Antonio Ponce Aguilar

De Cueva Pintada a la Modernidad
Capítulo IX: 
El paradigma de un misionero

… Su discurso en la cátedra fue el más escuchado en la Nueva España, pero también mató al león de la sierra, construyó un barco en el desierto y desafió al mejor luchador indígena…

Las hazañas

El padre Juan de Ugarte Vargas, nacido en 1662 en Tegucigalpa, Honduras, ingresó a la Compañía de Jesús en México en 1679, y su claro intelecto lo llevó pronto a impartir la cátedra de filosofía en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo; conoció entonces a Kino y Salvatierra, a quienes se unió en el proyecto misionero de California recaudando donativos para su realización, y como se mencionó en el capítulo anterior, viajó a Loreto en marzo de 1701, a donde arribarían poco después los padres Juan Manuel Basaldúa y Jerónimo Minutuli.

Fueron muy diversas las nacionalidades y orígenes de los primeros religiosos que acudieron a Baja California, y resulta imposible delinear un perfil que muestre cómo eran aquellos hombres, pero es en la personalidad de Juan de Ugarte donde se aprecian los atributos que distinguieron a los más preclaros misioneros jesuitas de esa época, por lo que es conveniente hacer una somera relación de su obra y acciones, como ejemplo del trabajo que aquellos hombres realizaban.

En 1701, el padre Píccolo viajó a la ciudad de México para gestionar la ayuda del virrey y de los bienhechores de la Compañía, por lo que el padre Juan de Ugarte quedó encargado de la misión de San Javier, pues era importante afianzar aquel centro religioso que contaba con agua y buenos pastos. Cuando llegó al lugar, deseoso de granjearse la confianza de los gentiles, despidió a los soldados que lo acompañaban y que tenían la obligación de estar con él para ayudarlo y protegerlo, y se quedó solo, con los indios, dispuesto a cualquier sacrificio y aun a la muerte, pues sabía del serio peligro que corría tomando en cuenta el reciente ataque de que había sido objeto la misión. Después del primer día en el que nadie se acercó, fueron acudiendo poco a poco los habitantes de las rancherías cercanas hasta que, convencidos por la bondad que inspiraba el misionero, regresaron todos a la doctrina y a las labores a las que se fueron introduciendo paulatinamente por el padre.

Las actividades rutinarias para los indios eran: 1º., oír misa a temprana hora; 2º, desayunar pozole; 3º, trabajar casi siempre en la labranza de la tierra o construyendo adobes y habitaciones; 4º, regresar a comer; 5º, rezar el rosario, 6º, explicar la doctrina y 7º. cenar. Cuando no había mucho trabajo pendiente, los nativos podían realizar sus quehaceres acostumbrados como pescar, cazar y recolectar los frutos del campo.

A pesar de que Ugarte era un intelectual cuyo discurso había sido escuchado con atención por teólogos y gobernantes, y que había dictado cátedra en importantes colegios, renunció a todo para aislarse con los californios por 30 años, hasta su muerte. Su especial temperamento se muestra en un episodio acaecido en sus primeros años en San Javier, cuando, estando frente a un grupo de gentiles, en varias ocasiones se había relajado la disciplina y la atención por las risotadas y burlas de los indios; sabiendo Ugarte que algo que sí respetaban aquellos hombres era el valor y la fuerza física, y recordando que una vez le habían mencionado la habilidad de sus luchadores, les preguntó quién era el más fuerte y valeroso; cuando fue identificado por sus compañeros, el misionero se dirigió a él, lo cogió del brazo y se lo apretó hasta que lo obligó a gritar por el dolor; entonces, mirando calmadamente a todos los del grupo dijo: Vaya, no es capaz de luchar conmigo quien no puede sufrir un dolor tan ligero1.

En otra ocasión, cabalgando en su mula por el monte, a unos 10 Km. de la misión se topó con un puma o león de montaña dormido cerca de la vereda. Este predador, el chimbiká de los cochimíes, era un animal que según la tradición no podía cazarse por el riesgo que esto implicaba, y la creencia generalizada de que la muerte del cazador era el precio que se pagaba por matar a este animal. Cuando el religioso vio al felino, se apeó cautelosamente de su bestia, y teniendo a la mano una pesada piedra la arrojó con toda su fuerza a la cabeza del león, que cayó moribundo y pudo ser rematado ya sin peligro. Relataba Ugarte que con el fin de que la mula aceptara tan incómoda carga, tuvo que subir el cuerpo del animal a una roca y desde allí deslizarlo sobre la grupa de su cabalgadura, que arrancó corcoveando hasta llegar a la misión. Cuando los indios vieron al jesuita y la carga que llevaba se admiraron de su valor, y en lo sucesivo le prodigaron gran respeto, aparte de que comprendieron que nadie moriría por matar a un león2.

