por el padre Salvatierra, un soldado y dos intérpretes indígenas, arribaron al lugar el día 12, y aunque fueron recibidos con hostilidad por los nativos al grado de que lanzaron algunas flechas contra los forasteros, el soldado disparó su arcabuz al aire, los atemorizados indígenas depusieron sus armas, y fácilmente fueron convencidos por los misioneros que les hicieron los acostumbrados regalos. El padre Pedro bautizó a 48 niños y se estableció una buena relación con los nativos, pero los dos jesuitas tuvieron que volverse a Loreto al no tener los medios necesarios para los trabajos iniciales de la proyectada misión, prometiendo volver cuando tuvieran más recursos.

En uno de sus viajes a la Nueva España, Salvatierra encargó a los padres Pedro de Ugarte y a Basaldúa que levantaran ya las misiones en Liguig, 31 Km. al sur de Loreto, y la otra en Mulegé, unos 200 Km. al noroeste. El padre Pedro dio cumplimiento a la orden y bautizó a la nueva misión con el nombre de San Juan Bautista Malibat, o de Ligüí. Aunque los indios eran amistosos y aparentemente receptivos a la doctrina cristiana, un ejemplo que muestra lo difícil que era para los misioneros lograr que asimilaran la esencia de sus enseñanzas es el siguiente caso: en una ocasión en que el padre Pedro de Ugarte acudió a confesar a una moribunda, encontró junto a ella a un guama que, según sus creencias, trataba de curarla succionando con una caña los males que la aquejaban; Pedro de Ugarte sacó del lugar al curandero, y después de auxiliar espiritualmente a la mujer, reprendió severamente a sus neófitos por permitir la presencia del guama; poco después, el misionero fue visitado por los indios a quienes había reprendido, los que le narraron orgullosamente que habían matado al curandero; el padre los increpó duramente por este crimen, por lo cual se conjuraron para matarlo. El misionero supo lo que se tramaba, llamó a los cabecillas del plan, y mostrándoles una vieja escopeta que tenía, les advirtió que si intentaban algo en su contra los mataría; los indios se alejaron un tiempo, Ugarte fue en su búsqueda, y poco después regresaron profesándole desde entonces gran respeto y cariño.

Pedro de Ugarte sabía la importancia que tendría establecer una relación de afecto con los niños, sobre todo para que no se resistieran tanto a realizar el trabajo que debía hacerse en la misión, y para esto, bailando descalzo en el lodo, jugaba y trabajaba al mismo tiempo con los pequeños nativos; con buen trato y mucha paciencia, poco a poco fue atrayendo también a los adultos, de manera que con la ayuda de todos, pudo construir una capilla de adobes y piedra en un paraje a orillas del arroyo de Ligüig, así como otros espacios necesarios en la misión. El padre Miguel Venegas relata el pasaje de la fabricación de adobes de la siguiente manera:

… Encontró el Padre Pedro a sus indios quietos y sin recelo; aunque por mucho tiempo no tuvo en su hospedaje más albergue que la sombra de los mezquites al principio, y después unas cabañas de enramada, mientras se dispuso la Capilla y corta vivienda de adobes. Aun a éstos era menester engañar para acostumbrarlos a algún trabajo: ya apostaba con ellos a quién más presto arrancaba mezquites y arbolillos: ya ofrecía premios a quien sacase más tierras: baste decir, que para formar los adobes, haciéndose niño con los niños, los convidaba a jugar con tierra y bailar sobre del lodo. Descalzábase el Padre y entraba a pisarlo: entraban también con él los muchachos: empezaba la danza, saltaban y bailaban sobre el lodo, y el Padre con ellos: cantaba el Padre, estando contentísimo, saltando a competencia y batiendo el Padre y pisando el lodo por varias partes, hasta el tiempo de la merienda….. Todavía, es costumbre en algunas zonas rurales hacer los adobes excavando un hoyo de diámetro variable y de un medio metro de hondo, en el que se echa agua y varios hombres baten el barro ayudándose con los pies para después vaciarlo en moldes de madera.

El padre Basaldúa, mientras tanto, fundó la misión de Santa Rosalía de Mulegé en noviembre de 1705, y como casi todos los misioneros jesuitas de California, llevó a cabo exploraciones en la constante búsqueda de lugares adecuados para plantar misiones. En 1703, aprovechando que el padre Ugarte había traído caballada en febrero de ese año, acompañó a Salvatierra, Píccolo, el capitán Rodríguez y algunos soldados en una expedición hacia el litoral del Pacífico. No se tiene fuente documental que detalle la ruta seguida, pero se sabe que al no encontrar en aquella costa un paraje propio para establecer una misión, los viajeros se dirigieron al sur y llegaron hasta la desembocadura del arroyo San Javier, que en su parte baja recibe hoy el nombre de Santo Domingo. Aquí encontraron muchos estuarios e isletas con abundancia de pescados y otros mariscos para alimentarse, estaban a unos kilómetros de Bahía Magdalena, pero tuvieron que regresar y llegaron a Loreto en mayo de 1703 sin haber encontrado puerto alguno o fuente de agua importante. Sin embargo, sí hallaron en la zona costera indígenas amistosos que fueron invitados a San Javier. El padre Basaldúa permaneció 4 años como misionero en California, ya que su precaria salud lo obligó a dejar la península para seguir su obra en las misiones de Sonora.

