El hombre contemporáneo es consciente de sí mismo, y por lo tanto de la historia, como nunca lo ha sido el hombre antes. Escruta de buena gana la penumbra de que procede con la esperanza de que los débiles rayos de luz que en ella perciba iluminarán la oscuridad hacia la que se dirige; y a la vez, sus aspiraciones y ansiedades relacionadas con el camino que le queda por andar aguzan su penetración de lo que ha quedado atrás. Pasado, presente y futuro están vinculados en la interminable cadena de la historia.
— Edward H. Carr
La historia de Baja California es un gigantesco drama que se empezó a desarrollar hace miles de años, en un escenario geográfico sin igual, con la participación de protagonistas provenientes de muchas partes del mundo. Es una sucesión de acontecimientos únicos, desde su origen geológico como parte de una placa tectónica que se empezó a separar paulatinamente del macizo continental, hasta la época actual, en que una polifacética sociedad con variados matices culturales, intenta superar los desafíos que se han generado por los factores geográficos y particular ubicación de la península, así como a consecuencia de sus propias etapas de desarrollo, sociedad que busca, que necesita una identidad que le dé más cohesión a sus esfuerzos por crearse un futuro promisorio, y sobre todo, que la proteja contra los embates de una transculturación no siempre positiva, y cada vez más fuerte del norte hacia el sur.
Nuestra historia debe importarnos. Pensemos que si en lo individual no tuviéramos memoria, no podríamos reconocer a nuestra familia, no sabríamos quiénes son nuestros amigos, y no reconoceríamos el camino que debemos seguir. Con la memoria colectiva de los pueblos pasa lo mismo, no hay que perderla, porque ella ilumina nuestro sendero con las experiencias de sus protagonistas, y nos permite comprender mejor los grandes problemas que hoy nos afectan. Si sabemos de dónde venimos, sabremos con mayor seguridad a dónde dirigirnos. Además, con el conocimiento de la historia regional, los jóvenes sabrán de hombres y mujeres cuyas acciones les darán un sentimiento de dignidad y orgullo, y también de personajes que realizaron hechos reprobables que no deben repetirse; todo esto les ayudará para hacer una justa evaluación de lo que hoy somos, tomando en cuenta los cambios habidos desde la prehistoria hasta el presente.
Pero aquí surge un problema: en los 9 años escolares del sistema educativo en la entidad, la enseñanza de la Historia de Baja California se encuentra aislada en el tercer grado de primaria, con un reducido contenido que se incluye en algunos párrafos del libro de texto gratuito, y en la secundaria a veces se imparte como materia optativa, lo cual traé como consecuencia una escasa o nula cultura histórica en las nuevas generaciones, de manera que los importantes esfuerzos que realizan instituciones oficiales y organizaciones privadas para la difusión de la historia de nuestro estado, no producen los resultados que podrían esperarse. Esto significa que son las autoridades educativas las que deben acabar con esa inercia en la que se ha estancado la enseñanza de la historia regional incorporando su enseñanza sistemática en más grados de la primaria y secundaria.
Los cuestionamientos de las escuelas post modernistas de la historia, arrojan dudas sobre la validez y veracidad que tienen las formas actuales empleadas por los historiadores para relatar los hechos pasados, y aunque son una exageración, sí señalan algunas verdades que deben servirnos para que, con modestia, admitamos que la acechanza de la subjetividad es constante en la narración de los hechos históricos, y que siempre debe procurarse la verdad, la cual, para el historiador, no sólo debe tener el rango de categoría filosófica sino moral. El principio anterior no está a discusión, pero en los últimos años han surgido corrientes epistemológicas motivadas por lo que cada quien interpreta como “decir la verdad” o “narrar un hecho histórico”, y aunque no hay fórmula para lograr esto, en lo personal, he tomado providencias algunas de las cuales son las siguientes:
Intentar ver en la fuente consultada no sólo lo que se identifica con mis experiencias y es de mi agrado, sino también lo que no quisiera ver, lo no deseado, pero que no puede soslayarse por las evidencias o testimonios registrados.
Estudiar y comparar diversas fuentes históricas, intentando penetrar más allá de las intenciones de sus autores, con el propósito de llegar a su verdadero significado, sobre todo cuando es evidente un apasionamiento político o religioso de quien las escribió.
No sólo aceptar las evidencias como se presentan, sino analizarlas con enfoques y teorías actuales que faciliten una explicación de los hechos; el auxilio de la antropología, la arqueología, y la elaboración y comparación de datos estadísticos son ejemplos de lo anterior.
Resistir la tentación de cruzar la frontera, a veces tenue, entre la historia y el mito o la leyenda.