Para obtener provecho de la situación, Ugarte prometió dar como premio un toro al que matara y trajera la piel y unto o grasa de un león, esta última usada para curar las mataduras de las bestias de carga y silla. Su propósito era evitar que el predador matara el ganado y potros de la misión, lo cual era una constante preocupación de los misioneros que con demasiada frecuencia veían mermarse el número de sus reses3, y con ese ofrecimiento, los indígenas fueron estimulados para cazar al temible felino, habiéndose extendido la costumbre a otras misiones.

Estando en San Javier, el padre Ugarte enseñó a sus neófitos a construir represos y pequeños canales para el riego de las siembras, lo que le permitió introducir a los indios a la agricultura; sembraron maíz, trigo, frijol, garbanzo, melones y sandías; plantó limoneros y vid, y elaboró vino de su cosecha; por varias temporadas la misión fue autosuficiente en granos, y así lo expresó el misionero con cierta vanidad, justificable por cierto, en una carta que en 1707 dirigió al fiscal de Guadalajara, en la que decía: ….Gracias al Señor que ya llevamos aquí dos meses de estar comiendo buen pan de trigo de nuestra cosecha, juntamente con todos los soldados y marineros, al mismo tiempo que se mueren de hambre los padres de Sonora y Sinaloa, ¿Quién lo creyera?..4.

Pero cuando las condiciones llegaron a ser adversas sobre todo a causa de la sequía o la plaga de langosta, personalmente participó con los indios de la misión en la pesca y recolección de frutos y raíces para poder alimentarse, lo que aumentó el respeto y cariño que todos le profesaban. Es posible que si este intento de Ugarte por buscar alimentos como lo hacían los primitivos californios se hubiera sistematizado o se hubiera practicado cotidianamente por los españoles, el constante problema de la falta de comida no hubiera sido tan grave. Ugarte conocía y valoraba la alimentación acostumbrada por los naturales, como el mezcal tatemado, pero tomando en cuenta que estos agaves de California eran muy pequeños comparados con los de Matanchel y otras partes de la Nueva España, mandó traer de esos lugares un buen número de plantas que trasplantó en su misión, y que pronto fueron preferidas por su mejor calidad.

En diciembre de 1702, Ugarte trajo embarcados pies de cría de ganado mayor y menor desde Sonora y Sinaloa, y enseñó a los nativos la cría y aprovechamiento de vacas, cabras, ovejas, aves de corral y caballos, acostumbró a los indígenas a la explotación comunal de un campo que era de todos, al mismo tiempo que cada quién tenía su pequeña parcela particular; enseñó a muchos el uso de la rueca y los telares, para lo cual trajo desde Tepic al maestro Antonio Morán, los hombres aprendieron albañilería, y bajo la dirección del religioso construyeron la iglesia y sus casas, además de que algunos aprendieron el labrado de maderas duras para la ornamentación del templo; dispuso la construcción de un hospital así como escuelas para niños y niñas.

En marzo de 1703 hizo Ugarte una breve exploración a la costa occidental de la península acompañado de algunos soldados e indios, tratando de localizar tierras con agua y leña, o un buen puerto para el Galeón de Manila, y en mayo volvió esta vez rumbo al noroeste pero sin buenos resultados.

El 26 de noviembre de 1706, por orden del padre provincial, inició Ugarte otra expedición hacia la costa occidental, acompañado por 40 guerreros yaquis de la costa sonorense, algunos indios californios, doce soldados y el capitán de Loreto en busca de un puerto al que pudiera llegar al galeón en sus prolongados viajes desde las Islas Filipinas hasta Acapulco. Buena parte de la ruta debe haber coincidido con el arroyo San Javier, que desciende casi directo hacia el sur por unos 32 Km., y luego cambia de dirección rumbo al suroeste, uniéndose al Santo Domingo, que desemboca en el Océano Pacífico aproximadamente a los 25º 28´ N.. En una exploración de unos 50 kilómetros por la costa no encontró un lugar con agua y leña suficientes que ofreciera abrigo a las embarcaciones, la falta de pasto dificultaba el mantenimiento de la caballada y el padre tuvo que regresar a Loreto a los 15 días de haber salido.