Los indios de Mulegé eran no sólo dóciles, sino inteligentes y aceptaban la nueva religión fácilmente, aprendieron el español, y con su ayuda se pudo hacer una presa para aprovechar las aguas del arroyo y abrir algunas tierras al cultivo, así como un camino que facilitara la comunicación con Loreto. Dos de los neófitos que se distinguieron por su colaboración con los misioneros para propagar el cristianismo fueron Bernardo Dubavá y Andrés Comanají, éste último pasó a San Ignacio y finalmente a Santa Gertrudis, cuya construcción dirigió al principio a pesar de estar ciego, de lo cual se hablará más adelante.

Las misiones establecidas, y sobre todo la de San Javier, llegaron a tener cierta capacidad productiva, además creció notablemente el número de conversos al grado de que pronto controlaron a mil jóvenes catecúmenos y 3 000 adultos. Continuó la fundación de más misiones, al principio cercanas a Loreto, y después, apoyándose en las que ya funcionaban, se fueron construyendo otras cada vez más lejanas, algunas de ellas en lugares en los que hoy, aun con modernos recursos de transporte y comunicación, es difícil llegar y aun sobrevivir en ellos.

Las misiones eran como un pequeño estado gobernado por un misionero, con una casa para albergar a los religiosos, una iglesia, cabañas para los soldados y los indios, y los anexos más necesarios para tener una relativa autosuficiencia, como talleres y huertos, además de los ranchos ganaderos, las misiones de visita y las rancherías indígenas que abarcaba la misión. Para los misioneros, su trabajo esencial consistía en salvar las almas de los indios gentiles convirtiéndolos al cristianismo, impartir los servicios sacramentales como el bautismo, el matrimonio y el auxilio espiritual a los moribundos, dar una enseñanza elemental a los niños, iniciar a los nativos en los principios de la agricultura, la cría y explotación de animales, incluyendo el ganado, así como en los oficios más indispensables para la vida en la misión y la comunidad que se iba estableciendo en su derredor, como la fabricación de adobes, la construcción de muros de piedra, represos y canales, el uso de la rueca, carpintería, herrería, curtido de pieles y otros más.

El lugar en que se construiría una misión debía reunir tres condiciones: tener suficiente agua, estar cerca de una o más rancherías indígenas, y tener acceso terrestre a otra misión ya establecida no distante más de un día de camino. En sus primeros contactos con los nativos, los padres empezaban a granjearse su amistad obsequiándoles pequeños espejos, zarcillos, imágenes religiosas, cuchillos, ropa, y algunos alimentos, principalmente maíz. Una vez ganada la confianza de los indios, se ayudaban de ellos para realizar el trabajo rudo, acarrear piedras, hacer adobes, cavar pozos, limpiar el terreno para las construcciones que se levantarían, incluyendo casas para los indígenas, sembrar trigo y maíz, plantar árboles, abrir caminos, campear ganado, etc..

Varias misiones, en algún tiempo, llegaron a ser autosuficientes en la producción de alimentos, y hasta cooperaron con ganado en pie y comida, con quienes se iban a regiones lejanas a fundar nuevos centros religiosos, como fue el caso de fray Junípero Serra en su viaje a la Nueva California, también ayudaron a las tripulaciones de barcos que tocaban San José del Cabo con víveres y agua; sin embargo, ordinariamente las misiones tenían que recibir ayuda del exterior, que les llegaba en barcos provenientes de la costa occidental de la Nueva España; y es que con frecuencia, la sequía se repetía por varios años, se acababan los granos y demás productos agrícolas de los campos y huertos de la misión, la langosta acababa cada cierto tiempo con siembras y pastizales, en tanto que el ganado se alzaba en el monte o moría de sed y hambre. Además, muchas cosas no podían hacerse en California, por lo que tenían que comprarse y traerse de fuera, y era costumbre que, dos veces al año, se enviaran a Loreto los artículos más indispensables para el sostenimiento de la vida misional, procedentes en su mayoría de la ciudad de México, así como dinero para pagar por diversos servicios a trabajadores especializados que llegaban a ocuparse.