Utilizar todos los recursos que contribuyan a integrar un modelo empírico racional para la elaboración de la historia, urgiéndome constantemente a permanecer dentro de la objetividad, el análisis y la comparación en el estudio de los diversos temas.
Varios de los puntos mencionados se podrían sintetizar diciendo que el historiador debe contemplar con un escepticismo razonado las fuentes originales en que apoya su relato, quizá por eso en este libro no he podido repetir como verdades absolutas las expresiones que tuvieron algunos ameritados misioneros como Juan Jacobo Baegert y Luis de Sales, entre otros, al describir a los primitivos californios como bárbaros, bestiales, hambrientos, perezosos, faltos de iniciativa, carentes de razón, y otras características que casi los colocan al nivel de los animales, porque otros misioneros, como Salvatierra, Ugarte, Píccolo o Wenceslao Linck, explorador incansable de Baja California, y navegantes como Ulloa y Vizcaíno, relataron con claridad y detalle aspectos culturales de los indígenas que de varias formas elevan su calidad humana. A propósito de lo anterior, en varios de los primeros capítulos, el lector podrá formarse un juicio más justo sobre la cultura de los primitivos californios al conocer relatos, diarios e informes elaborados por exploradores y misioneros europeos de la época, cuya revisión y comparación permiten tener una idea más realista de las antiguas etnias peninsulares, aunque aquellos cronistas no escribían historia. Sobre este particular, en el Apéndice (2), con las transcripciones parciales de algunas fuentes originales, el desarrollo cultural de aquellos pueblos se aclara considerablemente. Aún con lo dicho en los párrafos anteriores, percibir objetivamente la cultura prehispánica de California pareciera tarea fácil de lograrse, pero debemos prevenirnos para que no nos ocurra lo que sucedió a casi todos los jesuitas y demás misioneros que les siguieron, quienes jamás pudieron penetrar totalmente al universo interior de los antiguos californios.
A pesar de que los misioneros poseían una erudición lograda en importantes centros de estudio europeos y de la Nueva España, y que un rasgo de su quehacer espiritual fue la humildad, casi nunca estuvieron en aptitud de valorar o aprehender la cultura de los nativos, de quienes no aceptaban que tuvieran algo digno ya no digamos de emularse, sino de estudiarse, interpretarse, conocerse y conservarse. El dominico Luis de Sales, en repetidas ocasiones, llamó viejos ridículos a los guamas de los cochimíes, y fray Vicente Mora instruyó a sus misioneros para que desterraran de los indios los juegos bárbaros, especialmente bailes, luchas y carreras, sin que pasara por su mente la posibilidad de que esas prácticas podían tener un aspecto positivo en el desarrollo de aquellos pueblos. Pero fue Baegert, el misántropo jesuita de San Luis Gonzaga, quien refinó hasta el extremo el desdén por los californios, en su caso los guaycuras, y por su tierra, al degradarlos en su descripción hasta el nivel de los animales, habiendo sido una de sus muchas críticas la tendencia irrefrenable de los indios al robo del ganado y caballos de la misión para comérselos. Desde luego que tales actos eran censurables, pero no debían atribuirse a una maldad demoníaca propia de los nativos, sino sencillamente, a la manifestación natural de impulsos atávicos propios de una sociedad de cazadores y recolectores quienes, por miles de años, habían acostumbrado subsistir matando cualquier animal que estuviera a su alcance, y si no lo hubieran hecho así, hubieran desaparecido. ¿Qué esperaba Baegert que hicieran aquellos cazadores innatos al encontrar en el campo un becerro o un caballo al alcance de sus flechas?
Sin embargo, también hay que esforzarnos en buscar y comprender no sólo las motivaciones que, por ejemplo, convertían a los indios californios en asesinos en potencia, ladrones consuetudinarios o glotones que les gustaba el hartazgo de cualquier cosa comestible, sino también en entender las razones que asistían a los misioneros para azotar a los nativos o castigarlos cuando escapaban de la misión, a mantener separadas a las mujeres de los hombres, y a tratar de desmantelar el aparato religioso de los guamas a como diera lugar, todo lo cual parecería indebido visto desde la perspectiva moderna de la llamada civilización occidental. Pero, la pregunta que debemos hacernos es si nosotros hoy seríamos capaces de reconocer los valores de un mundo tan diverso al nuestro como el de los antiguos californios, o si, al igual que lo hicieron Baegert y Sales, careceríamos de la capacidad para adentrarnos en él. Para terminar el tema, haciéndome eco del pensamiento de Edmundo O’Gorman, cuando decía que el deber del historiador es comprender a los muertos y no regañarlos, pienso que los protagonistas de los hechos pasados, quienes sean, merecen ser tratados por el que narra sus acciones con respeto y dignidad, tratando siempre de comprender las motivaciones y factores determinantes de su conducta, dentro de un contexto cultural con tiempo y espacio propios, específicos.