Para suerte de todos, a unos siete kilómetros al sur de la antigua misión de San Francisco Javier, por el mismo cauce del arroyo, encontraron un lugar con más y mejor agua, por lo que se hizo el cambio al nuevo paraje5. San Javier, pues, se trasladó al lugar llamado San Pablo, y fue allí donde en 1744, el padre Miguel del Barco inició la construcción del edificio que hoy se reconoce como una joya arquitectónica. Allí se quedó Ugarte con varios indios yaquis, quienes bajo su dirección y después de que se trajera herramientas como azadones, hachas y barretas, iniciaron la construcción de una iglesia, e hicieron una presa y canales, lo que permitió la siembra de granos y frutales. Pero la más importante exploración del padre Juan de Ugarte fue la que hizo en 1721 en la balandra “El Triunfo de la Cruz” hasta el extremo norte del Golfo de Cortés, de lo cual se hablará más adelante.

En su permanente búsqueda de lugares con suficiente agua para establecer pueblos como visitas de la misión más cercana, de la cual dependieran, el padre Juan María Salvatierra descubrió en la sierra de La Giganta un arroyo con abundante agua al que llamó San Ignacio, y que hoy es el Comondú; más o menos por el mismo tiempo, supo de la existencia del mismo arroyo el padre Ugarte, quien salió en su búsqueda desde un pueblo de visita al sur de su misión llamado Santa Rosalía. Llegó al arroyo no sin vencer algunas dificultades, pues tuvo que arreglar una bajada muy escabrosa, y de inmediato empezó a reunir a los gentiles de varias rancherías vecinas, y a formar un pueblo, para lo cual se ayudó con los indios cristianizados que iban con él. Estando ocupado en formar el nuevo pueblo, Ugarte supo que el padre Salvatierra se encontraba haciendo algo semejante apenas a unos tres kilómetros río arriba. Poco después se encontraron los dos misioneros, se abrazaron efusivamente, y después de platicar de sus proyectos estuvieron de acuerdo en seguir cada quien con su trabajo. El poblado que formó Ugarte se llamó San Miguel, y el de Salvatierra San Ignacio, al norte del anterior.

El padre jesuita Julián de Mayorga había llegado a Loreto en 1707, y para el verano de 1708, junto con Salvatierra y Ugarte, visitó el paraje llamado Comondú6 por los nativos, que es el actual Comondú Viejo, lugar por el que pasa un afluente en la parte alta del que hoy se llama arroyo La Purísima, pero que antes se llamó Santo Tomás y Cadegomó, situado a unos 35 Km., un poco al noreste del actual poblado de San José de Comondú7 y a unos 33 kilómetros de La Purísima, arroyo arriba8; los misioneros pensaban que el lugar era propio para fundar una misión, por lo que con la dotación de Don José de la Peña Castrejón y Salzines, Marqués de Villapuente, se inició en aquel sitio la misión que se llamó San José de Comondú9; fue designado su misionero el padre Mayorga, quien permaneció en ella hasta su fallecimiento el 10 de noviembre de 1736. Esta fue la original misión de San José de Comondú y que hoy se conoce como Comondú Viejo (Ver mapas 26 y 27).

El padre Julián de Mayorga fue substituido por el jesuita alemán Francisco Xavier Wagner, quien en 1737 cambió la misión al poblado de San Ignacio, que había fundado Salvatierra, el cual desde 1738 se empezó a conocer como San José de Comondú e igual el arroyo. Comondú viejo quedó como visita del nuevo poblado que desde entonces fue cabecera de la misión; San Miguel, el poblado establecido por Ugarte, también fue visita de la misión de Comondú.

En 1720, Ugarte y el padre Jaime Bravo, quien había llegado a Loreto en 1705 acompañando al padre Salvatierra, se dirigieron por mar a la bahía de La Paz en la balandra “El Triunfo de la Cruz” recién construida por Ugarte, y fundaron la misión de Nuestra Señora del Pilar de la Paz Airapi. Verdad es que desde 1716, el padre Salvatierra había intentado plantar la misión, pero no lo había logrado por la gran desconfianza de los guaycuras hacia los españoles, pues quizá recordaban todavía el cañonazo que 30 años antes les había disparado Atondo. Además, los atropellos de los pescadores de perlas en su contra eran frecuentes, a todo lo cual se sumó el incidente que enseguida se narra: cuando Salvatierra había llegado a La Paz con el fin de darse a conocer entre los gentiles, iba acompañado de algunos de sus neófitos quienes, al ver que un grupo de indios huía de la comitiva del religioso, golpearon a unas mujeres guaycuras para obligarlas a que escucharan al misionero, lo que agudizó el resentimiento contra los intrusos.