Algunos de los barcos que llevaban víveres y ropa a California se hundieron en el golfo, como sucedió con el “San José” en su primer viaje, y el “San Fermín”, que encalló cerca de Ahome, pero el flujo de ayuda continuó y se hizo más constante al establecerse el Fondo Piadoso de las Californias, que desde los primeros años del siglo XVIII recogía las aportaciones de particulares y de la propia corona, cuya situación económica mejoró con el advenimiento de los Borbones. Así es que aun con todas las dificultades y sacrificios que tuvieron que realizar los misioneros, el sistema que crearon fue operante, en el sentido de que ingresaba a él un material humano que debía cambiar, y efectivamente, los indios se iban transformando hasta adquirir la imagen deseada por los españoles, aprendían a andar vestidos, se hacían sedentarios y se sometían a un horario de actividades más o menos rígido para atender las enseñanzas de los padres, comer, trabajar y descansar. Además del objetivo religioso, se lograba el objetivo político de ensanchar los dominios del rey al colonizar y extender los territorios de la Nueva España, ya que se hicieron pueblos que hasta la fecha existen, ranchos casi siempre ganaderos y los caminos que los unían, se plantaron olivos, vides, frutales diversos, palmas datileras, y hasta rosales en los jardines de las misiones.

Debe admitirse, sin embargo, que muchos de estos cambios, cuando menos e n los primeros años, eran más de forma que de fondo; iban a rezar el Rosario pero seguían escuchando a sus guamas y doctores; y eran dóciles durante su estancia en las cabañas y poblados en donde los hacían vivir los españoles, pero no renunciaron a su deseo de vagar libremente y sin solicitar permiso por los montes y valles fuera del territorio de la misión, lo que explica que las rebeliones e inconformidades de los indios californios nunca desaparecieron en su totalidad.

La asistencia de los indios a la cabecera de la misión para recibir la enseñanza religiosa era estimulada con el buen trato de los misioneros, obsequios diversos y comida, especialmente atole de maíz, y ocasionalmente carne. El orden y cumplimiento de las normas establecidas dentro del territorio misional eran responsabilidad del capitán del Presidio de Loreto, aunque generalmente había un acuerdo entre éste y los misioneros, quienes le pagaban su sueldo, y sin lugar a dudas, la máxima autoridad la constituía en última instancia el misionero residente en Loreto, que tenía a su cargo toda la misión jesuita en California. Ordinariamente el sueldo se pagaba en especie, el misionero recibía en cierta época quinientos pesos anuales en mercancía, al personal militar y marinería también se les pagaba con ropa, equipo, etc., y a los indios sólo se les daba la comida y en las buenas épocas, algún trozo de tela para que cubrieran su desnudez. Los sotanas negras mantuvieron este régimen administrativo de excepción en California desde 1697 hasta su expulsión.

Para poder sobrevivir, los jesuitas, encabezados al principio por el padre Salvatierra, tuvieron que enfrentarse no sólo a las limitaciones económicas ya mencionadas, sino también a las intrigas que en su contra tejían muchos aventureros, soldados, pescadores de perlas y mineros, que no eran apoyados por los misioneros en la explotación inhumana que hacían de los nativos. Un ejemplo de lo anterior fue el caso que se narra enseguida. Don Luis de Torres y Tortolero fue el primer capitán del presidio de Loreto en California, y siempre se desempeñó con fidelidad a los jesuitas y eficiencia en el cargo; pero en 1699, muy enfermo de los ojos, tuvo que dejar su puesto al capitán Antonio García de Mendoza, quien si bien se distinguía por su valor, después resultó deshonesto y ambicioso.

García de Mendoza había sido al principio un buen amigo de los padres Salvatierra y Píccolo39, quienes reconocían su diligencia y colaboración, prueba de lo cual es que el padre Juan María le puso a una parte del camino de Londó a Loreto el nombre de “Cuesta de Mendoza”, en recuerdo del buen trabajo del capitán y sus hombres en la apertura de esa ruta40. Las ambiciones de García se evidenciaron cuando Salvatierra le negó autorización para la pesca de perlas y consecuente explotación de los indios, lo que produjo la ira del capitán, quien el 22 de octubre de 1700 envió una carta al virrey acusando a los misioneros de incapacidad en la administración, y pidiendo su castigo. Aunque tales infundios fueron a la postre rechazados, los enemigos de la orden no dejaron de aprovechar la ocasión, para seguir propagando la idea de que los “sotanas negras”41 eran peligrosos por su ambición y sed de riquezas. García, inconforme porque no se le concedió lo que exigía, renunció a su cargo y se fue de California.

Se iniciaba desde entonces una pugna entre los misioneros y el poder temporal de militares y civiles, la cual perduraría aunque por diversas causas hasta después de la expulsión de los jesuitas. Cuando García causó baja voluntaria, los propios soldados eligieron como nuevo capitán al portugués don Esteban Rodríguez Lorenzo42, quien contribuyó con sus fieles servicios a la paz y tranquilidad de las misiones hasta su muerte. Por otra parte, como se ha dicho, las embarcaciones que traían a Loreto los apoyos de Sonora y Sinaloa se hundían o averiaban con frecuencia, y no podían reponerse con la debida prontitud, lo que obligaba a los colonos a una espera forzosa hasta que se recibía algún donativo en dinero para la fabricación o adquisición de otros navíos. Todo esto obligaba a los primeros misioneros a viajar constantemente a la Nueva España a fin de pedir ayuda, pero aun así, a pesar de tantas dificultades, la colonización y evangelización siguieron sin interrumpirse, gracias a la reciedumbre de aquellos hombres cuya capacidad para enfrentarse a las adversidades aun asombra.

