La lectura de esta introducción es recomendable para que al lector pueda ser más comprensible la narrativa que se ofrece, y conozca un poco la personalidad del que la escribe, esto último para saber qué tanto y hacia dónde se inclina su personalidad, ya sea a la recopilación objetiva de hechos, o a un relato en el que claramente se dé mayor importancia a la interpretación subjetiva de los acontecimientos. Otro objetivo de lo que aquí se escribe es advertir al lector sobre algunas acechanzas que podrían encontrarse en este libro, como la interpretación equivocada de algunos mapas, y la carencia en el autor de una cultura náutica, aunque fuera somera, que podría haberse aplicado en algunos temas que son frecuentes sobre navegación.
Mi interés por conocer la historia de Baja California data de décadas atrás, aun tomando en cuenta que mis credenciales académicas son nulas, y me considero un modesto aficionado a la investigación y conocimiento del pasado de mi entidad nativa. Tres son los factores que seguramente influyeron en mi persona para que se manifestara la inclinación de que hablo: primero, que mis ancestros por línea materna hayan sido pobladores de las sierras de Baja California desde el S. XVIII, incluyendo a Antonio María Meléndrez, héroe olvidado que luchó contra los invasores norteamericanos encabezados por William Walker en 1853; segundo, el que mi abuela Amada López Meléndrez haya sido india de la etnia pai-pai, lo que de alguna forma, fue motivo para que algunas de mis inquietudes se relacionaran con el tema de la historia. Finalmente, los viajes que con frecuencia y por muchos años ha hecho mi hijo Eduardo por toda la península, y lo que sobre ellos me ha transmitido, me han llevado a una actividad e interés que no busqué intencionalmente, lo que me ha brindado grandes satisfacciones. Si a lo anterior se agrega que por más de 50 años compartí mis actividades docentes con actividades de campo en un rancho que fue de mi propiedad, ubicado ya en las estribaciones de la sierra en Baja California, y que allí se encuentran sitios históricos y arqueológicos, podría decirse que el terreno estaba fértil para que, jubilado como maestro, me lanzara, más con audacia que con seguridad, a la aventura de escribir sobre temas de la historia de Baja California.
Carente de una metodología profesional, he seguido un procedimiento general para la escritura de mis libros, tal vez desordenado y fuera de la ortodoxia profesional. Primero, me interiorizo del tema leyendo y consultando las fuentes consideradas esenciales, enseguida escribo, añado algo que faltaba, descarto, y vuelvo a escribir en cuadernos u hojas sueltas. Aquí, es necesario aclarar que siempre trato de sostener una postura equilibrada entre lo que puede ser una fría transcripción de hechos, o una novela histórica que pudiera quedar muy lejos de la realidad; considero que es imposible descartar un grado determinado de subjetividad, ya que los hechos concretos y reales de las fuentes son procesados por la mente del que escribe, dependiendo esto de su personalidad y la sociedad en que se ha formado, y es así cómo llego a tener una imagen que, en cierto grado, es resultado de un cambio en mi mente de lo percibido, modificando de cierta manera la forma de lo que se pretende registrar fielmente.
Una duda que en ciertos momentos afecta seguramente a todo aquel que escribe narrativas históricas, es la relativa importancia que asignamos a un hecho histórico, la cual nos conduce a incluirlo o no en nuestro texto, y será finalmente la interpretación que haga quien escribe, lo que determine su inclusión. No se necesita meditar mucho sobre el asunto para concluir que leer diez o más volúmenes de la historia de América, no nos proporcionará una idea completa de lo que buscamos, porque los historiadores consultados hicieron una interpretación personal de lo que en un momento dado consideraron fuentes históricas, y eso sin tomar en cuenta que la historia es escrita por un pequeño número de personas, faltando la opinión de muchos, quienes no pudieron escribir lo que ellos consideraban digno de registrarse.
En este libro, al igual que lo hice en “De Cueva Pintada a la modernidad”, he incorporado previo el inicio de cada capítulo, un pensamiento o breve discurso que, imaginariamente, pudo darse en un momento dado por alguno de los protagonistas del tema tratado, lo que aparentemente, da al lector mayor posibilidad de vitalizar la narrativa. Por ejemplo, al leer la nota con caracteres azules en cursiva del primer capítulo, no es difícil casi visualizar a Cortés, con voz de mando, dirigirse a sus oficiales y hombres de confianza para lograr ganar al virrey Antonio de Mendoza la carrera logística en la organización de expediciones que salieran hacia el norte, en busca del Estrecho de Anián o de las siete ciudades de Cíbola.
Es necesario advertir al lector que existen, en partes de las narrativas originales de Francisco de Ulloa y de Francisco Preciado, errores cronológicos evidentes pero que no alteran el fondo de la historia, lo cual se aclara en el momento y lugar correspondientes. Igualmente, el cálculo de las latitudes geográficas de los diversos puntos demarcados están siempre con un error por exceso, el cual se hace notable en la medida en que la navegación es más al norte, lo que se explica tomando en consideración la poca precisión de los aparatos empleados en el siglo XVI, que hoy se contemplarían como rudimentarios. Precisamente, por la precariedad de aquellos instrumentos empleados a medidos del S. XVI en la Nueva España, sorprende a los investigadores contemporáneos algunos casos de verdadera exactitud en el cálculo de la latitud, como se advertirá en el caso de San José del Cabo, punto al cual Ulloa y sus pilotos le asignaron 23º N., que prácticamente coincide con el cálculo moderno.
Algunos de los mapas de los últimos capítulos, con sus flechas indicando la navegación de la flotilla al mando de Ulloa, deben contemplarse sólo como indicadores de los lugares de los cuales zarparon los navíos, y los puntos costeros a los cuales arribaron; los rumbos reales, en la mayor parte de los casos no son conocidos con exactitud por la imprecisión de las distancias y coordenadas registradas en las narrativas de Ulloa y Preciado. Dicho lo anterior, debe entenderse que esos mapas tienen un valor más bien nemotécnico y tal vez didáctico, tratando de que el lector pueda trasladarse mentalmente al terreno de los hechos con más facilidad. Hay que reiterar, pues, que las flechas no siempre representan rumbos precisos, aunque sí dan idea del lugar del que las embarcaciones zarparon, y el sitio al que llegaron.
Si después de la lectura de este libro, de alguna manera se modifica en el lector la percepción del pasado-presente de Baja California, la meta del autor se habrá cumplido.
ANTONIO PONCE AGUILAR