Sin embargo, en 1720, y gracias a la dotación que hizo el marqués de Villapuente, Ugarte, auxiliado por el padre Jaime Bravo, plantó por fin la misión de La Paz en donde no sólo obtuvo la amistad de los guaycuras, sino también la estimación de los isleños que vivían en San José y Espíritu Santo; a los tres meses Ugarte pudo regresar a Loreto y el padre Bravo quedó residiendo en la misión. Poco después fue Ugarte a Guasinapí, lugar de la sierra situado al noroeste de Loreto, de donde había sacado los troncos de guaribo para hacer su barco en el que exploraría el golfo, y al confirmar la buena disposición de los naturales hacia el cristianismo, envió al padre Everardo Helen a fines de 1720 para que fundara la misión que recibió el nombre de Guadalupe Guasinapí, en la cual el misionero alemán desarrolló una gran labor durante 15 años.

Muerte de Salvatierra

En 1717 el virrey don Baltasar de Zúñiga, marqués de Valero y duque de Arión, pidió al padre Salvatierra que le informara personalmente sobre el estado de las misiones y de la California en general, además de que, en atención a los deseos de su majestad Carlos V, debería escribir una Historia de California. La salud del misionero era precaria por una litiasis que le causaba fuertes dolores, pero aun así, después de dejar al padre Ugarte encargado de las misiones10 se embarcó hacia Matanchel, de donde prosiguió el penoso viaje a Guadalajara a lomo de mula, aunque debido a los dolores que le producía la cabalgata aguantó sólo hasta Tepic. Iba acompañado por el hermano Jaime Bravo, quien al ver lo penoso que resultaba el viaje para el misionero, mandó un propio al rector del colegio de Guadalajara para que le mandara ayuda. Enterado de la situación, el rector mandó un pequeño carruaje y al padre Roque de Iragorri para que ayudara en todo a Salvatierra, así se hizo, pero los movimientos del pequeño volante de dos ruedas acrecentaron los dolores del misionero, por lo cual tuvo que ser cargado por varios indios por casi todo el resto del trayecto en una especie de litera que los naturales llamaban “tlapeztli”.

Don Baltasar de Zúñiga y Guzmán, marqués de Valero, duque de Arión, virrey de la Nueva España de 1716 a 1722

Llegaron a Guadalajara probablemente el 19 de junio11 después de más de dos meses de viaje, y el padre Salvatierra se alojó en el colegio en el que había sido rector y maestro, su estado de salud se agravó, y a pesar de los cuidados de que fue objeto murió probablemente el sábado 17 de julio12 de 1717, a los 70 años de edad, o el 18 de ese mes, como lo expresó Jaime Bravo13, después de dolorosa agonía causada por cálculos en vías urinarias.

Sus restos fueron sepultados en el presbiterio de la capilla de Nuestra Señora de Loreto del propio colegio en aquella ciudad. Salvatierra escribió cuatro cartas que han sido publicadas en el libro de don Miguel León-Portilla “Loreto, Capital de las Californias”, tres de las cuales dirigió a sus benefactores y otra al padre Juan de Ugarte, ésta última la de mayor interés, fechada en Loreto el 27 de noviembre de 1697, en la que narra las experiencias que tuvieron los españoles en sus primeros encuentros con los indios californios, incluyendo un ataque al improvisado campamento. La obra de este misionero es unas de las más importantes en la penetración cultural española en Baja California. Al morir el padre Salvatierra quedó como superior de la California el padre Juan de Ugarte, quien siguió infatigable fundando misiones, haciendo exploraciones y enseñando el Evangelio a los californios.

La exploración por el Golfo de California.

La Compañía de Jesús tenía interés en que se hiciera una exploración cuidadosa del Golfo de California con los siguientes propósitos: 1º. hacer una demarcación completa de los litorales e islas de esa región; 2º. conocer los grupos indígenas que vivían hacia el norte; 3º. comprobar en definitiva si el Estrecho de Anián14 era una ficción o realmente existía, y 4º. establecer de una vez por todas si California era isla o península.

El padre Gaspar Rodero, provincial de los jesuitas, comunicó al padre Juan de Ugarte en carta del 27 de septiembre de 1717 que él había sido designado para llevar a la práctica la exploración, pero se necesitaba una embarcación ligera y resistente, y al no contarse con ella ni con los medios para adquirirla15, el misionero decidió hacerla él mismo en California, con la ayuda de sus neófitos y algunos gentiles de la región y de la otra banda.16 Trajo entonces de la Nueva España a un técnico en construcción naval, en septiembre de 1719 salieron en búsqueda del lugar para sacar la madera que se necesitaría, y lo encontraron en un paraje situado a más de 200 Km. al noroeste de Loreto, en un bosque de guaribos17 nombre de una variedad de álamos que crecían en profundas cañadas de la sierra de Guadalupe.