Viaje de exploración de Salvatierra y Kino por Sonora.

Al aligerarse un poco la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros con la presencia de los padres Píccolo, su primer colaborador, y Ugarte, que llegó después, Salvatierra se embarcó en enero de 1701 rumbo a las costas de Sinaloa, para dirigirse luego a Caborca, Sonora, en donde fue recibido por el padre Eusebio Francisco Kino. La cita a la que acudieron era un eslabón más en una cadena de acciones planeadas desde años atrás con el fin de consolidar la obra misionera en California y explorar su desconocida región septentrional. Su objetivo concreto esta vez fue establecer una ruta que fuera desde las bases de aprovisionamiento de Sonora hasta la región del bajo Colorado, y de allí hacer rumbo al sur para llegar a las misiones de la península. Salvatierra reunió los hombres, provisiones y la caballada que pudo, y se dirigió a Caborca para sumarse al contingente del padre Kino. Partió la expedición hacia Sonoyta, vía El Coyote y Quitovac, por la ruta que Melchor Díaz había recorrido 161 años antes; pasaron el Cerro del Pinacate, abandonaron el llamado Camino del Diablo para dirigirse al suroeste, y desde lo alto de unas colinas pudieron contemplar el extremo norte del Golfo de Cortés, así como la desembocadura del Río Colorado. Poco después, desde el Cerro del Pinacate, Kino hizo las observaciones necesarias auxiliándose de un anteojo para ubicar los puntos geográficos más importantes de la región. Los guías indios, conocedores del gran desierto y de los sitios en que se podía encontrar agua, se negaron a proseguir el viaje hacia el noroeste, por lo que los expedicionarios tuvieron que regresar a Sonoyta.

Un año después, Kino hizo otro viaje a esta región, vadeó el Río Colorado, y esta vez pudo contemplar desde tierra californiana la costa sonorense. Las observaciones realizadas en estos viajes le permitieron elaborar mapas de Baja California y Sonora, en los que aparece el Río Colorado y su confluencia con el Gila, así como los lugares por los que podría establecerse una ruta terrestre a la Alta California, pero más importante que lo anterior, se determinó categóricamente que Baja California era una península, aunque el errado concepto insular de estas tierras perduraría por varias décadas entre muchos cartógrafos y marinos. Salvatierra se dio cuenta que de momento no era viable el abastecimiento de sus misiones por vía terrestre, por lo que antes de regresar a la península, y siempre con el apoyo del padre Kino, organizó provisionalmente una base de apoyo en Guaymas43, desde donde se embarcaron por un tiempo alimentos y equipo con destino a Loreto. De regreso en Loreto, a fines de abril, el panorama encontrado por Salvatierra no podía ser más desolador: una epidemia había afectado severamente a la población, y la crónica limitación económica impedía comprar los bienes indispensables para el sostenimiento de las misiones; cierto que algunos donativos de los religiosos de Sonora y Sinaloa, así como aportaciones del propio gobierno, habían aliviado de momento la precaria situación, pero la Guerra de Sucesión de España había obligado al virrey a suspender toda ayuda a las misiones de California, que nuevamente se debatían en la penuria acostumbrada.

Ruta aproximada de Kino y Salvatierra en su viaje tratando de comprobar si California era península, y en tal caso establecer una ruta terrestre desde Sonora. 1. Caborca. 2. Quitovac. 3. Cerro del Pinacate. 4. Desembocadura del Río Colorado. Probablemente fue en alguna parte alta al sur de la Sierra del Pinacate desde donde contemplaron el remate del Golfo de California. Adaptación en mapa de Google Earth por A. Ponce Aguilar.

Una de las pocas novedades agradables que encontró Salvatierra a su regreso fue la presencia del padre Juan de Ugarte, procurador de los jesuitas de California en México, quien había salido de esa ciudad desde el 3 de diciembre del año anterior, arribando a Loreto en 1700 ó 170144, después de una venturosa travesía por el Golfo a pesar de haberla hecho en una embarcación aparentemente inservible. El padre Salvatierra no se imaginó entonces que aquel nuevo misionero sería uno de los pilares más firmes en que se sustentaría la evangelización de los indios californios. Por aquel tiempo, el padre Píccolo debía ir a la ciudad de México para tratar asuntos diversos, por lo cual Ugarte lo substituyó en su cargo de misionero de San Francisco Javier, habiendo arribado a la misión el 10 de abril de 1701.

En octubre de 1704, el padre Salvatierra fue nombrado superior provincial de la orden45, por lo que tuvo que acudir a la ciudad de México y dejar al frente de las misiones al padre Juan de Ugarte. Desde esta nueva jerarquía, aquel tuvo más oportunidad de adquirir ayuda para California, y comprendiendo que los recurrentes períodos de miseria continuarían indefinidamente, de no contarsMeapcao3n0un banco de recursos permanente que asegurara el flujo oportuno de auxilio a las misiones en el momento que se requiriera, Salvatierra aprovechó los donativos que le hicieron algunos benefactores de la orden, para seguir consolidando el llamado Fondo Piadoso de las Californias.