Un capítulo que alguien podría llamar controversial es el del magonismo, ya que la amplia aureola que rodea la imagen de uno de los grandes precursores de la revolución mexicana, Ricardo Flores Magón, brilla al extremo de hacer difícil la clara visión de hechos que constituyeron y han sido considerados por el pueblo de Baja California como una invasión realizada por un contingente de mexicanos y extranjeros, estos últimos una mayoría casi desde el principio de la lucha, que causaron muerte y destrucción, sobre todo entre los habitantes del poblado de Tijuana. Pueblo y autoridades de la época llamaron a estos hombres filibusteros, no sólo porque varios de sus líderes admitieron sus deseos de convertir a la Baja California en una república socialista independiente, sino porque en su memoria colectiva, en poblados y rancherías, desde Tijuana y la región del Colorado hasta Los Cabos, los bajacalifornianos siempre tuvieron la amarga experiencia de sentir muy de cerca, en múltiples ocasiones, la voracidad del Destino Manifiesto expresada en invasiones filibusteras, como la de Walker y Zerman, “exploraciones” como la de Ross y Gabb, y solicitudes de particulares y políticos norteamericanos para adquirir en compra la península
Los defensores de la intervención magonista en Baja California se refieren constantemente a las nobles motivaciones políticas que impulsaron al líder liberal para invadir la Baja California en 1911, y atacar a los porfiristas que se encontraban en el poder. Pero la historia no puede escribirse basándose en las motivaciones reales o imaginarias que los individuos puedan tener en un momento dado para obrar en determinada forma, o en sus planes a futuro, sino en los efectos reales, trascendentes, sentidos por el pueblo, que tales actos provoquen o causen. Así es que, sin eufemismos que atenúen los hechos sentidos por la gente y los gobiernos que lucharon contra los magonistas, y sin desdeñar fuentes e informaciones de autores condescendientes con el movimiento magonista en Baja California, presento al lector el tema en un capítulo que debiera resultar interesante, tomando en cuenta los debates y publicaciones periodísticas que todavía despiertan el apasionamiento de la gente.
Quizá se encuentren en este libro relatos sobre temas que parecieran trivialidades. ¿Qué importancia puede tener el episodio amoroso de Conchita Argüello con el Conde Rezanov? o, ¿Qué tiene que ver con el desarrollo de Baja California la canción Mexicali Rose? ¿Para qué le sirve a un estudiante de historia saber que a Antonio de los Ángeles López le gustaba emborracharse con vino de sus propios viñedos, y que llegó a tener 6 000 cabezas de ganado en la Sierra de San Pedro Mártir? Sobre esto, debo aclarar que sólo intento lograr dos cosas: primero, presentar al lector hechos y personas representativos que le ayuden a forjarse una idea más clara de los grupos sociales y sus características, en un lugar y momento dados de la historia; y segundo, incorporar al relato, de vez en cuando, la chispa humana que interese y motive a los lectores para que se introduzcan, con más entusiasmo, en los vericuetos frecuentemente áridos de la historia de Baja California.
En los diversos capítulos de este libro hago frecuentes transcripciones sobre fragmentos originales, porque concedo al lector la capacidad de sacar sus conclusiones en algunos temas, sin que yo se las tenga que procesar. Por ejemplo, reproducciones de los Apuntes Históricos de Manuel Clemente Rojo, fuente inapreciable para conocer buena parte de la historia de Baja California en la segunda mitad del siglo XIX, son escasos en la producción historiográfica regional, por lo que no he dudado en incluir transcripciones parciales de sus investigaciones, a riesgo tal vez de fastidiar al lector, pero dándole la posibilidad de crear su propia perspectiva sobre los acontecimientos que narra, como protagonista o testigo privilegiado que fue de los hechos, y no se diga de los diarios y relatos de Vizcaíno, Cabrillo, Ulloa, Link, y las cartas e informes de los jesuitas, por citar sólo algunos. Leer estas citas es como escuchar la voz de quien intervino en las acciones, y nada supera el valor de su contenido, el cual aparece parcialmente en el apéndice (2). Finalmente, espero que quien lea este libro lo critique, lo alabe o lo repruebe, pero lo más importante será que se produzca un cambio en su persona, al modificarse de alguna manera la percepción del entorno social en que se desenvuelve.
Antonio Ponce Aguilar