Se acarreó la madera hasta Mulegé por un rudimentario camino que se tuvo que abrir, el cual debía atravesar dos sierras ásperas y fragosas18, y poco a poco, con la ayuda del experto en construcción naval y varios oficiales se le fue dando forma a la embarcación; finalmente, terminada la obra el padre Francisco María Píccolo la bendijo el 17 de julio de 1720, día del Triunfo de la Santa Cruz, y el 14 de septiembre del mismo año, día de la Exaltación de la Santa Cruz, en la desembocadura del arroyo de San José de Magdalena, se botó al mar la balandra “El Triunfo de la Cruz”, que llegó a realizar 120 travesías por el golfo en los siguientes 25 años, prestando un invaluable servicio a la causa misionera de los jesuitas.

Ruta aproximada de la exploración marítima del padre Juan de Ugarte en su viaje a la desembocadura del Río Colorado

De color verde la ida, de rojo el regreso. Adaptación de A.P.A. sobre mapa de Google Earth.

  1. Loreto.
  2. Mulegé.
  3. Puerto de los Seris, posiblemente la llamada Bahía de San Juan Bautista en el mapa de Kino de 1701.
  4. Isla Tiburón.
  5. Desemboque.
  6. Caborca.
  7. Río Magdalena.
  8. Dunas en la costa noroeste de Pimería.
  9. Bocas del Río Colorado.
  10. San Felipe.
  11. Canal marítimo de Salsipuedes.
  12. Isla San Esteban.

Frecuentemente, es en la realización de las grandes empresas cuando se descubren rasgos que son significativos en la personalidad de quien las ejecuta. En este caso, es pertinente mencionar un hecho ocurrido durante el arduo trabajo que llevaron a cabo los indígenas que cortaron, sacaron de la sierra y transportaron a Mulegé los troncos de guaribos para hacer la balandra, lo cual se refiere a continuación en la transcripción parcial de un informe de Ugarte al Procurador José de Echeverría: …Y procurando tener bien comidos a los que trabajaban, pues entre naturales y oficiales de la otra banda gasté de mi misión doscientas reses. Acabado con el corte arriba, me bajé a la playa a vivir debajo de una ramada de mangles, mientras duraba la fábrica. Ese año no vino memoria [provisiones y ayuda que llegaban por barco de la Nueva España] para el almacén. Como Vuestra Reverencia sabe, no hubo una vara de género, ni una libra de chocolate, ni de azúcar, ni de panocha o piloncillo; y era preciso a los que trabajaban en la fábrica asistirles con algún socorro. Para eso llevé de mi misión lo que me habían traído de México para el desayuno ordinario, y de un poco de cacao que el padre Francisco de Peralta, misionero entonces de Raun me envió de limosna. Hice labrar un poco de chocolate que con otras dos arrobas que me dio un padre misionero …y el piloncillo o panocha que se había hecho en San Miguel y en San Pablo, se llevó todo para racionarlos y no por cuenta de su trabajo sino por pura gratitud del buen ánimo y empeño con que trabajaron, porque se acabase breve la obra, y por ese título de gratitud, se les daba también a todos, el vino y el aguardiente cosecha de esta misión de San Pablo, en que al precio regular, hacían la cuenta de cerca de dos mil pesos, porque a quien trabaja recio, no se le puede escasear el alivio de este agasajo. 19

Podemos imaginar al buen padre, al final de una pesada jornada de trabajo en la que se habían arrastrado y cortado los pesados troncos, dándoles a los indios y oficiales no sólo carne y algún postre como piloncillo o chocolate, sino su trago de vino o aguardiente, con gratitud por el esfuerzo realizado.

Antes de salir al río Colorado, Ugarte dio instrucciones al padre Ignacio María Nápoli, recién llegado a California, para que tan pronto como llegaran provisiones suficientes se fuera a La Paz, y de allí al puerto de Las Palmas, entre San José del Cabo y La Paz, para plantar una nueva misión, lo cual se hizo no sin sortear graves peligros con los nativos. Atendido ese pendiente, y después de reunir todo el personal, equipo y provisiones que se necesitaba para iniciar la exploración por el Golfo de California, el 15 de mayo de 1721 zarpó la expedición de Loreto hacia el extremo norte del Mar de Cortez en el “Triunfo de la Cruz”, y en el esquife “Santa Bárbara”, sin cubierta, que había sido construido junto con el navío grande para acercarse a las playas sin peligro de encallar, además, a bordo del “Triunfo de la Cruz” se llevaba una lancha de buen tamaño para usarse en casos de emergencia.