En 1711 el padre Eusebio Francisco Kino, hermano espiritual de Salvatierra y que siempre ayudó a las misiones californianas, murió en Sonora, como había vivido, con extrema humildad y pobreza, y sus restos fueron sepultados en la iglesia de Magdalena. A partir de ese año hubo un cambioMeapnal3a0actitud del gobierno virreinal favorable a California; el virrey Fernando Lancáster y Oreña no sólo pidió la ayuda de los pudientes de la Nueva España para enriquecer el Fondo, sino que colaboró con una importante aportación personal, a la que se sumaron las de la Marquesa de Buena Vista, la duquesa de Gandía , la Marquesa de la Torre de Rada, el conde de Miravalle, y doña Josefa Paula de Argüelles, entre otras. Pero el padre Salvatierra sabía que la ayuda que pudiera recibirse era afectada por las veleidades de la política y las guerras, por lo cual planeó e hizo que se llevara a cabo la compra de haciendas ganaderas y agrícolas, con cuya producción y beneficio económico se podrían tener aportaciones más constantes al Fondo. Por cierto que éste se acrecentó considerablemente con el tiempo, y unos 130 años después, terminada la guerra de México con los Estados Unidos, los obispos norteamericanos de la Alta California, con el apoyo del gobierno norteamericano, exigieron que México les entregara el importe del Fondo y los intereses devengados; y en una decisión completamente injusta, dado que el capital reunido era el resultado de donaciones hechas por particulares mexicanos y españoles para las misiones de la Baja California, puesto que en la Alta no existía ninguna, la Corte de Arbitraje Internacional de La Haya resolvió la disputa a favor de los religiosos norteamericanos, y fue hasta la época del gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz cuando se liquidó totalmente dicho “adeudo” con un abono final de 716 546 dólares. Salvatierra, a pesar de la resistencia de sus superiores, pudo dejar el cargo de provincial y regresar a Loreto en 1706 para reanudar su infatigable labor, ayudado por los padres Píccolo y Ugarte, así como otros que para entonces fueron llegando a California.

El Fondo Piadoso de las Californias. La historia de una injusticia

Se ha dicho que el virrey había aceptado que los jesuitas establecieran misiones en California a condición de que sufragaran sus gastos, por lo que en 1701, gracias a las gestiones de Salvatierra, Ugarte y algunos otros, la Compañía de Jesús empezó a recibir donativos de algunos nobles acaudalados de la Nueva España, con lo que se empezó a integrar lo que sería el Fondo Piadoso de California. Las últimas donaciones se basaron en acuerdos en los que se aceptaba que los donadores mantenían por un tiempo la propiedad obsequiada, y eran los intereses generados los que se destinaban para beneficio de las misiones, sistema que perduró hasta 1717. A partir de este año, los donativos fueron entregados directamente a los jesuitas para su administración, hasta su expulsión en 1768, aunque debe aclararse que, legalmente, los sotanas negras no tenían nada en propiedad, dado que las leyes de la orden les prohibían poseer bienes temporales.

Cuando la Compañía de Jesús tuvo que salir de todos los territorios del reino español y sus colonias conforme al decreto de 1767 expedido por Carlos III, los franciscanos asumieron por breve tiempo el control de las nuevas misiones californianas, y en 1772, como se verá más adelante, las cedieron a los dominicos todas las ex misiones jesuitas de la Baja California según el concordato firmado en esa fecha entre los representantes de las dos órdenes, mientras que ellos, los franciscanos, conducidos por el padre Fray Junípero Serra se ocupaban en fundar misiones en la Nueva o Alta California.

Aquí es pertinente señalar que las grandiosas misiones que fueron plantando los franciscanos en aquella, la más lejana frontera de la Nueva España, pudieron iniciar su sostenimiento gracias a la ayuda que recibieron de las antiguas misiones levantados por los jesuitas en la Baja California, y ese auxilio consistió no sólo en ganado y equipo para las nuevas iglesias, sino en gente, indígenas que ya sabían hablar el castellano, trabajar la tierra, hacer represos, levantar construcciones de adobes, montar a caballo y hasta desempeñarse como catequistas, todo lo cual ahorró un tiempo precioso a los discípulos de San Francisco de Asís, que al llegar a aquellas tierras pobladas por gentiles la mayoría de los cuales jamás había visto a los españoles, contaron con los dóciles indios cochimíes para hacer los principales trabajos. Consumada la independencia de México en 1821, el nuevo gobierno tomó posesión de todos los bienes españoles que había en la naciente república, incluyendo los que constituían el Fondo Piadoso de California; el 28 de diciembre de 1836 se firmó el tratado por el cual España reconocía la independencia de México, y al secularizarse las misiones en 1834, la administración del fondo recayó en el gobierno mexicano. En 1840 la Santa Sede creó la Diócesis de las Californias, por lo que el gobierno mexicano entregó las propiedades y valores del Fondo al recién nombrado obispo Francisco García Diego, quien los administró hasta 1841. Por este tiempo, el presidente de la república Antonio López de Santa Anna revocó las disposiciones previas sobre la administración del Fondo en un decreto por el cual se dispuso que sus bienes pasaran al gobierno mexicano, se procediera a su venta, y el beneficio obtenido pasara al Tesoro Nacional; en la inteligencia que se reconocería un adeudo de 6% anual del importe recaudado; para el pago se emplearía el impuesto ejercido sobre el tabaco. Terminada la guerra con los Estados Unidos, el 2 de febrero de 1848 se firmó por los dos países el Tratado de Guadalupe Hidalgo, cuyos artículos XIII y XIV se transcriben parcialmente:

Art. XIII. … Se obliga, además el gobierno de los Estados Unidos, a tomar sobre sí y satisfacer cumplidamente a los reclamantes todas las cantidades que hasta aquí se les deban y cuantas se vengan en adelante, por razón de los indicados reclamos.

Art. XIV. También exoneran los Estados Unidos a la República Mexicana de todas las reclamaciones de ciudadanos de los Estados Unidos no decididas aún contra el Gobierno Mexicano y que puedan haberse originado antes de la fecha de la firma del presente tratado; esta exoneración es definitiva y perpetua…

A pesar de la claridad de los referidos artículos, el 20 de junio de 1859 los obispos Thaddeus Amat de Monterrey y Joseph Sadoc Alemany de San Francisco, reclamaron como ciudadanos norteamericanos los derechos sobre el fondo desde 1847, aunque sus diócesis se habían creado en 1850; Washington los apoyó, el 4 de julio de 1868 se creó la Comisión Mixta de Reclamaciones con representación de los dos países, y se designo como árbitro a Sir Edward Thornton, embajador británico en Washington, quien el 11 de noviembre de 1875 falló a favor de los religiosos norteamericanos, determinando lo siguiente:

  1. El importe de la venta valuada en 1842 ascendía a $ 1 435 033.00.
  2. El interés anual de esta suma ascendía a $86 101.98, y por los 21 años transcurridos entre 1848 y 1869 llegaban a un monto de $1 808 141.58.
  3. De la suma mencionada, la mitad correspondía a las misiones de la Alta California.

México cumplió con los pagos en 13 abonos anuales, pero los norteamericanos, no satisfechos con semejante expoliación, exigieron entonces el importe de los intereses generados después del período cubierto por el fallo de la Comisión de Reclamaciones (1869); México se negó a pagar, y tras varios años de discusiones diplomáticas, el 22 de mayo de 1902 se acordó por los dos países someter la cuestión del fondo al Tribunal Permanente de Arbitraje Internacional de La Haya, el cual dio su resolución el 14 de octubre de 1902, favorable a los religiosos de la California estadounidense; esto obligó a México a pagar 1 420 682.67 pesos por los intereses acumulados de 1869 a 190246, además de tener que cubrir a perpetuidad47 43 050.99 pesos anuales en monedas de plata. Décadas después, cuando el gobierno mexicano reclamó a los Estados Unidos el territorio de El Chamizal, se tocó el tema de El Fondo Piadoso de California, y después de intensas negociaciones, en época del gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz, se pudo obtener del gobierno norteamericano la cancelación del “adeudo”, y el primero de septiembre de 1967 el presidente informó al Congreso de la Unión que, con un pago final de $ 716 546.00 Dlls., quedaba liquidado aquel injusto compromiso.


  1. Tratando de enseñar a los nativos algunas palabras en español, los misioneros les mostraron unas moscas aparentemente muertas, y se aprestaron a escribir lo que pronunciaran los indios cuando las moscas empezaran a moverse nuevamente, y éstas fueron Ibimu-huet-ete, que significa "poco hace que estaba muerta". El término resurrección no existía en su vocabulario. ↩︎

  2. Casi todos los misioneros esperaban sacrificios y situaciones de graves peligros, pero no imaginaban el atraso cultural de los naturales, no esperaban la monotonía de una existencia en la que casi no podían conversar con los indios, ni un medio natural tan mezquino y estéril, ni la falta de oportunidad para mostrar el heroísmo novelesco que imaginaban en Europa, ni la capacidad de martirio como la habían considerado antes de llegar a tan lejana frontera. ↩︎

  3. Ludwig von Pastor escribió la monumental “Historia de los Papas”, en la que queda claro que la religión católica profesada por el autor no es impedimento para criticar libremente las acciones de algunos de los Papas, además de corregir con base en fuentes documentales válidas los prejuicios frecuentes que se han tenido en contra de varios Pontífices, especialmente por parte de los protestantes. ↩︎

  4. Es célebre la expresión ...Al México envíen, si le parece, haciendo que sean pedidos, o sin serlo..., escrita por San Ignacio de Loyola en una carta el 12 de enero de 1549. ↩︎