En la balandra iban el padre Juan de Ugarte, el piloto inglés Guillermo Stratford, trece indios californios y seis españoles, y en el “Santa Bárbara”. dos filipinos y seis indios, uno “de la otra banda”20 y cinco californios, el mayor de los cuales tendría veinte años. Cabe mencionar que Ugarte no había cargado muchas provisiones porque planeaba llegar a la costa de Sonora, en donde recibiría importante ayuda prometida por los misioneros jesuitas de aquella región21. El padre se daría cuenta más tarde que por dificultades logísticas y de otro tipo, la ayuda prometida por los jesuitas sonorenses no sería tan fácil ni tan generosa como se lo había imaginado, lo cual costó a los expedicionarios una buena cantidad de tiempo y esfuerzo no calculados para la realización del viaje, y provocó graves riesgos que pudieron transformar la expedición en un verdadero desastre. Además, cuando en muchas ocasiones el jesuita explorador tuvo que requerir de la ayuda de los indios sonorenses y de los californios que iban en la expedición para resolver los gravísimos problemas que se le llagaron a presentar, comprobó que la eficiencia y lealtad de sus indios no tenían igual.

A los cinco días de navegación, los expedicionarios llegaron al lugar que Ugarte llamó Puerto de los Seris y Clavijero nombra Santa Sabina22, en la costa sonorense, para abastecerse de víveres y proseguir su viaje; aquí fueron tratados bien por los seris, quienes les ayudaron en todo. El 2 de julio zarparon de nuevo, y después de algunos problemas serios en la navegación por haber tenido que pasar por el sinuoso canal que se forma entre la isla Tiburón y tierra firme, después de algún tiempo llegaron a costas californianas; allí se encontraron indios que aunque al principio se manifestaron hostiles, cambiaron de actitud con los pequeños obsequios y el trato amistoso de los expedicionarios. El 5 de julio tocaron la bahía que bautizaron como San Felipe de Jesús23, actual puerto de San Felipe. En este lugar los viajeros vieron algunos indios, sobre los cuales, 25 años después, el piloto Stratford refirió datos etnográficos importantes, en una relación de la cual se transcribe enseguida el siguiente párrafo:

Este puerto está poblado de indios gentiles no tan prietos como los de las costas dichas hasta aquí...bien afables, se sirven de ollas, cazuelas, que no tienen los demás de la costa referidos sino que se mantienen con asar sus viandas, con lo que se conoce que estos indios las cuecen; tienen pipas de barro en que chupan su tabaco, muy domésticos y agradables... Las armas de estos indios de San Felipe no son flechas como los demás, sino unos palos como especie de guadaña como de una vara de largo, puntiagudo de una punta...Las indias de esta nación son de más honestidad que las demás de las costas de California porque se abrigan con cueros de venado de la cintura abajo y de pieles de unos pájaros que llaman [palabra ilegible] y gaviotas...Los indios todos andan en cueros sin abrigo ni honestidad alguna ...Los indios de dicho San Felipe hacen también coritas de zacate que son del [palabra ilegible] de una jícara ...para beber agua al modo de las que hacen los pimas altos. 24

Pintura del Padre Juan de Ugarte Tomado de “La obra de los jesuitas”, de Decorme.

Narrar las peripecias y graves peligros a que estuvieron expuestos los expedicionarios sería muy prolijo, y sólo se resumen enseguida los hechos más importantes acaecidos en este viaje25. Cuando tuvieron a la vista la desembocadura del gran río, primero desde cerca de la costa sonorense y después del lado de la península; se dieron cuenta que los litorales de Sonora y California llegaban hasta ese punto, que no había ningún estrecho marítimo al norte que comunicara el golfo con el Mar del Sur u Océano Pacífico, y que por lo tanto California era una península. El piloto inglés Guillermo Stratford se acercó en el esquife a algunos puntos de la costa, ya que Ugarte no lo hizo por encontrarse enfermo, y con los datos registrados pudo hacerse después una carta geográfica que sería de gran utilidad para la navegación en esa parte del golfo.