  5. En 1571 Felipe II ordenó a Francisco de Borja que se fundara una provincia de la Orden en la Nueva España, recayendo la responsabilidad en el padre Pedro Sánchez, rector del Colegio de Salamanca, quien al frente de un pequeño grupo de misioneros partió a su destino el 12 de junio de 1572. ↩︎

  6. Bolton, Herbert Eugene. “Rim of Christendom”, The MacMillan Company, New York, 1936, p. 100. ↩︎

  7. Ibíd., pp. 106,107. ↩︎

  8. Xavier Clavijero, Op. cit., p. 83. ↩︎

  9. Antes de que nadie desembarcara, el almirante publicó un bando real para lo cual convocó a toda la gente a son de cajas y a voz de pregonero, primero en “La Capitana” y después en “La Almiranta”, por medio del cual el escriba real Diego de Salas leyó en voz alta y clara las disposiciones de Su Majestad, cuya desobediencia podría causar pena de muerte. De las numerosas prohibiciones destacan las relativas a no vejar o maltratar a los indios, no comerciar con ellos, y no quitarles sus perlas. Atondo fue el primero en violar la real disposición con el cobarde asesinato de los guaycuras. ↩︎

  10. Bolton, Herbert Eugene. “Rim of Christendom”, The MacMillan Company, New York, 1936, p. 146. ↩︎

  11. Barco, Miguel del., “Historia natural y crónica de la Antigua California”. Edición, estudio introductorio y notas de Miguel León-Portilla, IIH, México, 1973. ↩︎

  12. Bolton, op.cit., p. 154. ↩︎

  13. Ibíd.., p. 160. ↩︎

  14. “Rim of Christendom...”, Bolton, op.cit., pp. 175-178. ↩︎

  15. Se incluían en el grupo un arriero mulato, un esclavo, 9 indios cristianos de la Nueva España, 5 caballos con armadura, 30 caballos ensillados, dos caballos para Kino y el cirujano, 20 mulas cargadas con provisiones y equipo, 2 mulas para losarrieros y 22 mulas de reserva. The Diary of the Kino-Atondo Peninsular Expedition . Edit. W. Michael Mathes, 1969, p. 22. ↩︎

  16. Conviene aclarar que el río Comondé, el arroyo de Cadegomó, el Comondú y el Santo Tomás, son la misma corriente que hoy recibe el nombre de La Purísima, aunque los tres primeros se aplican a la parte alta cercana al nacimiento del río. ↩︎

  17. En su lengua, el indígena se llamaba Ibo, que significaba El Sol. Era el padre del pequeño Eusebio. ↩︎

  18. “The Diary of the Kino...”, op.cit., p. 30. ↩︎

  19. Bolton, op.cit., p. 184. El autor señala que la presencia de las muchachas creó un problema de disciplina para Atondo, y que el padre Kino se mantuvo discretamente en silencio. ↩︎

  20. Una braza equivale a 1.672 m. ↩︎

  21. First from the Gulf to the Pacific, Isidro Atondo y Antillón, Trad. y Edit. por W. Michael Mathes, 1969, pp. 47,48. ↩︎

  22. Bolton, op.cit.., p. 193. ↩︎

  23. Ibíd., “Rim of...”, op.cit., pp. 220, 221. ↩︎

  24. Memorial del p. Juan de Palacios al Virrey Conde de Moctezuma, Biblioteca Nacional de México, Col. Arch. Franciscano (3/42.2, f. 6v.-7v.). ↩︎

  25. Título que le correspondía porque su esposa, doña Jimena Moctezuma, descendía directamente del emperador azteca. ↩︎

  26. La licencia del conde de Moctezuma decía en parte: ...Por el Presente consedo la lizencia ...a los dhos. Padres...para la entrada a las provincias de Californias con calidad de que sin orden de Su Majestad no sea de Poder librar ni gastar cosa Alguna de su R. Hacienda en esta Conquista... Clavijero, op. cit., p. 90. ↩︎