En esta parte del Mar de Cortez, los marineros empezaron a ver un color como de caliza en el agua, lo que les hizo temer el vararse en algunos bajos, por lo que se dirigieron hacia la costa de Sonora en busca de aguas más profundas. Siguieron encontrando aguas de diversas coloraciones, sobre todo rojizas y negruzcas, la balandrilla se acercó varias veces a la playa, y en esas aguas encontró siete, ocho y hasta diez brazas de profundidad. Para entonces, los navegantes resintieron dos avenidas del río Colorado, mirando cómo el agua arrastraba palos, troncos, horcones de casas, leños quemados, balsas de zacate y ramas. Después de estas avenidas, estando frente a las bocas del río todos quisieron entrar navegando por sus aguas, pero Ugarte, que había visto en las dos noches anteriores señales de turbonadas por el noreste, las que a su juicio habían provocado las avenidas del gran río, decidió no arriesgar la vida de los esforzados marineros y les prohibió que se adentraran corriente arriba, pues si los cogía una avenida fuerte las dos embarcaciones serían destrozadas.

Siguiendo la navegación, la balandra pudo anclar en un lugar próximo a la playa con cuatro brazas de profundidad, aunque durante la creciente subía a siete, mientras que la balandrilla ancló en una playa con médanos del lado de Pimería, quizá en algún punto muy cercano a lo que hoy es el Golfo de Santa Clara, pues el misionero aseguró que entre los litorales de California y el lugar en que ancló la balandrilla debió haber unos 30 kilómetros, lo que es igual a la distancia de Punta Sargento en Baja California al referido punto de El Golfo de Santa Clara en la costa sonorense.

El 16 de julio; el piloto Stratford, valeroso y temerario al igual que casi todos los marineros, insistieron en penetrar por las aguas del río corriente arriba, pero Ugarte se negó en definitiva, por lo que ese día las dos embarcaciones viraron hacia el sur por la costa de California rumbo a Loreto. De cualquier forma, los exploradores no encontraron evidencia alguna sobre la existencia del Estrecho de Anián, además de que conocieron lugares y grupos indígenas nunca antes vistos.

El viaje de regreso se llevó a cabo con grandes dificultades y retrasos causados frecuentemente por corrientes contrarias y mal tiempo, sobre todo en el canal formado por las islas Salsipuedes, en una de las cuales tuvieron que detenerse, finalmente pudieron arribar al puerto de La Concepción, de donde pasaron a la misión de Mulegé para recuperarse un poco; en este lugar el padre Sebastián de Sistiaga les proporcionó toda clase de atenciones, y poco después zarparon hacia Loreto, en donde anclaron en septiembre de 1721, con la grata sorpresa de que ya había llegado el esquife, que tiempo atrás habían perdido de vista. Pero los rasgos más destacados de de su obra no fueron los logros materiales como la construcción de “El Triunfo de la Cruz”, ni sus demostraciones de valor personal de lo cual ya se habló, sino su sensibilidad y humanismo demostrados en su relación diaria con los indios, a quienes trató con respeto, les otorgó tierras comunales, les trajo de lejanas regiones mezcales más grandes y productivos, les daba carne y hasta un poco de vino cuando la jornada del trabajo en la Sierra de Guadalupe llegaba a su término; y valoró a sus cochimíes muy por encima de los nativos sonorenses al resaltar su fidelidad y capacidad de trabajo.

El padre Juan de Ugarte siguió trabajando con los californios hasta su muerte, acaecida en la misión de San Francisco Javier Viggé, el 29 de diciembre de 1730, a los 68 años de edad. Allí fue sepultado, y por su obra y virtudes ha sido llamado por el padre Francisco Javier Alegre “Apóstol, Padre y Atlante de la California”, lo que es un mínimo homenaje a su memoria, que merece mucho más. Dejó escritos Noticia del viaje de la balandra nombrada El Triunfo de la Cruz, hecho en 1709 al Golfo de Californias y costa del sur de América Septentrional, y Diario, relaciones y cartas de las cosas de Californias, manuscritos que sirvieron a Miguel Venegas en la elaboración de su Noticia de la California.


  1. Clavijero, Xavier. Historia de la antigua California, p. 110. ↩︎

  2. Barco, op.cit., pp. 217, 218. ↩︎

  3. Todavía en la actualidad, los rancheros de las serranías en Baja California, sobre todo en donde se practica la ganadería extensiva, los pumas o leones de montaña son un peligro para el desarrollo del hato ganadero. ↩︎

  4. Clavijero, op. cit., p. 112. ↩︎

  5. Barco, Op.cit., p. 257. ↩︎

  6. Comondú o “Caamanc Cadeú”, “Carrizal en cañada” en lengua cochimí, Dunne afirma que Comondú significa Valle de las Piedras. Black Robes…, op.cit., p. 125. ↩︎

  7. San Miguel de Comondú está a 26° 2’ de latitud norte, y San José de Comondú se encuentra apenas a unos 2 kilómetros al norte del anterior. ↩︎

  8. Comondú Viejo está a 26° 16´26.94" N y 111°43´12.49" W. ↩︎

  9. San José en honor del benefactor de la misión y Comondú por castellanizar el nombre del lugar en cochimí. ↩︎

  10. Clavijero y otros autores señalan a Ugarte como el misionero en quien Salvatierra confió los asuntos de las misiones en su ausencia, mientras que el padre César Felipe Doria S.J., da a entender que el encargo se lo hizo al padre Francisco María Píccolo. “Edición crítica de la vida del V.P. Juan María de Salvatierra, escrita por el V.P. César Felipe Doria”, Alfonso René Gutiérrez, p. 227. ↩︎

  11. M. Venegas, “El apóstol Mariano representado en la vida del V.P. Juan María de Salvatierra”, pág. 446 y 448. ↩︎

  12. Clavijero, Op.cit., p. 139. ↩︎

  13. Venegas, “El apóstol…”, Op.cit.., pág. 465. ↩︎

  14. El Estrecho de Anián era un pasaje o estrecho mítico que supuestamente comunicaba el Mar del Sur (Océano Pacífico) con el Atlántico, y muchos navegantes pensaban que si California era una gran isla, entre ésta y tierra firme comenzaba el citado estrecho, dirigiéndose hacia el norte hasta salir al Pacífico, y finalmente al este por los helados mares septentrionales de América. El nombre es derivado de Ania, provincia o reino en o cerca de China, mencionado por Marco Polo. ↩︎

  15. El Marqués de Valero, Virrey de Nueva España, ofreció $ 4000.00 pesos para comprar una balandra a un particular, pero la embarcación estaba en pésimas condiciones, por lo que no se cerró el trato. ↩︎

  16. De la costa de la Pimería o Sinaloa. ↩︎

  17. Es el árbol más grande que existe en toda la península (Populos monticola, familia de las salicáceas), parecido en lo externo al álamo blanco, pero de mucha más dureza y peso. Existía en Guadalupe Guasinapí y cerca de Puerto Escondido, en los barrancos que hay entre la sierra, actualmente todavía quedan algunos. Algunos autores les llaman guáribos y güéribos. ↩︎

  18. Ugarte, Juan. Relación que hace el padre Juan de Ugarte al padre procurador José de Echeverría sobre el descubrimiento del Golfo de California o Mar Lauretano a bordo de la balandra “El Triunfo de la Cruz” construida en California: San Pablo, 12 enero 1722. hoja 4. Biblioteca Nacional de México, Archivo Franciscano (4/53.1, f. 1-16v), ficha 287, hoja 3. ↩︎

  19. Ibíd., hoja 4. ↩︎

  20. De la costa sonorense. ↩︎

  21. Los padres Pedro Reinaldos de Tórim y Pedro Cordero de Bácum le habían escrito a Ugarte que les avisara qué necesitaba para el viaje con el fin de aviarlo adecuadamente, además de la generosa oferta de otro misionero de la Pimería, Luis María Gallardi, que le proporcionaría trigo, harina y carne. ↩︎

  22. El padre Javier Clavijero llama Santa Sabina al Puerto de los Seris mencionado por Ugarte, pero Santa Sabina es el nombre que se daba al actual Puerto Libertad, más al norte. Frente a éste no hay ni la isla ni el canal que menciona el padre Ugarte, por lo que el referido Puerto de los Seris debe haber sido un lugar muy próximo a lo que después se llamó Bahía Kino, y la Isla de los Seris la que después se llamó Isla de Tiburón. ↩︎

  23. Hay la opinión de algunos autores de que fue Consag quien en 1746 puso el nombre de San Felipe al puerto del desierto. ↩︎

  24. “Descripción de las Californias desde el Cabo de San Lucas, que está al sur: sus misiones, puertos, bahías, placeres, naciones reducidas y gentiles de que se tiene noticia la habitan y demás necesario para venir en su cabal comprensión…”. Guillermo Stratford: Pitiqui, 18 enero 1746. Colección Archivo Franciscano (4/65.1, f. 1-9), ficha 300, h. 12, Biblioteca Nacional de México. ↩︎

  25. En la página 77 del libro en línea Misioneros Jesuitas en Baja California, de este autor, se refiere con más detalle lo sucedido en el viaje del padre Ugarte por el Golfo de California. ↩︎