  27. Puerto que había en la desembocadura del río de ese nombre. ↩︎

  28. Miguel León-Portilla, op. cit., p. 109. ↩︎

  29. Para tener idea de la paciencia y dedicación que debió tener el padre Copart para escribir su obra, se transcribe a continuación el Padre Nuestro en una de las cuatro variantes del lenguaje cochimí, correspondiente a la zona de San Francisco Javier y San José de Comondú, que era la misma usada por los indios de la región de San Bruno y demás rancherías al oeste. Antes hay que señalar que de acuerdo con Clavijero, la lengua cochimí es muy difícil, está llena de aspiraciones y tiene algunos modos de pronunciar que no pueden explicarse. 1ª. Pennayú nakanambá, yaa ambayujup miyá mo, buhú mombojuá tammala gkomendá, hi nogodoñó demuejueg gkajim. 2ª. Pennayula bagodoñó gkajim, guihi Ambayujup mabá, yaa kaammet e decuinyi mo puegiñ. 3ª. Yaa m buhula mújuá Ambayujup mo dedahijuá, amet e nno guilugui hi pagkajim. 4ª. Tamadá, yaa ibó tejueg guiluguigui pamijich e mmo, ibo yannó puegiñ 5ª. Guihi tamma yaa gambuegjula kapuji ambinyijua pennayula dedaudugújuá, guilugui pagkajim. 6ª. Guihi yaa tagamueg la hui ambinyijua hi doomó puhuegjuá, hi doomó pogounyim. 7ª. Tagamuegjuá, guihi ussi mahel ka ammet e decuinyi mo, guihi yaa hui ambinyi yaa gambuegjuá pagkaudugum. Amén. Se dan enseguida los significados en español de algunos de los términos empleados. Nakanambá = padre. Ambayujup = cielo. Mombojuá = nombre. Gkomendá = reconocer. Hi = y. Nogodoñó o Nogodognó =amar. Demejueg = todos. Guihí = y, también. Kremete = tierra. Decuinyi = contestar. Yaá = este. Ibó = día. Ambinyijuá = mal. Doomó = aunque. Dicuinyí mo, = contestar. Amét = tierra. ↩︎

  30. Debe haberse tratado del mismo cacique que conocieron Atondo y Kino, como ya se ha narrado anteriormente. ↩︎

  31. Miguel León-Portilla, op. cit., p. 109. ↩︎

  32. Probablemente se deriva de la expresión “poblado de laureles” en latín. ↩︎

  33. Carta del padre Juan María de Salvatierra al padre Juan de Ugarte, 9 de julio de 1699, Colec. Mexicanas, Bibl. Nal. de México, Archivo Franciscano, ficha No. 266, México, D.F.. ↩︎

  34. Clavijero, op.cit., p. 107. ↩︎

  35. Píccolo, Informe y Relación succintya..., pp. 7, 8. ↩︎

  36. Ibid., p. 9. ↩︎

  37. La descripción que hace Píccolo es exagerada en sus bondades, lo que el misionero tal vez hizo para provocar en sus superiores y en el gobierno el apoyo en la exploración y colonización de la provincia. Informe del Estado de la Nueva Cristiandad de California, 1702, y Otros Documentos. Francisco María Píccolo S.J., Edición, estudio y notas Ernest J. Burrus. 1962 ↩︎

  38. Liguig, o Lihuig o Ligüig está a los 25º 44´ de latitud norte, en la costa del Golfo de California. El paraje era llamado Liguig por los monqui y Malibat por los cochimíes. ↩︎

  39. García acompañó a Píccolo en un viaje que el misionero hizo hasta la costas del Pacífico, y al pasar por San Javier, el oficial y varios soldados hicieron 3000 adobes para construir la capilla y otras edificaciones. “Carta del padre Francisco María Píccolo al padre Juan María de Salvatierra sobre el descubrimiento por tierra de la contracosta de California, San Francisco Javier Biaundó, 30 de octubre de 1699”, hoja 1, Colección Archivo Franciscano, ficha 268. Biblioteca Nacional de México, Centro Cultural Universitario, México. ↩︎

  40. “Carta del padre Juan María de Salvatierra al padre Juan de Ugarte sobre los avances de la cristianización en California, 9 de julio de 1699”, h. 18 (30). Colección Archivo Mexicano, Biblioteca Nacional de México (3/40, f. 22-34v.), ficha 266. México, D.F.. ↩︎

  41. Nombre con el que suele designarse a los jesuitas por el color característico de sus hábitos. ↩︎

  42. Rodríguez Lorenzo llegó a California en 1697 con el padre Salvatierra, en donde permaneció 49 años hasta su fallecimiento. ↩︎

  43. En abril de 1701, en un esfuerzo por mantener el flujo de víveres y provisiones de Sonora a las misiones de California, el padre Salvatierra fundó la misión de San José de la Laguna, a unos 2 kilómetros de la actual ciudad de Guaymas, en Sonora, la cual según Alegre, por orden del padre provincial pertenecería a la misión de Loreto. San José de la Laguna fue quizá la única misión con corrales muy cerca del mar, adecuados para el embarque de ganado, los cuales fueron construidos por el padre Francisco María Píccolo. ↩︎

  44. Clavijero afirma que Juan de Ugarte llegó a Loreto el 19 de marzo de 1701, Op.cit., p. 107, y otros autores dan la fecha de 1700 para el arribo del misionero a California. ↩︎

  45. El padre General de los Jesuitas mandaba cada 3 años un sobre con el nombre del sucesor que en caso de fallecimiento sucedería al padre provincial. ↩︎

  46. Transcripción del Record of Proceedings before de Mexican and American Mixed Claims Comission with relation to...Claim No. 439, American Docket; Diplomatic Correspondence Relative to the Pious Fund of the Californias…Senate Document No. 28, 57th Congress, Second Session. (Washington, 1902). ↩︎

  47. “The Pious Fund of the Californias”, “Catholic Enciclopedia”, Vol. XII; Garret W. McEnerny. ↩︎